JORGE SAVIA
Qué fiesta! ¡Qué goce! ¡Qué panzada! Y no sólo de goles. De fútbol. De fútbol bien jugado. De fútbol ofensivo, atacante. Pero también equilibrado. Pensado. Y yendo de menos a más. Pasándole por arriba a todo: a un no muy buen primer tiempo propio, a la fortuna que tampoco ayudó en el armado de las definiciones en esos 45’ iniciales y en dos pelotas de Ligüera y Curbelo que fueron devueltas por un caño y el travesaño, ni qué hablar que al Cruz Azul, y hasta a esa costumbre del fútbol uruguayo de entrar a conservar la ventaja después de haber estado perdiendo y pasar adelante.
Así ganó Fénix ayer. Arrollando al Cruz Azul en el segundo tiempo y dando espectáculo. "A lo Fénix". O intentando. Cuando estaban 0 a 0 y los de Capurro monopolizaban la pelota pero la "mal jugaban" en la penúltima pared, en el penúltimo pase, y muchísimas veces hasta antes, cuando arrancaban y no pasaban mucho más allá desde la mitad de la cancha, mientras el Cruz Azul se las arreglaba marcando atrás con tanta firmeza como un equipo uruguayo de antaño y hasta creaba peligro y se ponía en ventaja con los contragolpes que armaba solitariamente Palencia o con los pelotazos —también al mejor estilo uruguayo— que casi todo el equipo despachaba para los piques de Abreu y Baldi. Cuando estaban 1 a 1 con ese zapatazo impresionante que Ligüera —al ejecutar un foul— metió en un ángulo. Y después, fundamentalmente después, en la segunda etapa, cuando haciendo la misma, sin bajar los brazos ni desesperarse, y hasta cambiando un volante de creación por uno de marca cuando ya estaba en ganancia, llegó a la media docena de goles en medio de una sinfonía de toques, triangulaciones por afuera, paredes por adentro, zapatazos y fútbol, que hicieron sonar al Cruz Azul como una serenata de los mariachis.