ÁLVARO OJEDA
EL DESCONCIERTO es enorme. El estupor del hastiado asoma en una carta que el exitoso cantor Bing Crosby le escribe a su director de orquesta John Scott Trotter el 9 de septiembre de 1954. "John, yo ya no canto tan bien como lo hacía antes y, francamente, tengo la sensación de que esto va a empeorar. No veo ninguna razón para intentar exprimir lo que alguna vez fue bueno y ahora ya es solamente, en el mejor de los casos, correcto. Desconozco lo que ha motivado esta circunstancia, como no sea la apatía. Ya no me interesa cantar, ya no me seduce. Todas las canciones me suenan igual, y algunas de ellas me parecen chapuceras y triviales. Ya sé que, en los viejos tiempos, canté algunas canciones banales, pero me interesaba tanto cantar y estaba tan metido en el trabajo que no me importaba. No sé cómo diagnosticar esta situación, pero me parece que esta apatía, esta falta de deseo cuando tengo una sesión de grabación se convierte en nerviosismo y cansancio".
Bing Crosby ingresó al Hit Parade en 1943. Fue ganador del mismo entre 1944 y 1948 y en ese sitial se había reinstalado, en el aciago año 1954, con el tema "Navidad Blanca". La apatía como explicación resulta insuficiente. Suena a simple malestar estomacal.
Trenzas. La estrategia utilizada por el profesor de filosofía José Luis Pardo, autor del libro Esto no es música y recolector de cartas como la citada de Bing Crosby, consiste en componer un mosaico. Un mosaico tan abigarrado como la tapa del álbum Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, editado en 1967. A partir de esta carátula y de los variopintos personajes que en ella aparecen, y citando las letras de otros álbumes del cuarteto de Liverpool, los hilos se entrelazan desde aquel tiempo todavía vigente. Pudo ser un naufragio pero no lo es. Es una sabia receta homeopática de estética, cultura popular, alta cultura, historia, sociología y paradojas. En el capítulo titulado "No sueltas un felús", que significa algo así como "no largás un mango", Pardo hace una fabulosa definición de la clase media, la protagonista de este malestar finisecular que todavía acompaña los duelos y quebrantos de la cultura de masas.
"Clase media, como pequeña burguesía es uno de esos eufemismos que se han convertido con el tiempo en insultos de clase o (para decirlo una vez más con los términos de Pierre Bourdieu) en marcas de infamia. Más que designar a una franja determinada de la población, esta expresión es utilizada por la burguesía toute court para expulsar simbólicamente de su reino a quien, no estando a su altura (lo que vulgarmente se conoce como quiero-y-no-puedo), no quedan simplemente subsumidos en lo que Chesterton llamaba `la masa gris de los pobres`; los que revolucionarios y radicales la han utilizado casi siempre para señalar a los trabajadores desclasados o sin conciencia y a los traidores a la revolución que se alían con explotadores; las aristocracias intelectuales se refieren mediante ella, infamemente, a la mayoría culpable del éxito de los fascismos o a la masa mediocre en la cultura mercantilizada y degradada; y, en fin, casi todo el mundo echa mano de esta locución para humillar a quienes estúpidamente se complacen en su propia servidumbre".
Pero resulta que esta infame clase media se adueña de la cultura. Los Beatles, jóvenes del suburbio industrial, hijos del estado de bienestar laborista inglés, representan lo mejor y lo peor de este mundo avasallante. Y con ellos la tapa de su disco emblemático. El cambalache -y la letra homónima, citada por Pardo- de la carátula obliga a contar la historia de los que, incluidos en ella, se adecuan al diagnóstico del autor. A beneficio de inventario: Simón Rodia, un creador de arquitecturas construidas con los desechos de la sociedad de consumo; Luigi Lucheni, el asesino de la emperatriz Sissi; Oscar Wilde, el difamado mártir de la moral burguesa; Chaplin, Lewis Carroll, Johnny Weissmuller y un largo, larguísimo etcétera siempre atractivo, siempre adecuado, siempre necesario. De todas maneras, cuando los Beatles le comunicaron a la diva y "come-hombres" Mae West que iba a engalanar la tapa con su robusta figura, su respuesta fue memorable: "Qué pintaría yo en un club de corazones solitarios".
Los victoriosos muchos. Pardo necesita, para organizar lo ingobernable, un guía. El guía es Platón. En la relectura de su concepto de praxis como máxima expresión del saber humano, los rostros pertenecientes a ese club de corazones solitarios se tornan más nítidos por el paradójico recurso de la ficción. La ficción entendida como narración de una vida de sobresaltos oscurecidos por el prejuicio de la sociedad premoderna hasta que el mundo estallara en el descontrol democratizador de Occidente. Como ocurre con los medicamentos, los efectos secundarios del progreso pueden ser insospechados y paradójicos. La Biblia y el calefón. Así la creación, la poiesis platónica en la interpretación de Pardo, es una mera repetición de cadenas seriadas de producción. El que fabrica la flauta posee una parte del conocimiento pero no atesora la suma del mismo que asoma en la ejecución del flautista, el práctico que logra arrancar la belleza del artefacto. La cosa se complica cuando este criterio se aplica a la bondad, a la búsqueda de la verdad o a la definición de la belleza. El triángulo se vuelve fatídico y en la segunda década del siglo XX crece y se amplifica hasta mezclarse con el utilitarismo de la construcción de un rascacielos o en la actividad de un héroe portador de valores morales, que se llama Superman y que para peor tiene una doble vida y ni siquiera es humano. El mundo actual habita en una caverna de descontroles inerciales e imprevisibles.
Huérfanos. Una de las ilustraciones más ominosas del libro reproduce el orfanato del Ejército de Salvación, popularizado en la canción de John Lennon, "Strawberry Fields Forever". José Luis Pardo encuentra en ella una nueva alusión al eterno desconcierto humano: "Déjame llevarte allá/ porque voy a los campos de fresa/ nada es real y no hay nada para perder el tiempo/ campos de fresa para siempre/ vivir con los ojos cerrados es fácil/ entendiendo mal todo lo que se ve."
La solución remite al engaño y al encierro. Como cierta actitud humana que el autor define magistralmente en una suerte de diálogo con la historia de la filosofía, y con la síntesis que Lennon había fijado para siempre en su poema de narcosis misericordiosa, de vuelta a la infancia. "Si la modernidad se define por lo que Hegel, Marx y Nietzsche -es verdad que cada uno de ellos a su especialísima manera- habían descrito como `la muerte de Dios`, esta situación no resulta sorprendente: como hemos sugerido, ya en las épocas premodernas el antiguo `bien` de Platón (lo que en ningún caso puede ser cosa o entidad alguna, lo que no tiene comparación posible, etcétera) quedó confundido con esa cosa o entidad suprema que los teólogos de las religiones monoteístas llamaban Dios, por lo cual no resulta nada extraño que los modernos, en la medida en que estuvieran sometidos a la misma confusión, `al matar a Dios` (acción que, en cierto modo constituye el timbre de gloria del hombre moderno) hayan matado también, aunque sea por equivocación, al `bien`, es decir, a aquello que, por ser la condición incondicional a la cual todo lo demás está sometido, es lo único que puede poner fin a la producción y asignarle un valor para la dignidad y la felicidad de los hombres".
La portada del libro de Pardo resulta tan abigarrada como la del álbum de los Beatles. Presenta una fotografía de Coney Island en el verano de 1940. En el centro de la multitud, un asiático, encaramado sobre otro, desarrolla una suerte de saludo, con algo de artes marciales y baile beat. Un niño trepado a los hombros de un adulto lo observa admirado por el acto acrobático. A los pocos meses Pearl Harbor borró esa algarabía veraniega y el mundo retornó a la caverna del relato para dar otro salto al vacío.
ESTO NO ES MÚSICA. Introducción al malestar en la cultura de masas, de José Luis Pardo. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. Distribuye Sudamericana. 492 págs. Aun no disponible en Uruguay.