ENTRE LOS LIBROS, Las mil y una noches encierra la paradoja de darse a conocer por sus falsificaciones, todas legítimas, como podrían serlo los cuentos populares anónimos. Pero unos manuscritos indicarían que el libro existió, también su autor, y habrían quedado confundidos en la historia.
Al ser la obra literaria árabe de mayor contacto con las letras occidentales, su docilidad no ha dejado de acompañar las tensiones políticas en el campo de infatigables conflictos. Naturalmente, Sherezade continúa tan ajena al destino de Iraq como pudo estarlo el joven Werther a la invasión alemana de Polonia, pero las obras del pasado centellean por razones espurias con efectos insospechados.
Una nueva edición del arabista René R. Khawam quiere ser definitiva y es ostensible que lo ha sido para él, al cabo de treinta y nueve años de estudio. Su obra llega al español a través de Edhasa, pero la edición francesa data de 1986 y acerca algunas novedades: el cuento de Sherezade es sólo el primero de la serie y nunca fue la narradora del resto de las historias. Las de Alí Babá, Simbad el Marino y la lámpara de Aladino son relatos anteriores e independientes que no integran el cuerpo de la obra, y se suman cuatro relatos que permanecieron inéditos: "El durmiente en vela", "El sabio persa", "El califa y el loco" y "La fuerza del amor".
La celebración del alcohol, la influencia de las mujeres y ciertas críticas al poder político y a la teocracia islámica, podrían ser las señas contemporáneas de esta nueva edición que cuenta con ilustraciones de Gustave Doré, Bertall y Valentin Foulquier, y quiere corregir los equívocos que acompañaron la difusión de la obra a lo largo de siete siglos.
LOS ENDOSOS A SHEREZADE. La primera versión occidental pertenece al erudito y numismático Antoine Galland (1646-1715), que bajo el reinado de Luis XIV trajo de Siria unos manuscritos posteriormente adjudicados al siglo XIII. Llevaban por título Las mil y una noches pero sólo contaban doscientas ochenta y una. Dedicado a los estudios filológicos, para complacer a sus protectores y a modo de pasatiempo, Galland tradujo algunos cuentos que fueron publicados en París, en 1704, "en la imprenta de la viuda de Claude Barbin, en Palacio, segunda escalinata de la Sainte Chapelle". El éxito fue tan rotundo que se editaron sucesivos volúmenes hasta agotar, por igual, los ejemplares y las noches. Pero en auxilio de la viuda y de Galland, llegó a ellos un juglar árabe de nombre Hanna, oriundo de Alepo, Siria, con tantas historias afines al texto original que pasaron a prolongar la obra.
El título, en árabe, solo quería decir "Las muchas noches", pero convino interpretarlo de modo literal y endosar a la astuta Sherezade el resto de los cuentos. No fue la única adulteración de la obra. Desde el inicio, se excluyeron poemas demasiado fogosos y se justificaron omisiones, también desvíos y reescrituras, "cuando el decoro impedía seguir el original", según anotó Galland en una advertencia que abría la edición.
Los eruditos y los lectores se han visto atraídos desde siempre por la promesa erótica de Las mil y una noches, sus escenas escabrosas y sensuales descripciones. Europa tenía una literatura cortesana y al menos un público reducido podía conocer el Decamerón de Boccaccio o los textos goliardos, pero el mundo árabe acercaba un extravagante erotismo que provocaba fascinación y ofendía el pudor.
A partir de entonces se sumaron muchas traducciones, unas de versiones árabes, otras de versiones europeas, y todas distintas, censuradas o deliberadamente licenciosas, como la del francés Joseph Mardrus, que aplaudió Mallarmé. Por rechazo a la pacatería, Mardrus añadió audacias de su cosecha y cometió ingenuas infidelidades, como la de traducir la palabra qafa por "culo", asegura Khawam, cuando no significaba más que "espalda".
Existieron versiones románticas, victorianas, simbolistas, y los traductores se tomaron tantos permisos para reescribir el texto como públicos hubo interesados en la obra. Pero más curioso es que Occidente se haya adelantado cien años a la primera edición árabe, fechada en Calcuta en 1814, "conforme en su totalidad a los escritos originales". Afirma René Khawam que esa edición quedó eclipsada por la muy inferior de Boulaq (El Cairo, 1835), seguida de cerca por los clérigos de la universidad islámica. Es la que se impuso en el mundo musulmán, pese a que maquilla con pruritos religiosos toda la obra, al extremo de sustituir el vino, que entonces vendían judíos y cristianos, por zumos de fruta. El integrismo islámico ha impedido hasta el momento la difusión de otra versión. En 1985 la prensa internacional recogió la noticia de que había aparecido en El Cairo una nueva edición de Las mil y una noches, más ajustada a los manuscritos originales, pero luego se supo que fue censurada y destruida por vía judicial.
EN BUSCA DEL AUTOR. El problema mayor con los manuscritos de Las mil y una noches es que son fragmentarios, pertenecen a distintos siglos y no ha sido sencillo identificar qué copias son más fieles. Luego de compararlos uno por uno, Khawam llegó a la conclusión de que los más fiables no son los de Egipto, como creían Burton y Borges, sino los de Bagdad y Siria, y en especial el que recibió Galland, copiado a fines del siglo XIII y depositado en la Biblioteca Nacional de Francia.
En 1825 los eruditos europeos se esforzaron por fijar un texto árabe de referencia y nació la edición árabe de Breslau, llevada a cabo por Habicht y completada por Fleischer en 1843, pero poco más tarde sus fuentes fueron cuestionadas. Finalmente, varios optaron por abordar la obra como una recopilación de cuentos orales, alentados por las huellas de mitos persas, hindúes y chinos, pero Khawam insiste en que reúne las señas de unidad y estilo que indican haber sido compiladas por un solo autor.
El camino de sus conjeturas convierte al erudito en detective de la historia. Primero advierte que son muchos y notorios los indicios de que el autor conocía de primera mano el ambiente que narraba y por evitar ofender a un califa creó la legendaria figura de Harún al- Rashid. Afirma Khawam que las historias se sitúan en los años siguientes al fin del reinado del califa Al Mustansir (1226-1242). El califa falleció cuando los mongoles se disponían a invadir el imperio, ya amenazado, como da a entender el libro, por las cruzadas de los francos en Jerusalén, las incursiones de poderosos bandoleros que formaban un poder paralelo, y el integrismo religioso levantado en rebelión contra la disipación de valores y costumbres. En ese entonces el poder imperial padecía un desmembramiento similar al de la realeza europea, los califas desconocían la tutela de Bagdad y, como los nobles feudales, regían con autonomía en sus dominios.
"Es muy probable que [el autor] viviese entre finales del siglo XII y mediados del XIII", dice Khawam. "Conoce bien Bagdad, Damasco y El Cairo, pero también se complace en mencionar ciudades del Turkestán chino. (…) Lo que nos lleva a pensar que quizá se tratara de uno de aquellos orientales que vivían en los confines del mundo musulmán, que se vieron obligados a abandonar su lugar de residencia ante la invasión de los mongoles y buscaron refugio en Persia, Bagdad y hasta Egipto, donde el orientalista Macdonell estima, sin demasiadas pruebas que sustenten tal afirmación, que se llevó a cabo la redacción definitiva de Las mil y una noches". Las alusiones nostálgicas a los países de Oriente: Persia, las estepas asiáticas y China, más las frecuentes alusiones a la ciudad de Kashgar, uno de los bastiones chinos de la Ruta de la Seda, alentaron en Khawam la idea de que un descendiente o discípulo del escritor Hussein al-Alma`i al-Kashgarí (fallecido en 1093 y oriundo de esa ciudad) pudo ser el autor de la compilación. Pero Khawam murió sin poder probarlo.
Tentaciones y derrotas. Esta nueva edición que no acoge los relatos más famosos, pero acerca nuevos cuentos, es hija del rigor y la confianza depositada en el prestigio de Khawam, que ya había realizado una edición en 1965-1967, ahora corregida. Pero como si el influjo del infinito alentara en la obra, como creía Borges, Khawam aclara: "Así como la versión que les ofrecimos entonces se ceñía a veces de forma muy estricta, al texto original, como nos habíamos propuesto, en esta ocasión, y sin apartarnos de ese espíritu de fidelidad, creemos que hemos sido capaces de prestar al texto, que muchas veces hemos retocado de arriba abajo, esa pátina, ese estilo cálido que exige toda obra definitiva".
Es posible que parte del embrujo consista, para tantos eruditos interesados en fijar la obra, en ser derrotados por la tentación de modificarla. En esta versión están los poemas que el tiempo aligeró de bochornos y muchos pasajes expanden con modestia la sensualidad de ediciones anteriores, aunque ya quedó anotado que las hay licenciosas como la de Mardrus, a la que habría que sumar la del explorador Richard Burton. Pero como quiera que se disfracen los detalles, sigue siendo incorregible la seducción de unas aventuras que sustituyen la causalidad por la magia en planos tan ingeniosos como desconcertantes.
El núcleo más relevante de la obra ha sido la secuencia de cuentos dentro de los cuentos, una cadena fatigosa que, en ocasiones, puede ser exasperante, y cada tanto arroja inesperados asombros. A siete siglos de distancia la parábola moral, omnipresente, puede resultar abrumadora, pero aun así no deja de ser vivo el encanto de un pueblo que nunca resiste la tentación de oír una historia y antes de preguntar al desconocido por su nombre, pregunta por lo que le ha ocurrido.
Palacios enterrados, genios poderosos como dioses y más tontos que los hombres, laberintos de enjoyada crueldad, mujeres invariablemente bellas y de un momento a otro, desnudas, raptadas, fieles o dispuestas a saltar a la cama de los esclavos negros apenas se alejan los maridos, han hallado en la fantasía un lugar de fecundo refugio.
Puede que la edición de Khawam sea definitiva o llegue el siglo que descubra que el autor no era chino sino indio y agregue o quite nuevos textos. En todo caso, expandirá la luz de este libro destinado a perpetuar su brillo como las estrellas extinguidas en el firmamento.
LAS MIL Y UNA NOCHES. Edición de René R. Khawam. Edhasa, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 1054 págs.
Carlos María Domínguez
Gioconda Belli 11 I Jorge Luis Borges 12 I Werner Herzog 6 I Ray Charles 8
Stephen King 9 I Andreï Makine 10 I Alejandro Zambra 5 I Cultura de masas 4
EN ESTE NÚMERO
Pedro Armendáriz en Las aventuras de Simbad (1963), sobre Las mil y una noches
René Khawam
NACIDO EN ALEPO, Siria, en 1917, hijo de padres cristianos, René Rizkallah Khawam emigró a Francia luego de la Segunda Guerra Mundial, donde se convirtió en un prestigioso arabista, notoriamente interesado en difundir textos clásicos de la literatura árabe y en matizar la imagen de una civilización mal conocida por el violento integrismo islámico.
A lo largo de los años realizó muchas traducciones de los manuscritos árabes que el Cardenal Richelieu hizo comprar a sus embajadores y quedaron conservados en la Biblioteca Nacional de Francia. Sus ediciones ganaron reconocimiento por hallarse libres de cualquier clase de censura y fueron publicadas en su mayoría por el sello editorial Phébus. Además de Las mil y una noches, tradujo El Corán, Las aventuras de Simbad el Marino, Las aventuras de Simbad el Terrestre, El libro de las argucias, El libro de los vagabundos y varias antologías de poesía y cuentos, entre otros libros.
En 1996 recibió el Gran Premio Nacional de las Letras de Francia en reconocimiento por el conjunto de su obra. Falleció el 22 de marzo de 2004, a los ochenta y seis años de edad.