ALVARO J. AMORETTI | ALVARO GIZ
Su clientela, admite, "es muy especial". No en vano cuando le preguntan por su especialidad él no duda en definirla como "la delincuencia de la inteligencia, del razonamiento, de las ideas". Lo cierto es que por el despacho del penalista Carlos Curbelo Tammaro han pasado, a lo largo de las últimas dos décadas, más de la mitad de los políticos, empresarios, financistas y banqueros que protagonizaron casos judiciales sonados, capaces de conmover por sí solos a la opinión pública y de acaparar las portadas de todos los diarios.
En una entrevista concedida a El País en el oscuro despacho que ocupa en su estudio de la calle Misiones, el abogado de la familia Peirano y del ex canciller Juan Carlos Blanco reveló que antes de tomar un caso interroga a su potencial cliente "a fondo, con todo", y le reclama que le diga "toda la verdad".
"Tienen que contarme todo, lo bueno y lo malo. Y saber, como saben, que después de tantos años en esto, ya tengo la capacidad de darme cuenta cuando alguien me está mintiendo", sostuvo el penalista, durante una entrevista en la que defendió la inocencia de Jorge Peirano Facio ("no decidía, no iba a las asambleas") pero se mostró comprensivo para con el reclamo de los ahorristas ("hay gente que está viviendo un drama"), entre los que tiene decenas de amigos, al tiempo que cuestionó el fallo que envió a prisión a Juan Carlos Blanco y criticó al juez y a la fiscal porque "no se animan" a aplicar los mismos argumentos para enviar a la cárcel a militares y policías involucrados en la desaparición de Elena Quinteros.
—Se hace difícil encontrar, en los últimos años, un caso judicial que involucre a figuras políticas del presente o del pasado, a banqueros o a hombres del mundo de las finanzas, y que no lo tenga a usted y a su estudio patrocinando a una de las partes en pugna. ¿Usted siente que esas personas, cuando tienen problemas con la Justicia, recurren casi masivamente a usted?
—Y... sí. Creo en los últimos veinte años me han tocado más de la mitad de los casos con repercusión pública que han tenido como protagonistas a profesionales, políticos y hombres de finanzas.
—¿Y por qué cree que esa gente viene mayoritariamente a golpearle la puerta a usted y no a otro abogado penalista?
—Pienso que les inspiro confianza, y que debe pesar en algo la trayectoria, la seriedad con la que me he manejado siempre. Y hay que tomar en cuenta que en el mundo en el que me muevo y me he movido siempre, que es el de los profesionales, los empresarios y los políticos, conozco a mucha gente y mucha gente me conoce a mí. Y eso hace que tenga una relación directa y personal con quienes, en algún momento, puedan enfrentar un problema con la Justicia.
—¿Qué es lo primero que hace cuando una persona pública, de su conocimiento o no, le pide que la represente en un caso?
—La interrogo.
—¿A fondo?
—A fondo, con todo. El abogado que puede interrogar bien a su propio cliente es capaz de plantear correctamente el problema, y el abogado que puede plantear correctamente un problema tiene al menos el 50% de la solución en sus manos. Así que yo pregunto todo. Interrogo con mucha severidad.
—¿Y los clientes le confiesan desde un primer momento la verdad o, al menos inicialmente, tratan de ocultarla o de disfrazarla?
—Yo les exijo que me digan toda la verdad. Y además les dejo claro que si hay algo que no me pueden decir o que prefieren ocultar, lo mejor que pueden hacer es conseguirse otro abogado. Porque si no confían en mí, yo no los puedo representar. Tienen que contarme todo. Lo bueno y lo malo. Y saber, como saben, que después de tantos años en esto, ya tengo la capacidad de darme cuenta cuando alguien me está mintiendo.
—Pero cuando llegan a usted, ¿no son todos inocentes?
—(se ríe) Y... los jueces penales saben que, por lo general, la gente les miente.
—¿A usted también le mienten?
—¿Saben lo que pasa? Mi clientela es muy especial. Las personas a las que yo patrocino son todas primarias, porque yo no defiendo a reincidentes, ni a delincuentes habituales. Yo no trabajo con la delincuencia del músculo, de la fuerza física. Esos no son mis clientes. Mi especialidad es la delincuencia de la inteligencia, del razonamiento, de las ideas. Es lo que Sutherland definió como "el delito de cuello blanco" o "el delito de guante blanco", y que involucra a un grupo de gente que antes, por lo general, no se criminalizaba.
—¿Y, por ser primarios, son más proclives a confiar en su abogado y a decirle la verdad desde la primera conversación?
—Sí. El primario llega con una enorme preocupación y viene buscando un respaldo. Y esa gente sabe que, para darles un respaldo, yo necesito saber en detalle cómo han sido los hechos y cuál ha sido su participación en ellos. Y sólo cuando tengo esa información estoy en condiciones de decirles cómo veo el asunto, si pueden ir procesados o no, y qué delitos les pueden imputar. Por eso les pido siempre que, en cualquier caso, me digan la verdad. Porque de esa verdad depende el acierto o el error de la estrategia en la que yo voy a apoyar su defensa.
—¿Influye en su decisión de patrocinar o no a alguien el hecho de que en ese primer interrogatorio que usted realiza llegue a la conclusión de que esa persona es culpable de los delitos que se le imputan?
—No, porque tienen derecho a ser defendidos. Yo hay casos que no tomo. No defiendo a personas responsables de actos de una inmoralidad absoluta, como delitos sexuales, delitos contra niños, rapiñas, homicidios. Yo defiendo un tipo de delito compatible con la conducta de cualquier persona que puede tener un momento de debilidad, que cae en desgracia por alguna circunstancia que muchas veces es de orden económico. Y lo hago porque no me parecen conductas repudiables, y siento que las puedo defender. Y porque parto de la base que el abogado penalista no defiende el delito ni defiende al delincuente. Defiende el Derecho, en la medida que el orden jurídico puede ser lesionado en la persona de su defendido
—¿Cuál es, en su especialidad, el delito más difícil de defender?
—El que no se ha cometido. Porque el imputado no responsable del delito, pero determinadas circunstancias pueden llevar a quienes lo juzgan a la convicción de que esa persona es responsable.
—El caso que involucra al ex canciller Juan Carlos Blanco, y que ha terminado con su procesamiento con prisión, ¿es en su opinión un ejemplo de ello?
—Ese caso es un ejemplo de lo que la Justicia no debe hacer.
—¿Por qué lo dice?
—Porque la responsabilidad por los hechos sucedidos durante la lucha contra la subversión constituye un capítulo terminado, cerrado y laudado, política y jurídicamente con la Ley de Amnistía y la Ley de Caducidad. Pero hay quienes se empeñan en reabrir estos casos. Y entonces un juez, y una fiscal, reabren esos hechos juzgando al doctor Blanco y creando una situación que no solamente perjudica al propio Blanco, que está en prisión, sino aparejando un costo en materia de prestigio al propio Poder Judicial y un enorme costo de prestigio al Ministerio Público.
—¿Y por qué cree que la actuación del juez y la fiscal en el caso Blanco desprestigian al Poder Judicial y al Ministerio Público?
—El Poder Judicial paga un costo porque, con este caso, ha quedado demostrado no lo que puede hacer, sino lo que no puede hacer. Porque el juez manda a Blanco a la prisión porque considera que la desaparición de Elena Quinteros, hecho desgraciado como pocos, es un delito permanente. Y yo le pregunto al juez, y le pregunto a la fiscal, por qué con ese mismo argumento no procesan a los militares y a los policías que se sabe que participaron en ese hecho. Porque si es un delito permanente, tampoco para ellos rige la Ley de Caducidad.
—¿Y por qué cree que no lo hacen?
—Porque no se animan a hacerlo.
—¿Por miedo a qué, o a quién?
—Porque saben que las Fuerzas Armadas no van a acatar un fallo de ese tipo.
—¿Le trasladó esa pregunta al juez y a la fiscal?
—Sí. Yo interpuse un Recurso de Aclaración o Ampliación, para que se me diga por qué razón, con los mismos argumentos con los que procesan a Blanco, no procesan a integrantes de las Fuerzas Armadas o de la Policía.
—¿Y qué le respondieron?
—La fiscal, que había hablado hasta por los codos, se quedó muda. Y no me contestó. Y el juez se desprende del expediente como si fuera una brasa caliente.
—¿Es un caso que se politizó?
—Es que nunca fue un caso judicial. Un militar salió públicamente a hablar de los antecedentes de la fiscal y de su esposo, y sostuvo que la fiscal estaba utilizando su condición de tal para satisfacer un apetito personal de venganza. Y yo hasta ahora no he sentido que esa imputación, que es gravísima, porque no puede haber imputación más grave para un fiscal que acusarle de servir a sus propios intereses y no a los de la sociedad a la que debe representar, no ha sido respondida. Y tampoco he visto que el fiscal de Corte saliera a apoyar a la fiscal, respondiendo a las imputaciones de este militar, o a sancionar a la fiscal. Y es llamativo que el fiscal de Corte, que es el responsable de que esta señora esté donde está, actúe como si este caso no estuviera sucediendo en este país.
—¿Usted cree que la fiscal que actuó en el caso puede haber actuado movida por motivaciones políticas o personales, y no por convicciones jurídicas?
—El dictamen fiscal se parece más a un alegato político que a un escrito jurídico.
—¿Blanco, en tanto civil, es el hilo más delgado en esta trama?
—A Blanco no lo procesan porque sea civil. Lo procesan porque es al único que pueden llevar preso. Todos saben que las Fuerzas Armadas, por este tipo de delitos, no van a ir a declarar ni van a ser conducidos por la fuerza a un juzgado. Y eso no lo puede hacer este gobierno, ni los anteriores, ni los que vengan.
—¿Así el próximo sea un gobierno de izquierda?
—Ni siquiera si el próximo fuera un gobierno de izquierda.
—¿Y qué desafíos plantea, por ejemplo, defender a los integrantes de la familia Peirano en un caso que no sólo está en la tapa de los diarios todos los días, sino que ha perjudicado a miles de personas?
—Y... es bravo. ¿Pero saben por qué tomé este caso? Porque desde la primera charla que tuve con el doctor Jorge Peirano Facio, que fue profesor mío, sentí que me decía la verdad.
—¿Sí?
—Sí. En la charla Peirano Facio me dijo "mire, si un hijo le trae a uno su problema, es porque para ese problema ya no hay solución".
—¿Y con eso qué le quería decir? ¿Que los responsables de lo que pueda haber sucedido eran los hijos y no él?
—Yo creo que los Peirano cometieron un gravísimo error, que fue concentrar excesivamente los riesgos en la plaza argentina. Cuando uno les pregunta por qué lo hicieron, ellos tienen sus razones.
—¿Cuáles?
—Ellos dicen que Brasil es un país muy difícil para operar, Chile es muy cerrado y Paraguay es una plaza pequeña. Y que por eso concentraron su riesgo en Argentina. Pero Argentina vivió una hecatombe, más que una crisis. Y esa hecatombe allá desencadenó lo que les pasó acá.
—¿Usted cree que, como han afirmado algunos integrantes de la familia, el grupo Peirano como tal quebró y no tiene dinero ni siquiera para resarcir parcialmente a una parte de los damnificados?
—Si yo creyera que los Peirano tienen guardados millones de dólares a la espera de lograr su libertad en algún momento, no sería yo su abogado defensor. Los defiendo porque creo que el doctor Peirano Facio, mi viejo y admirado profesor de Derecho Civil, sigue siendo un hombre respetable que, además, está mal procesado.
—¿Por qué?
—Porque él hace siete años que está fuera del manejo de todas las empresas del grupo y fuera del núcleo de personas que tomaban las decisiones. Pero, como él mismo dice, se ha quedado en poder de sus acciones para evitar repartirlas en vida, porque tiene siete hijos y no quiere que ese grupo pueda separarse o disgregarse. Por eso, si se quiere en forma testimonial, él conservaba esas acciones a la espera de su propia muerte.
—¿Pero no decidía?
—No decidía, no iba a las asambleas, ni hacía sugerencias.
—¿Y si no hubiera sentido que Peirano Facio le estaba diciendo la verdad no lo hubiera defendido?
—No. Porque del otro lado, del lado de los damnificados, yo también tengo mucha gente amiga. Es gente que me ha venido a pedir consejo, a preguntar cosas, a informarse. Y es gente que realmente está viviendo un drama. Hay gente que ha perdido su fortuna, grande o pequeña, o el fruto de toda una vida de trabajo.
—Esos amigos, ¿entienden que usted defienda a quien está acusado de quedarse con su dinero?
—Bueno... yo creo que tienen que entenderlo.
—¿Y cómo influye el hecho de que uno de los miembros del grupo económico, Juan Peirano, esté prófugo mientras sus hermanos y su padre se encuentran procesados y detenidos?
—Influye negativamente. Porque si él llegara y dijera que él era el responsable de las decisiones, la posición del padre se modificaría.
—¿Es una persona clave?
—Juan Peirano era, por el ascendiente que tenía sobre sus hermanos, el jefe de este grupo. Un empresario, capacitado y que se movía en los círculos financieros internacionales que, por lo que me dicen, era además un hombre muy inteligente.
—Cuando tomó el caso, usted dijo públicamente que Juan Peirano no se había entregado porque estaba trabajando en el exterior para obtener una salida a este problema.
—Era lo que todos en su familia esperaban.
—¿Sigue creyendo que va a regresar con una solución y que se va a entregar a las autoridades?
—La esperanza de la familia todavía existe, pero uno advierte que se va desvaneciendo. Yo creo que a un banquero quebrado ya nadie le da dinero.
"La verdad, prefiero no abundar"
n ¿Usted preside la Comisión Fiscal de Baluma S.A., la empresa concesionaria del Hotel Conrad?
—Sí, pero disto mucho de ser un empresario. Simplemente me siento comprometido desde el origen con ese emprendimiento, junto al doctor Juan Carlos Pellegrini, al punto que Baluma es una sociedad que yo mismo compré, cuyo nombre elegí y para la que contribuí incluso a la formalización del proyecto.
—¿Pero participa de la administración y explotación del hotel?
—No. Eso está en manos de los inversores norteamericanos, que hasta el momento vienen cumpliendo regularmente con sus obligaciones. Sin embargo, si esto se tornara distinto, y se pensara en disminuir los controles, o de impedir que yo cumpla con la función que debo ejercer, o se me pretendiera desplazar, yo tendré que realizar algunas puntualizaciones en forma pública.
—¿Por qué lo dice?
—La verdad, prefiero no abundar.
La presión se siente
n ¿Qué sentimiento hay de parte de Jorge Peirano Facio para con los ahorristas que se sienten perjudicados por su familia y que, incluso, han realizado "escraches" frente a su domicilio y las residencias de sus hijos?
—Un sentimiento de comprensión muy grande por toda la gente que veía que estaba sufriendo y a la que, naturalmente, les da la razón. Pero también se pregunta cómo hay quienes pueden pensar que quebró voluntariamente, cuando hace algunos meses tenía empresas que valían 800 millones de dólares. No entiende que a alguien se le pueda ocurrir una cosa así.
—¿Cree, como abogado, que la conmoción que este caso ha provocado a nivel popular incide de alguna manera en el magistrado y el representante del Ministerio Público que trabajan en él?
—Y... eso siempre incide. Y es humano que incida.
—¿Los jueces sienten la presión?
—Sí, la sienten. Y cree que actuando de determinada manera hacen justicia.