Análisis | Jorge Savia
Parece obvio: lo de Fénix ayer fue notable. Pero no sólo
por la goleada. Por el resultado. Fue una producción
ejemplar por el tipo de fútbol en el que se basó la
aplastante victoria lograda por el equipo de Carrasco.
Además, en este caso no se puede decir que Fénix
"pizarreó", o sea que desplegó su estilo y sus armas,
después que palpó la posibilidad de tener el triunfo al
alcance de la mano. Todo lo contrario. La intención, la
actitud y la propuesta, fueron las mismas en los 45’
iniciales y en la segunda etapa. La diferencia estuvo en
la precisión con que el elenco de Capurro manejó sus
herramientas habituales para terminar redondeando
un trabajo extraordinario.
Esto es: el cuadro de "J.R." procuró salir siempre en
velocidad, por abajo, tirando paredes o triangulando, ya
fuera en corto o en largo, por cualquiera de los
laterales. Sólo que en el primer período falló
reiteradamente en el armado final —más que en la
definición— de sus jugadas.
En suma: hizo un fútbol moderno, aunque inefectivo,
cuando tuvo el viento en la puerta del rancho. Y lo
sostuvo y lo incrementó, lo potenció al máximo, hasta
transformarlo en un vendaval incontenible e
incontrolable, como quedó patente cuando Ligüera y
Hornos se encontraron para fabricar la incidencia en la
que al impotente "Conejo" Pérez no le quedó otra que
cometer un penal por el que terminaron expulsándolo,
en el transcurso de la segunda etapa.
Ahí sí, Fénix entró como quiso por el medio y los
laterales, jugando, tocando, rotando. Pero lo suyo, en
materia de procedimientos, procuró ser siempre igual.
Una máquina casi, que contrastó con el fútbol
aguerrido y de envíos preferentemente largos con que
—salvo cuando salió a través de las maniobras
personales de Palencia— los mexicanos buscaron
explotar el oportunismo de Abreu en el ataque.