ANDREA BLANQUÉ
CON ESTE LIBRO se publica por primera vez en Hispanoamérica una antología de cuentos del importante autor brasileño Murilo Rubiao. Lo primero que llama la atención de sus cuentos es la limpidez lingüística. Son textos con frases breves, sumamente precisas, que se acercan a lo clásico. El propio Murilo dejó explícita su estrategia: "Reelaboro mi lenguaje hasta quedar exhausto, en una búsqueda desesperada de claridad, para hacer el cuento lo más real posible. Con el lenguaje más depurado, la intriga fluye naturalmente". Con ese estilo exacto y melancólico cuenta historias de pesadilla, donde el personaje se topa con situaciones que van contra la naturaleza, pervertida ésta por la burocracia, el poder, las normas rígidas y absurdas de una sociedad profundamente egoísta.
La antología se abre con el cuento "La ciudad", que ya coloca desde el principio a un individuo en un tren vacío, que nunca llega a destino porque se detiene en la penúltima estación. Ese único pasajero resume los personajes de Rubiao, solos y desesperados, a quienes la información se les niega por motivos secretos e inexplicables. En este relato el individuo cae arrestado, acusado de algo que él desconoce: "Nada de esto tiene sentido (...) ¡Llegué a este lugar hace pocas horas y los testigos afirman que me vieron, por primera vez, la semana pasada!"
Cuando Murilo Rubiao escribe este texto, en 1947, el adjetivo "kafkiano", tan trillado hoy día, no era popular. Pero Kafka ya circulaba por estas tierras, según apunta Pablo Rocca en su erudito prólogo. El propio Murilo se topó y deslumbró con El proceso en 1943, escribiéndole a Mário de Andrade: "estoy aterrorizado, sintiendo la influencia de él sobre los temas que estoy urdiendo".
Pero Rubiao, como se descubre en estos cuentos, es mucho más que un imitador de Kafka. Comenzó a escribir y publicar esos textos breves en revistas, en un Brasil donde imperaba un contundente realismo a lo Jorge Amado. Sin embargo, Rubiao pertenece junto a Borges, Silvina Ocampo, Felisberto Hernández, o Cortázar, a lo que ha sido visto como una hermandad latinoamericana productora de literatura fantástica.
Varios son los cuentos aquí recogidos que podrían integrar cualquier antología, pero el más inolvidable es "El invitado", donde un personaje masculino recibe una invitación a una fiesta que no especifica espacio ni tiempo, aunque sí la manera estrafalaria con la que se debe ir vestido. En el transcurso de la narración el personaje llega a la fiesta de jardines interminables, donde una bella mujer tal vez consiga ayudarlo en una noche donde todos "habían hecho todo lo posible por integrarlo a un mundo desprovisto de sentido".
En el cuento "El bloqueo", un hombre también solo, intenta dormir en un edificio en apariencia tranquilo: muy pronto se entrecruzan feroces ruidos (taladros, explosiones, ascensores que caen, etc.) a las propias pesadillas del personaje. Asimismo, en "El edificio", un ingeniero debe construir un edificio con un ilimitado número de pisos.
El lector se solidariza con esos personajes atascados en la lógica de la locura. Sin embargo, dentro de un mundo de conserjes, gerentes, ingenieros, choferes, auxiliares contables y pasajeros, hay un pequeño espacio para la piedad. Un respiro en el asfixiante ambiente de pesadilla. Ese impasse le dan algunas mujeres: parece que en ese universo exasperante las únicas que pueden dar consuelo son las prostitutas.
En el terrible cuento "La fila" el personaje principal, Pererico, llega a una ciudad a entrevistarse con un gerente y se encuentra con que "eran centenares los que aguardaban la oportunidad de ser recibidos". Pero Pererico recibe la solidaridad de una prostituta que trabaja para que él pueda comer y esperar. Es la Magdalena oculta, la que Murilo Rubiao deja deslizar en esos cuentos aparentemente tan poco cristianos, dado que si algo falta en ellos, es esperanza.
LA CIUDAD Y OTROS CUENTOS de Murilo Rubiao. Banda Oriental, 2008, Montevideo, 104 págs.