El Pentágono, según el New York Times (NYT),
proyecta pagarles a los periodistas extranjeros para
que hablen bien de Estados Unidos. En España, a los
periodistas corruptos que participan en este tipo de
infamia les llaman "sobrecogedores". El "patrocinador"
les da un sobre y ellos lo cogen tranquilamente. La
lógica tras ese soborno está montada sobre un
dudoso silogismo: Estados Unidos necesita
desempeñar un rol importante en el mundo; para ello
requiere contar con una buena imagen que fortalezca
su liderazgo y esa imagen se va deteriorando
rápidamente; ergo, es imprescindible mejorar la
percepción de Estados Unidos, de manera que resulta
conveniente pagarles a los periodistas obsecuentes, y
así Washington tendrá más aliados y contará con una
mayor comprensión para sus actuaciones en la esfera
internacional.
Evidentemente, el Pentágono entiende muy poco de
ética, y menos aún de relaciones públicas. Si una
democracia como la norteamericana, supuestamente
organizada en torno a valores morales, necesita pagar
para que le reconozcan sus méritos, lo que eso
evidencia es la decadencia irremediable de la nación
como fuente de inspiración o como modelo para otras
sociedades. Por otra parte, es muy probable que esos
actos, tanto entregar dinero como recibirlo, constituyan
un delito o una falta muy grave. Cualquier director de
un medio de comunicación mínimamente respetable
que descubra que uno de sus periodistas recibe
dinero de una embajada, tiene la obligación de echarlo
inmediatamente.
Durante décadas, el KGB soviético llevó a cabo el tipo
de compra de conciencias que ahora el Pentágono
examina. Generalmente buscaba periodistas de
izquierda, adormilados por el recetario marxista,
situados en medios importantes, de gran difusión, y,
junto al dinero, le suministraba informes y
falsificaciones sobre Estados Unidos. Así surgieron
historias fantásticas sobre la fabricación deliberada
del sida en laboratorios norteamericanos de la CIA, o
sobre el exterminio en masa de pobres emigrantes
mexicanos que eran masacrados en la frontera por
nidos de ametralladoras operadas por crueles
marines.
Más que alabar a la URSS, lo que el KGB demandaba
de sus "agentes de influencia", como se les llamaba
en el argot de la secta, era que contribuyeran a
demoler la imagen de Estados Unidos, presentando a
la sociedad norteamericana como una especie de
meca del materialismo, la idiotez, el crimen callejero,
el atropello de las minorías y el absoluto predominio
de unos desalmados capitalistas, explotadores del
resto del universo, que eran los verdaderos amos del
país y los dueños de la voluntad de unos lamentables
políticos, pobres e ignorantes peones que bailaban al
compás de la música de Wall Street.
Sin duda la URSS tuvo cierto éxito en su campaña
antinorteamericana y hoy una buena parte del planeta
comparte esa visión terriblemente crítica de Estados
Unidos. Sin embargo, ese antiyanquismo esquemático
y ramplón convive con otro fenómeno contrario: la
imitación furiosa del modo norteamericano de vivir.
Frecuentemente, los adolescentes franceses y
españoles, vestidos con "jeans" y zapatillas "Nike", se
reúnen en el McDonald a hablar mal de Estados
Unidos, o "chatean" consignas contra Bush por medio
de Internet —una donación del Pentágono a la
humanidad—, mientras sus padres trabajan en
empresas organizadas a la manera "gringa", acuden al
cine por la noche a ver una película de Woody Allen, al
tiempo que los abuelos, si tienen recursos, planean
viajar a Houston para curarse una cardiopatía delicada
no siempre tratable en los hospitales locales.
Es verdad que en la prensa y en los medios
académicos internacionales (y en algunos
estadounidenses) continúa vigente la mala imagen
norteamericana hábilmente sembrada por los
soviéticos, todavía cultivada por las izquierdas carentes
de imaginación, que han convertido el antiyanquismo
en una ideología, pero ese fenómeno tiene mucho
menos peso que el otro: la certeza de que más del
veinte por ciento de la producción mundial se genera
en Estados Unidos, y como parte de ella el noventa por
ciento de los hallazgos en el terreno médico, científico
y tecnológico. No es falso que predomina la curiosa
superstición de que los norteamericanos suelen ser
unos tipos toscos e ignorantes, pero casi nadie ignora
que los viajes espaciales organizados por la NASA, los
estudios sobre el genoma humano, y prácticamente
cuanto es vital o trascendente en el debate intelectual
planetario, incluidos los temas relacionados con
Ciencias Sociales o Humanidades, se originan en
Estados Unidos y luego descienden en cascada sobre
el resto del planeta.
El buen camino norteamericano, pues, no puede
consistir en sobornar periodistas inescrupulosos, sino
en que la nación continúe imperturbable su marcha
histórica, sin mirar hacia atrás y sin concederles
demasiada importancia a los insultos que recibe en el
trayecto. Ser una potencia líder consiste exactamente
en eso: en tenerse a sí misma como punto de
referencia, y en no depender de modelos externos para
impulsar la dinámica interior de cambio y progreso. La
decadencia comienza, precisamente, cuando la fuente
de inspiración intelectual se traslada fuera de las
fronteras de la tribu, como en el pasado han
experimentado países del peso histórico de Francia,
Inglaterra Alemania, Italia o España. En la lectura de
Maquiavelo, quien fue un moralista severo y no un
cínico empedernido, como suponen los que lo han
leído superficialmente, se aprende que es preferible
ser respetado y temido a ser simplemente querido. Ahí
está la clave, y no en unos cuantos adjetivos
comprados por un puñado de dólares.
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