C.M.D.
EL INFLUJO DE Las mil y una noches en Occidente ha sido poderoso. Desde la edición de Galland en 1704, poetas, novelistas, músicos, pintores, se sintieron llamados a recrear y agradecer el ingenio y los motivos de las noches árabes. Así se las conoce en el mundo anglosajón: como The Arabian Nights, título que perdió, según Jorge Luis Borges, el encanto de su texto original. "En éste hay otra belleza", señaló. "Creo que reside en el hecho de que para nosotros la palabra `mil` sea casi sinónima de `infinito`. Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables noches. Decir `mil y una noches` es agregar una al infinito".
Los británicos se mostraron especialmente atraídos por la obra. Hubo cuatro traducciones inglesas: la de Torrens, la de Lane, la de Payne y la de Burton. Otras cuatro fueron alemanas: Weil, Hennig, Greve, Littmann. Además de la de Galland, la lengua francesa conoció la traducción de Mardrus (en español, en la editorial Cátedra) y el mundo hispano tuvo la de Cansinos-Asséns. A las versiones, los artistas sumaron sus obras.
El libreto de La flauta mágica, de Mozart, se basó en el cuento "Lulú y la flauta mágica", de Jakob Liebeskind, inspirado en los cuentos árabes. El compositor francés Francois Boïeldieu estrenó en 1800 su ópera El califa de Bagdad, diez años más tarde Weber presentó la ópera Abu Hassan y Johann Strauss su opereta Indigo y los cuarenta ladrones (1871). Luego se estrenaron las operetas de Lutz (Los cuarenta ladrones y Aladino), la de Lecocq (Ali-Baba). Rimsky-Korsakov y Ravel compusieron dos obras para orquesta dedicadas a Sherezade, Puccini basó el libreto de su ópera Turandot en una historia apócrifa de Las mil y una noches, se realizaron ballets y muchos musicales, entre ellos uno de Cole Porter titulado Aladdin.
Desde los pintores románticos, encabezados por Dominique Ingres y Eugène Delacroix, las escenas orientales no han estado ausentes en la pintura occidental, pero entre los ilustradores específicos de Las mil y una noches puede contarse a Edmund Dulac, a Maxfield Parrish, las litografías de Marc Chagall y el collage de Henri Matisse, del Museo de Arte del Carnegie Institute, entre innumerables dibujantes y pintores que tomaron al libro por motivo.
En el mundo literario fueron prolíficos los ecos de la obra. En su poema autobiográfico "The Prelude" (1850), William Wordsworth refirió su temprana fascinación por los cuentos de Sherezade, que leyó incompletos bajo la promesa de ahorrar dinero hasta comprar la edición completa, y Alfred Lord Tennyson, en su libro Poems, Chiefly Lyrical (1830) dedicó un bello poema a los jardines de Harún al-Rashid.
William Beckford escribió en 1782 su novela Vathek: Una historia de Arabia bajo el mismo influjo, y su pasión lo llevó a dilapidar la fortuna familiar en la construcción de un palacio oriental sobre la abadía de Fonthill, en Wiltshire, que finalmente debió ser demolido.
Théophile Gautier en su guión para el ballet La Péri y Charles Dickens en su relato "Un árbol de Navidad" rindieron tributos a los cuentos de las noches árabes. Edgar Allan Poe fue un poco más lejos. En su relato "El cuento mil dos de Sherezade", la muchacha decide finalizar las aventuras de Simbad enfrentándolo a monstruos pertrechados con buques de hierro, equipos de buceo y toda clase de adelantos tecnológicos como el telégrafo. Fastidiado, el sultán le cortó la cabeza.
Quien con mayor ambición trasladó el encanto de la obra a Londres fue Robert Louis Stevenson en sus Nuevas noches árabes, un conjunto de historias independientes, publicadas en 1878 en el London Magazine y luego recogidas en libro. "El club de los suicidas" y "El diamante del Rajá" integran esta serie, que tiene al príncipe Florizel de Bohemia y a su confidente Geraldine por protagonistas de ingeniosas aventuras, ambientadas alrededor del Támesis pero con la liviana y aguda seducción de los relatos orientales. El modelo de cuentos enlazados por los mismos protagonistas, que prolongaría G. K. Chesterton en El candor del padre Brown es, en gran medida, deudor de Las mil y una noches, como también el esquema de los cuentos dentro de otros cuentos que frecuentaría Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas o Italo Calvino en Si una noche de invierno un viajero, de expresa referencia a la obra.
Robert Irwin en La pesadilla de Arabia (1983), Naguib Mahfuz en Noches y días de Arabia (1982) y Salman Rushdie en Los versos satánicos (1988), entre otros, han referenciado de modo expreso o cómplice su deuda con los relatos de Sherezade, insertos bajo la forma moderna del thriller o la novela social.
GARCÍA MÁRQUEZ Y BORGES. La novela más emblemática de América Latina lleva en su título el espíritu de los manuscritos de Oriente. Son más de cien los años narrados en Cien años de soledad, como fueron doscientas ochenta y una las noches que se hicieron mil. El uso metafórico de los números en uno y otro título aluden a la vastedad de las historias a ser contadas, pero de modo más expreso Gabriel García Márquez introdujo alusiones a la obra que leyó en su niñez, como le confesó en una carta a Germán Vargas: "Estas son las influencias que considero importantes en mis novelas: del punto de vista técnico, Virginia Woolf, William Faulkner, Franz Kafka, Ernest Hemingway. Del punto de vista literario, Las mil y una noches, que fue el primer libro que leí a la edad de siete años".
En varios pasajes de la novela se hacen presentes las señales del antiguo texto: Aureliano Segundo lee, en el cuarto de Melquíades, un libro sin tapas ni título sobre la historia de un pescador que atrapó en su red un pez con un diamante en el estómago, de una lámpara que satisfacía los deseos y de alfombras voladoras. El comercio llega a Macondo con la radicación de los árabes y la magia con los gitanos que acompañan a Melquíades, entonces empeñado en arrastrar dos lingotes imantados que se apoderaban de todos los objetos metálicos de las casas. La descripción de la escena es notoriamente deudora del episodio de "La Montaña del Imán" incluido en el primer libro de Las mil y una noches (relato del tercer derviche de "El mozo de cuerda y las damas"). Bajo esta luz, podría creerse que el realismo mágico ha sido consecuencia de un insospechado encuentro de orientalismo con pasmo criollo.
Más al sur, la obra conoció la fervorosa admiración de Borges, que conservó los diecisiete tomos de la traducción de Richard Burton, celebrada por sus notas antes que por su texto, puesto que prefería la versión de Galland, más afín al mundo de los sortilegios que a las descripciones licenciosas. Escribió un minucioso ensayo sobre las versiones occidentales más connotadas en Historia de la eternidad, titulado "Los traductores de las 1001 noches", se ocupó de resaltar los valores de la obra en artículos periodísticos, prólogos, conferencias (la tercera de sus "siete noches" en el Coliseo de Buenos Aires estuvo dedicada por entero a ella), y también en dos ensayos: "Cuando la ficción vive en la ficción" (recogido en Textos cautivos) y "Magias parciales del Quijote" (integrado a Otras inquisiciones).
Pero como su admirado predecesor De Quincey, que en su biografía adulteró el cuento de Aladino, se sintió tentado a sumarle dos historias menores. "Historia de los dos que soñaron" nació como un artículo para el diario Crítica en el que le atribuyó a la traducción de Burton un relato no incluido en la de Galland. En su conferencia del Coliseo, en 1977, dio su cuento por legítimo, junto a otros auténticos. "El tema de los sueños es uno de los preferidos de las mil y una noches", dijo. "Admirable es `la historia de los que soñaron`", y pasó a contarlo. Finalmente aceptó que le pertenecía al integrarlo a Historia universal de la infamia. El otro relato, de la misma obra, es "La cámara de las estatuas", y como el anterior, dibuja la aventura de una paradoja. "Los dos reyes y los dos laberintos", de El Aleph, pertenece a esa genealogía.
Acaso porque Borges entendió que se trataba de un libro destinado a reproducirse, no halló reparos a prolongar su deriva en los juegos de la literatura.
Los del cine también abundaron a lo largo del siglo XX, desde la inicial película muda de Ernst Lubitsch, en 1921, One Arabian Night, con Pola Negri, pasando por la célebre Las mil y una noches, de Pier Paolo Pasolini, en 1974, hasta Aladino, de los estudios Disney, en 1992.
Se sucedieron más de una veintena de películas y nada indica que la cantera de versiones sobre los cuentos más famosos vaya a agotarse, cuando hasta la industria de los videojuegos sumó un éxito empresarial con El príncipe de Persia, ideado por Jordan Mechner en 1989, que lleva vendidas millones de copias.
Si el profeta hubiera sabido a qué clase de fantasías eran sensibles los cristianos, otra suerte hubiese corrido El Corán en Europa. Lo que no pudieron las plegarias lo conquistaron sus historias.