LUNES 23 de diciembre de 2002- Año 85 -Nº 29231
Internet Año 7 - Nº 2341 | Montevideo - Uruguay
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Reflexiones Carlos Alberto Montaner
El Pentágono y los sobrecogedores

El Pentágono, según el New York Times (NYT), proyecta pagarles a los periodistas extranjeros para que hablen bien de Estados Unidos. En España, a los periodistas corruptos que participan en este tipo de infamia les llaman "sobrecogedores". El "patrocinador" les da un sobre y ellos lo cogen tranquilamente. La lógica tras ese soborno está montada sobre un dudoso silogismo: Estados Unidos necesita desempeñar un rol importante en el mundo; para ello requiere contar con una buena imagen que fortalezca su liderazgo y esa imagen se va deteriorando rápidamente; ergo, es imprescindible mejorar la percepción de Estados Unidos, de manera que resulta conveniente pagarles a los periodistas obsecuentes, y así Washington tendrá más aliados y contará con una mayor comprensión para sus actuaciones en la esfera internacional.

Evidentemente, el Pentágono entiende muy poco de ética, y menos aún de relaciones públicas. Si una democracia como la norteamericana, supuestamente organizada en torno a valores morales, necesita pagar para que le reconozcan sus méritos, lo que eso evidencia es la decadencia irremediable de la nación como fuente de inspiración o como modelo para otras sociedades. Por otra parte, es muy probable que esos actos, tanto entregar dinero como recibirlo, constituyan un delito o una falta muy grave. Cualquier director de un medio de comunicación mínimamente respetable que descubra que uno de sus periodistas recibe dinero de una embajada, tiene la obligación de echarlo inmediatamente.

Durante décadas, el KGB soviético llevó a cabo el tipo de compra de conciencias que ahora el Pentágono examina. Generalmente buscaba periodistas de izquierda, adormilados por el recetario marxista, situados en medios importantes, de gran difusión, y, junto al dinero, le suministraba informes y falsificaciones sobre Estados Unidos. Así surgieron historias fantásticas sobre la fabricación deliberada del sida en laboratorios norteamericanos de la CIA, o sobre el exterminio en masa de pobres emigrantes mexicanos que eran masacrados en la frontera por nidos de ametralladoras operadas por crueles marines.

Más que alabar a la URSS, lo que el KGB demandaba de sus "agentes de influencia", como se les llamaba en el argot de la secta, era que contribuyeran a demoler la imagen de Estados Unidos, presentando a la sociedad norteamericana como una especie de meca del materialismo, la idiotez, el crimen callejero, el atropello de las minorías y el absoluto predominio de unos desalmados capitalistas, explotadores del resto del universo, que eran los verdaderos amos del país y los dueños de la voluntad de unos lamentables políticos, pobres e ignorantes peones que bailaban al compás de la música de Wall Street.

Sin duda la URSS tuvo cierto éxito en su campaña antinorteamericana y hoy una buena parte del planeta comparte esa visión terriblemente crítica de Estados Unidos. Sin embargo, ese antiyanquismo esquemático y ramplón convive con otro fenómeno contrario: la imitación furiosa del modo norteamericano de vivir. Frecuentemente, los adolescentes franceses y españoles, vestidos con "jeans" y zapatillas "Nike", se reúnen en el McDonald a hablar mal de Estados Unidos, o "chatean" consignas contra Bush por medio de Internet —una donación del Pentágono a la humanidad—, mientras sus padres trabajan en empresas organizadas a la manera "gringa", acuden al cine por la noche a ver una película de Woody Allen, al tiempo que los abuelos, si tienen recursos, planean viajar a Houston para curarse una cardiopatía delicada no siempre tratable en los hospitales locales.

Es verdad que en la prensa y en los medios académicos internacionales (y en algunos estadounidenses) continúa vigente la mala imagen norteamericana hábilmente sembrada por los soviéticos, todavía cultivada por las izquierdas carentes de imaginación, que han convertido el antiyanquismo en una ideología, pero ese fenómeno tiene mucho menos peso que el otro: la certeza de que más del veinte por ciento de la producción mundial se genera en Estados Unidos, y como parte de ella el noventa por ciento de los hallazgos en el terreno médico, científico y tecnológico. No es falso que predomina la curiosa superstición de que los norteamericanos suelen ser unos tipos toscos e ignorantes, pero casi nadie ignora que los viajes espaciales organizados por la NASA, los estudios sobre el genoma humano, y prácticamente cuanto es vital o trascendente en el debate intelectual planetario, incluidos los temas relacionados con Ciencias Sociales o Humanidades, se originan en Estados Unidos y luego descienden en cascada sobre el resto del planeta.

El buen camino norteamericano, pues, no puede consistir en sobornar periodistas inescrupulosos, sino en que la nación continúe imperturbable su marcha histórica, sin mirar hacia atrás y sin concederles demasiada importancia a los insultos que recibe en el trayecto. Ser una potencia líder consiste exactamente en eso: en tenerse a sí misma como punto de referencia, y en no depender de modelos externos para impulsar la dinámica interior de cambio y progreso. La decadencia comienza, precisamente, cuando la fuente de inspiración intelectual se traslada fuera de las fronteras de la tribu, como en el pasado han experimentado países del peso histórico de Francia, Inglaterra Alemania, Italia o España. En la lectura de Maquiavelo, quien fue un moralista severo y no un cínico empedernido, como suponen los que lo han leído superficialmente, se aprende que es preferible ser respetado y temido a ser simplemente querido. Ahí está la clave, y no en unos cuantos adjetivos comprados por un puñado de dólares.

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