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Miércoles 29.10.2008, 21:06 hs l Montevideo, Uruguay
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Agropecuario


E N FOQUES

Plata quemada

POR JOAQUÍN SECCO GARCÍA | jseccogarcia@gmail.com

Nota escrita el 18/10/08.

Atravesamos el momento de mayor intensidad de la crisis financiera mundial y también los momentos de mayor incertidumbre acerca de los probables desenlaces.

La información de la que vamos disponiendo siembra cada día nuevos temores sobre el futuro.

Siempre que predomina la incertidumbre, la estrategia conveniente es la de reducir en lo posible los compromisos hacia el futuro y, cuando sean inevitables, prever las salvaguardias apropiadas.

Esto es cierto para el país y el gobierno, para la familia y el consumo, o para los negocios y las inversiones. También es cierto que en estas épocas nacen oportunidades diferentes.

Vale la pena agudizar las percepciones, explorar, escarbar, saber más y manejar mejor la información.

Caída libre

Desde principios de los 80, el sistema financiero mundial –el mundo de los papeles y de la riqueza virtual– creció como la hidra. La tecnología, las comunicaciones, la informática, las organizaciones y las reglas de juego que se fueron estableciendo favorecieron este desarrollo.

Hoy lo apreciamos en sus gigantescas dimensiones, en la medida en que se va derrumbando y hundiendo vidas y haciendas.

El mundo de los activos financieros comprende los bancos (en sus diversas versiones y especializaciones), las bolsas y las acciones, los mercados de futuros y las especulaciones, la deuda pública y la deuda privada, los fondos y las diversas formas de captar ahorros, el dinero plástico, las hipotecas y los infinitos instrumentos que se han desarrollado para supervisar, controlar, auditar, certificar, bajar los riesgos, multiplicar el dinero.

Desde 1980, la tasa de crecimiento de los activos financieros en el mundo ha duplicado a la tasa de crecimiento del PIB. Hoy, el valor mundial de los activos financieros es 3,5 veces mayor que el PIB. La riqueza virtual es mayor que la riqueza real. Basta un titubeo en la confianza para que se caiga la acrópolis del dinero.

Este negocio operó con la misma agresividad con que operan los negocios corporativos en el Primer Mundo. No esperan a que el mercado les demande sus servicios, sino que crean su propio mercado desde la oferta. De la misma forma que crean el mercado para refrescos, 4x4 para andar por los bulevares, snacks o perfumes. Bienes prescindibles que se comportan como imprescindibles.

Durante décadas, las mentes más brillantes de las mejores universidades del planeta fueron reclutadas para pergeñar planes y emprender aventuras financieras. La creatividad para diseñar instrumentos y concebir negocios fue inagotable.

En términos sencillos, se trataba de universalizar la participación de la población en los negocios financieros. Cada ciudadano, un cliente, y cada cliente cada día compra más. Algo todavía ajeno a nuestras rutinas provincianas. En el Primer Mundo, en los cafés de barrio se habla del Dow y casi no hay familia que no esté pagando por una hipoteca.

Los negocios privados son enormes y crecen siempre. Pero un capítulo aparte merecen los negocios financieros de los gobiernos. Incorporar a los gobiernos como clientes es uno de los éxitos del sistema financiero global.

En algún momento se descubrió el potencial del endeudamiento público para aumentar gastos, sin necesidad de incrementar los impopulares impuestos. Desde fines de los 70 los gobiernos de todo el mundo comenzaron a endeudarse atolondradamente. Los latinoamericanos asumimos el liderazgo de la disipación, pero no fuimos los inventores.

EEUU había adquirido una enorme deuda por las guerras de los 40 y los 50. Posteriormente el endeudamiento fue bajando hasta que llegó a un mínimo de 28% del PIB durante el gobierno de Carter. Pero, desde Reagan (1979) en adelante, la deuda sube, con una breve pausa durante el gobierno de Clinton, y asciende hoy a 70% del PIB, un nivel similar al que tenía en los 50.

En términos absolutos, la deuda pública de EEUU se ha triplicado desde 2001. El nivel de endeudamiento de los países de la Unión Europea es parecido, con extremos como el de Italia, que está endeudada en 104% del PIB.

Por su parte, cada hogar norteamericano tiene un promedio de 13 tarjetas de crédito y 40% está en mora. La deuda hipotecaria de las familias suma U$S 14 billones, superior al PIB. La gran oportunidad para expandir el negocio financiero en los últimos años apuntó a financiar viviendas.

Como hubo crédito, y fue muy barato y a largo plazo, el precio de las propiedades crecía sistemáticamente. Como pasa con los ganados en la feria. Si hay crédito, plazo y bajas tasas, los precios suben.

Las familias que recibían el crédito podían no inspirar confianza, pero como el préstamo estaba garantizado por la casa y ésta subía de valor todos los meses, se consideraba que el crédito tenía una buena seguridad de cobro y, por lo tanto, una buena calificación. Estas cosas funcionaron hasta que un día una casa bajó de precio y un desocupado no pudo pagar la cuota. Ahí empezó la caída libre. Todo lo que se había enrollado desde 2001 se desenrolló en pocas semanas.

Durante años, millones de agentes, operando cada uno por su cuenta, producían un fantástico efecto de riqueza generalizada, consumo y bienestar. De un día para otro, la armonía dio lugar a una batalla por el sálvese quien pueda, el pánico de las bolsas, las quiebras y la pérdida abrupta de riqueza. El mundo busca culpables con nombre y apellido para exorcizar y lavar las culpas de todos. Sabemos mucho de estos linchamientos en Uruguay.

Posibles consecuencias

La magia financiera hizo que durante años, EEUU, la economía más grande del mundo (25% del PIB mundial), gastara mucho más de lo que producía. El gobierno y las familias se endeudaban por encima de sus posibilidades. Los chinos, los japoneses y los árabes –entre otros– financiaron esa fiesta. Nosotros conocemos bien lo que es vivir por encima de lo que producimos. Las crisis de 1982 y 2002 fueron la consecuencia de la acumulación de excesos en el gasto improductivo.

Mientras una burbuja se está hinchando, no se ve en el horizonte ninguna señal amenazante y todo favorece la aceleración del extravío. La explosión terminal resulta inexplicable e imprevista para todos.

Ahora estamos en medio del temporal. Los gobiernos intentan movimientos defensivos para poner un piso a las tribulaciones.

Por un lado, capitalizando a los bancos a través de la compra de acciones (solución inglesa) y/o mejorando los activos mediante la compra de carteras tóxicas. Se han comprometido sumas siderales para encarar estos salvatajes.

Con una mirada optimista, podríamos anticipar que en algunas semanas se empezaría a desbloquear la circulación de dinero y a recomponerse los circuitos financieros indispensables para reactivar la producción y el comercio.

Pero después comenzará la etapa más larga y más difícil. La reconstrucción de los daños, lo cual habrá de requerir transformaciones profundas en el sistema financiero, la necesidad de absorber la enorme liquidez que se habrá volcado al sistema para evitar la inflación, lo cual a su vez hará más lenta la reactivación de la economía real, del empleo, del consumo y del comercio internacional.

En grandes lineamientos, los efectos que se pueden esperar durante el período de reconstrucción –que probablemente no se complete en menos de dos años– girarían en torno a consecuencias como las siguientes:

- Tendremos un mundo más cerrado al comercio, con mayor inclinación a la protección de la producción doméstica.

- Tasas de interés que serán bajas en estas primeras etapas, pero subirán gradualmente como instrumento de combate a la inflación.

- Menor liquidez internacional y mayores dificultades de acceso al crédito.

- Mayor aversión al riesgo. Mayor abanico en las tasas entre las colocaciones más seguras y las de mayor riesgo.

- Las tasas de interés más elevadas explicarán un dólar más fuerte y, por la misma razón, menores valores en dólares de las materias primas y de las monedas de otros países. Menores precios en dólares para los alimentos.

- El significativo aumento de la deuda pública en EEUU y la UE les quitará margen para políticas expansivas. Deberán buscar el equilibrio presupuestal y moderar el endeudamiento. Ello agregará un efecto recesivo.

- Se ha producido una fuerte pérdida de riqueza, que obligará a la gente a ahorrar más para recomponer patrimonio.

- Todo sumado representará caídas del consumo en las economías más desarrolladas y, consecuentemente, de las importaciones.

- Los pronósticos indican que los países emergentes podrán seguir creciendo a tasas menores pero elevadas, ya que existe un importante potencial de crecimiento hacia adentro.

- No obstante, si los países de la OCDE (75% del PIB mundial) contraen significativamente su demanda, inevitablemente los efectos se trasmitirán a los emergentes y especialmente a países como el nuestro, de mercado interno pequeño, bajas tasas de ahorro e inversión, y escasa competitividad excepto en las cadenas agroindustriales.

-Habría que estar preparados para enfrentar menores precios de exportación y mayores dificultades de acceso a mercados.

- Los países que acordaron TLCs estarán en mejores condiciones. El Mercosur seguirá siendo un barrio hostil.

- Los pronósticos también indicarían que el comercio de alimentos se vería menos perjudicado en volúmenes.

- Por un lado, el consumo de alimentos tiene escasa elasticidad respecto a la pérdida de ingresos y, por otro lado, en los últimos años, la oferta mundial de alimentos se ha mostrado poco reactiva al aumento de la demanda, manifestando ciertas limitaciones estructurales para incrementar la producción. Ante una coyuntura de precios bajos, probablemente no se modifique esta circunstancia.

- A pesar de esa tendencia, no habría que descartar la posibilidad de que se multipliquen intentos proteccionistas como el anunciado recientemente por China.

El agro uruguayo

Nuestro sector agropecuario ha mejorado notablemente su competitividad. Es de los abastecedores más eficientes del mercado. Está en el podio de competitividad en carne, leche, lana, arroz, madera y poco a poco lo estará también en la producción de granos.

Como escenario –no tanto como pronóstico–se podría establecer una situación de precios y costos agropecuarios semejante a la que estuvo vigente en 2006 (ver cuadro). No es un mal escenario. Los márgenes de cultivos y pecuarios fueron satisfactorios en 2006.

Sin embargo, ese año el dólar estaba a $ 24 en vez de a menos de $22 como hoy; además, desde entonces ha habido una inflación local de 17%. Para tener condiciones parecidas, el dólar debería estar a $28.

Por otra parte, se quitaron devoluciones de impuestos, y subieron los impuestos y los aportes al BPS. Ha habido una penalización de la competitividad para pasar ingresos de los transables –competitivos- a los no transables, especialmente gastos administrados por el gobierno.

La inflexibilidad en el manejo del gasto, la elevación de los salarios, las tarifas y los impuestos en dólares, pueden perjudicar significativamente la competitividad.

Hay un componente subjetivo de los empresarios respecto al futuro. En un año electoral este aspecto puede deteriorarse y acentuar los negativos impulsos importados.

Las expectativas pueden jugar un papel decisivo para sostener la inversión, el crecimiento, el empleo y las exportaciones agropecuarias.

Junto con la caída de precios, disminuirá la riqueza nacional. Si esta pérdida se concentra sobre los sectores que deben competir en los mercados, se puede entrar en una espiral de desinversión, desempleo y caída del Producto.

Como pocas veces se percibe la conveniencia de un entendimiento entre las estrategias privadas y las políticas públicas, para evitar desarmar un camino de crecimiento y modernización que se construyó a lo largo de siete años.

En un contexto mucho más difícil:

Las oportunidades privadas seguirán dependiendo del mejoramiento de la gestión, de la innovación, de la elevación de las capacidades humanas y del desarrollo de formas organizativas que sigan bajando los costos de transacción y mejorando la competitividad.

Las políticas públicas deberán encontrar fórmulas para flexibilizar los costos no transables que han crecido extraordinariamente en los años buenos, pero que, si no se ajustan a la baja, inevitablemente van a perjudicar la competitividad, la inversión, el empleo y las exportaciones en los años que vienen.

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