En editorial del domingo 17 de noviembre, tras pasar revista a las cuentas públicas de los primeros nueve meses de este año que agoniza, cerrados con un crecido déficit de 8.627 millones de pesos (21% de lo recaudado), expresó El País:
"Como todo déficit es la consecuencia de un desnivel entre salidas y entradas, su supresión se logra bajando aquéllas y subiendo éstas. Bajar los gastos ya hemos visto que es muy difícil, sin perjuicio de recortes de incidencia muy menor. Y el aumento de los ingresos, dada la estructura de nuestro sistema tributario, sólo es posible, en el corto plazo al menos, aumentando la ocupación, —y la inversión—, de modo de acrecer el consumo".
"Sin embargo, —se proseguía en dicho editorial, todos los días escuchamos voces que proponen bajar sueldos y pasividades, así como echar funcionarios públicos. No advierten que, con ello, se deprimiría más el consumo, haciendo caer más los ingresos y perjudicando inevitablemente a toda la actividad privada. Y no hablemos del costo social que tendrían esas medidas".
Estas reflexiones se basaban en el análisis de las cifras y de la incidencia porcentual de los distintos rubros del gasto público, así como de los ingresos tributarios. Sobre el total de los egresos, los sueldos ascendían al 19,78%, las pasividades al 42,1%, las inversiones a tan solo el 5,66%, los gastos de funcionamiento —ya reducidos en un 20% del primero al segundo cuatrimestre del año— al 12,90%, las transferencias al 4,06% y los intereses de la deuda pública al 15,5%.
De ello se deducía algo bastante evidente. Que la estructura del gasto público es inelástica, ya que entre sueldos, pasividades e intereses de la deuda se llega al 77,36% de los egresos, el cual se conforma por tres rubros insusceptibles de reducción apreciable. Ni no apreciable. En cuanto a los gastos corrientes, ya podados a fondo, es obvio que una nueva rebaja de los mismos —de ser ella posible—, sería porcentualmente irrelevante. "U séase", que equivaldría al ahorro del cabo de vela o al del chocolate del loro de las arruinadas solteronas españolas de cierto cuento de tiempos idos.
En cuanto a los ingresos, entre el IVA, el Imesi y el Cofis, se llega al 73,15% del total recaudado. Como los tres tributos son impuestos al consumo y desde que la capacidad contributiva de la población está exhausta y no le permite sobrellevar nuevas cargas, resulta claro que los ingresos del erario sólo pueden crecer en medida de cierta importancia si aumenta el consumo. Y el consumo es harto difícil que se eleve con una población empobrecida, cuya quinta parte está desocupada y con una ínfima inversión estatal, que no llega al 6% de lo gastado.
No hacemos estas reflexiones ni reiteramos las de aquel editorial de un mes atrás para poner más pesimistas a los compatriotas. Estos, como el personaje del tango "Rosicler" —que Alberto Marino cantaba como los dioses— tienen "muerta la fe y marchita la ilusión". Y lo que nuestro país precisa es que todos los uruguayos sintamos renacer nuestra fe y reverdecer nuestra ilusión. Pero ello no ocurrirá con anuncios como el del Presidente del B.C.U., quien vocea que en el 2003 tendremos un nuevo ajuste fiscal, de 300 a 350 millones de "palos verdes". Más aún: sostuvo que deberemos "efectuar fuertes ajustes fiscales de manera permanente en los años por venir". Si no queremos caldo, pues, se nos prometen dos o tres tazas.
No vamos a analizar ese anuncio en base a cifras. Tampoco la viabilidad de lo prometido. Sí nos remitiremos a una opinión del profesor Bucheli, publicada el lunes pasado en nuestro suplemento económico: "La salida de la crisis no es tarea sólo de economistas, y menos de la ortodoxia revestida de verdadera ciencia, pero facilonga". En lo que, por supuesto, estamos de acuerdo.