MERCEDES ESTRAMIL
A LOS DIECIOCHO años, Alejandra Pizarnik ya sentía que era tarde. Esa certeza guió su literatura y dominó su vida, y terminó empujándola a un callejón sin salida. Hablar de ella como mujer escritora parece que obliga a mencionar por lo menos a Alfonsina Storni, Virginia Woolf, Anne Sexton y Sylvia Plath, aunque sólo sea porque todas fueron mujeres desesperadas, porque los roles genéricos no las satisficieron, y porque buscaron el suicidio como despedida. En el caso de Pizarnik, la recepción de su literatura pagó un tributo muy alto a su biografía, pero aunque cada verso suyo corra la suerte de ser leído como tragedia anunciada, es una de las voces indiscutibles de la poesía argentina y latinoamericana del siglo XX.
Flora Pizarnik (el nombre Alejandra vino después a pedido suyo) nació el 29 de abril de 1936, hija de emigrados ruso-judíos que establecieron un negocio de joyería en Avellaneda, salvándose del Holocausto en el que murió gran parte de la familia. Como para confirmar que los contextos no son todo y el infierno está en muchas partes, Alejandra encontró desde muy chica sus espacios para sufrir. Sufrió por una tartamudez pasajera, porque se veía fea y gorda, porque se sentía tímida, porque no encontraba una pareja estable, por indefinición sexual, porque no era capaz de escribir una novela, por su imposibilidad de aferrarse a un orden, etc. Como cualquier buen egocéntrico acomplejado tenía la sensación de estar destinada a algo especial, y creía que los caminos sui generis -profesión, empleo, matrimonio, hijos- no eran para ella. Lo "especial" nunca llegó, quizá porque su techo era demasiado alto. Ni publicar y ser reconocida en su país, ni las becas Guggenheim o Fullbright ni cuatro años en París calmaron el desasosiego y la espera.
En los Diarios -como en su poesía- algo de esa biografía aparece, pero los Diarios -como la poesía- son literatura.
LA NOVELA AUSENTE. La presente edición empieza con anotaciones del 23 de setiembre de 1954 y termina con las del 4 de diciembre de 1971, dejando sin cubrir el último año de su vida. La editora Ana Becciu comenta el deseo expreso de Alejandra de hacer una selección y publicarla, y su enfoque de esos apuntes menos como un retazo de biografía que como una escuela de escritura y búsqueda de un lenguaje. Pizarnik no es diarista de experiencias cotidianas, no da cuenta de su entorno con nombres ni apellidos, no relata sus viajes. Sin embargo, deja una imborrable sensación de cercanía e inmediatez creándose como personaje con dramas fuertes, sobre todo si el peor de ellos es la ausencia de dramas: "presentí que lo peor que me iba a pasar era que nada me pasaría".
Lectora constante de los diarios de otros escritores, encontró espíritus afines en los de Cesare Pavese, Katherine Mansfield y Franz Kafka, para quienes la literatura también fue una liberación vivida como una cárcel, y viceversa. Coincide con Pavese en su desolada visión del amor y el sexo. El auto referencialismo de Pizarnik cuando un 8 de junio de 1970 escribe "Cabe agregar que, afuera, hubo (¿hoy?) un golpe de estado o algo parecido" (el golpe interno de la Junta Militar del momento contra el presidente de facto Onganía), recuerda asimismo la ligereza sublime con que un 2 de agosto de 1914 Kafka escribía en su diario: "Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación".
El grueso de los Diarios es el registro de un dolor inservible que ella espera sirva para escribir. Desde una vida desahogada de clase media, con posibilidad de estudiar y de cambiar de carreras sin ponerse a trabajar y sin impedimentos para publicar, sostiene que "Sólo vivo cuando sufro, es mi manera de vivir". Es la chica que coquetea con el suicidio escribiendo en 1959 "cinco o diez años en una tarea y después suicidarme no es un futuro desdeñable", en 1960 "anoche pensé qué medios usaré para suicidarme", y en 1961 "dentro de muy poco me suicidaré" o "cada noche me olvido de suicidarme", y así hasta que cruza la línea. De algún modo su desenlace biográfico alcanza ese fluir que ella quería para su prosa y no consiguió. Y ese sí fue un drama verdadero.
Pizarnik no se sentía especialmente unida a su país ni cultivaba un sentimiento de argentinidad, ni siquiera literario. Distinguía entre una literatura "soporífera" de pampas y caballos criollos, una literatura afrancesada, y una de un realismo vulgar; y no se consideraba en ninguna de ellas. Pero también dudaba de su propia vocación literaria y de sus capacidades, se veía demasiado fantasiosa y abstracta. "No sé escribir" es un concepto que aparece muchas veces, vinculado casi siempre a su dificultad para contar una historia, hilvanar acciones, crear escenarios y personajes, en definitiva para ser una novelista. Atribuía su renuencia narrativa a la falta de herramientas discursivas y a lagunas de conocimiento, pero también tenía otras excusas: "La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Quiero decir, por querer hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi deseo de hacer literatura con mi vida real pues ésta no existe: es literatura". La decisión de escribir esa novela que le pesaba tanto no la tomó nunca. Su proyecto en prosa más completo fue La condesa sangrienta (1965) texto inspirado en un libro de 1963 de la francesa Valentine Penrose, sobre la figura histórica de una noble transilvana del siglo XVI, Erzsébet Báthory, una especie de versión femenina de Drácula, acusada de torturar y matar a centenares de muchachas para rejuvenecerse con su sangre. Esa historia con trasfondo legendario, fantasiosa y cargada de morbo, le permitió trabajar a distancia sus propias obsesiones.
CARENCIAS. Y una de las mayores obsesiones de Pizarnik era el sexo. Los Diarios juegan con la información real y el personaje que crean: hay para todos los gustos, desde una Alejandra autoforzada a castidad y apologista de la masturbación, hasta una superada bisexual y consumidora de orgías. Pero el denominador común es la soledad afectiva y el reconocimiento de que ni la más intensa experiencia sexual salva del vacío. Admitir que "nadie construye su vida incluyéndome" y que "sólo es posible vivir si en la casa del corazón hay un buen fuego" son declaraciones poéticas pero devastadoras para quien las dice a los 26 años. Su relación con sus padres también fue amarga, a juzgar por el triste papel que ocupan en los Diarios. Las amistades y los libros (y su visión aguda sobre ellos) sustituyen en parte esas carencias, aunque su nihilismo enseguida los recoloca como salvadores imposibles. No hay nada que salvar. La elección literaria y la vital de Pizarnik terminan fundiéndose en una sola, decir que no. Pese a eso igual publicó varios poemarios y textos en prosa, incluidas traducciones. Su poesía, que asumió desde temprano las dificultades de representación del lenguaje, nunca dejó de buscar la palabra exacta ni de apuntarla con sensibilidad, aunque fuera una sensibilidad irónica y ácida.
Pizarnik llegó a reconocer medio en broma que si "despertara" se casaría con un comerciante judío, tendría hijos y soñaría con tener auto. No despertó. Del ensueño lúcido que fue su vida pasó sin vacilar al otro sueño. Lo intentó varias veces en 1971 con pastillas, con gas y ahorcándose; lo consiguió el 25 de setiembre de 1972, ingiriendo una sobredosis de Seconal sódico durante una salida transitoria desde el psiquiátrico a la casa de su madre. Ese evento le marcó indeleble el sello de "maldita", pero no añadió gran cosa. Pizarnik había muerto muchas veces: era incapaz de aprender, de formar con la experiencia un sedimento sólido, protector. Escritura y vida, para ella todo era siempre una "primera vez", y última, por tanto.
DIARIOS, de Alejandra Pizarnik. Editorial Lumen, Barcelona, 2007. Distribuye Sudamericana. 504 págs.