GLORIA SALABARREY
ESTE ESCRITOR nacido en Siberia en 1957 continúa narrando detalles espeluznantes ocurridos de un lado u otro de la Cortina de Hierro. Integrante de la generación rusa que él bautizó "los hijos del deshielo", en cada una de sus novelas vuelve a los mismos períodos fantasmales: la Revolución, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Cuando terminó esta última, la perestroika le permitió instalarse en su segunda patria y escribir en francés, aunque para publicar tuvo que simular una traducción del ruso. La cultura ruso-francesa, que para él fue la herencia biológica, hizo posible su primer éxito europeo (El testamento francés) y se convirtió en un componente típico de su obra.
El Réquiem editado por primera vez en francés en el 2000 no anuncia el cierre del ciclo, sino el duelo por un mundo perimido, que resulta imposible abandonar o dejar de sufrir, cuya puerta de ingreso es una prometedora combinación de la novela de espionaje, la denuncia o testimonio político y la historia de amor. Aunque el autor declara no querer que la política se inmiscuya en las rendijas de sus ficciones, las decepciones y los fracasos del comunismo dominan la novela, transformando las desgracias individuales en un ciclo repetido de generación en generación.
La historia de espionaje comienza de una manera atractiva pero se fractura, abandonando el ritmo y el suspenso propio del género para volverse símbolo del drama de la identidad que, a instancias del amor, obliga a dar testimonio del pasado. Un joven médico militar se regocija cuando el encuentro con un espía, camarada de los Rosenberg, le da la oportunidad de abandonar el feroz servicio en África y disfrutar de una nueva identidad: otro nombre, otros parientes, otra historia, con una pareja incluida, igualmente anónima y ficticia.
Bajo la presión de una vida precaria y de unos gestos mínimos en armonía con la naturaleza, la amante le exige decir la verdad de sus orígenes, que le había sido revelada en francés por una amiga de sus mayores. Sus personajes son el abuelo campesino, un ruso blanco; el padre, fusilado después de combatir en un regimiento disciplinario, que enfrentaba desarmado y en primera línea a las huestes de Hitler; la abuela y la madre, víctimas silenciadas por una violencia horrorosa.
La novela incluye los ingredientes de la tradición rusa: la tendencia del realismo hacia un patetismo primitivo, el misticismo o la filosofía de la naturaleza, entre otros. Además, esta novela elegíaca resuelve con oficio los problemas técnicos derivados del fragmentarismo y los géneros híbridos, que responden al gusto actual. Pese a que puede expresar sentimientos de fin del siglo XX, el relato deja un sabor decadente, casi trasnochado, acentuado por la idealización del amor y por la poetización de esquemas políticos trillados.
El caso soviético y los crímenes de Stalin han dejado de ser noticias polémicas y explosivas pero merecen ser contados como ha sucedido con el holocausto. Lo que ha desaparecido es la amplificación extraliteraria que recibió la proeza de luchar contra la censura. De este modo la obra de Makine ha quedado expuesta a los riesgos de una escritura brillante que se repite, anclada en otra época sin dar con la talla esperada. En la memoria del lector los pasajes bélicos, que apenas aportan algunas novedades truculentas, aventajan de lejos a la aventura de los espías, cuyo comienzo atrayente y desafiante se diluye sin concretarse y sin llegar a representar las emociones actuales que insinúa. En el balance final es posible que la frustración de estas expectativas sea más importante que la narración aceptable de los episodios pretéritos.
RÉQUIEM POR EL ESTE de Andreï Makine. Tusquets. Barcelona, 2007. Distribuye Urano. 302 págs.