FERNANDO GARCÍA, desde Buenos Aires
ESTA LOCURA es incandescente, artística, la he visto antes en un plató. Pero esta locura es en realidad contra la misma civilización; la que echó a Thoreau de Walden y arrojó a Muir a la naturaleza salvaje". Estas palabras que Werner Herzog usa (con la profundidad expresionista que le otorga su áspera entonación del inglés) en el documental Grizzly Man bien pueden servir para introducir su última película, exhibida en el marco del décimo Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI). Encounters at the End of the World (Encuentros en el fin del mundo) también nace de un encargo del Discovery Channel, que en manos del realizador de Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982) se vuelve definitivamente otra cosa. Noventa y nueve minutos después, cuando las luces de la sala vuelvan a encenderse, se tendrá la perspectiva de haber viajado a la Antártida guiado por este explorador tenaz para descubrir no tanto los límites del planeta sino, sobre todo, los del hombre.
Apenas iniciado el film, por boca del mismo Herzog se sabe que su interés por el continente helado nace a partir de las fotografías de su amigo Henry Kaiser, quien volvió del Polo Sur con unas imágenes submarinas cuya abstracción lírica sólo podrían homologarse al sueño más afiebrado de Kandinsky. Sin embargo, Herzog ha encarado esta tarea con una advertencia para los gerentes de Discovery que extiende a la platea: "No esperen otro film sobre pingüinos".
Pero los pingüinos están. En una de las escenas más absurdas (el absurdo es una condición molecular de esta aventura), Herzog, fuera de cámara, ausculta la mente de un especialista en pingüinos que lleva más de quince años trabajando con los pájaros. Si bien le han advertido sobre el mutismo del científico, la primera pregunta del alemán, con esa teatralidad grave tan suya, es: "¿Pueden darse episodios de homosexualidad entre los pingüinos?". Tras casi diez segundos de silencio, la respuesta es un lacónico: "Lo dudo".
locura blanca. Lo que Herzog encuentra en la Antártida es un casting de disidentes y desertores que viven camuflados en la aventura científica de la base estadounidense Mc Murdo, la estación antártica más grande del continente, edificada sobre la roca volcánica de la península Hut Point, en la isla de Ross. La concentración del realizador sobre la actividad humana en un lugar básicamente inhumano hace que su rareza alienígena (que cualquier documentalista profesional habría captado) rivalice con las desmesuras de la troupe de científicos y colaboradores.
Desde el vamos, Herzog anuncia que está filmando una empresa de locos. Le importa mostrar el trabajo solitario de los biólogos que descubren tres nuevas especies de bacterias tanto como mostrar el festejo posterior: dos investigadores-guitarristas dando un pésimo recital de rock en el techo de uno de los asentamientos científicos. Está tan pendiente de revelar los secretos de la peligrosa grieta volcánica de la isla de Ross como de la máquina de helados (hechos con nieve antártica) de la cafetería de Mc Murdo. A cámara, uno de los empleados asegura que no recomienda visitar el lugar los días en los que la máquina se descompone y a los habitués antárticos les entra la furia. Como las bacterias, este es un tipo de lazo social jamás catalogado, desconocido para el resto del planeta.
De a una, Herzog irá quitando las vendas de las momias de Mc Murdo. El que maneja la grúa de remolque es un ex banquero de Colorado que se hartó del resto del mundo. Hay un plomero que se dice descendiente de la realeza azteca y una investigadora que asegura haber viajado de Londres a Nairobi en un camión de basura. Habrá que creerle cuando Herzog suma a su rodaje la grabación de un concurso de habilidades en el que la mujer es capaz de introducir su cuerpo en un bolso de mano. El concurso no es material de archivo de la TV sino que sucede, cada tanto, en Mc Murdo, la estación antártica más grande del mundo.
Como en Grizzly Man, y aún más en este caso, la voz en off de Herzog es omnipresente. Sus apreciaciones e introducciones van puntuando el ritmo de la película hasta volverse una huella estética. El espectador quiere ver qué hay más allá, en los arrabales de Mc Murdo, pero también se le hace imperioso escucharlo de voz del director (y no es casual que Herzog firme "director/narrador" en los créditos de la película). Así, Herzog tuerce el espectáculo del cine hacia los confines invisibles de la radio o la experiencia híbrida del audio libro.
osos peligrosos. En rigor, a estos documentales de Herzog habría que ponerlos en la categoría de ensayos. Textos donde el autor establece una práctica de prueba, de salto al vacío sobre el objeto, sea este un psicótico amante de los osos (el malogrado Timothy Treadwell de Grizzly Man) o la compleja población antártica de Mc Murdo. Al parecer, el tema de estos ensayos es el límite de la civilización. No le interesa tanto la vocación ecologista de Treadwell como su decisión extrema de hacerse uno con los osos más peligrosos del mundo. Del mismo modo, los avances científicos de Mc Murdo quedan al mismo nivel que los pliegues profundos de esa pequeña sociedad de probeta. Treadwell y los habitantes de Mc Murdo desearían, valga el dicho popular, borrarse del mapa. Herzog los rescata, los documenta, en el transcurso de esa acción límite.
Con material de archivo, el film compone en paralelo una historia de la épica antártica que rastrea a las expediciones pioneras de Amundsen, Shackleton y Scott a principios del siglo XX. Sobre estas imágenes se arma un relato subjetivo en el que impugna el espíritu de los conquistadores por su afán de ser los primeros. Por buscar, antes que nada, la gloria personal. Herzog ve en estas expediciones el comienzo de una era de la estupidez signada por la carrera loca del Libro Guinness de los Records.
Con su brillante radiografía del hombre moderno antártico, el alemán se ha convertido en el primer director de cine que rodó en todos los continentes de la tierra. Tras haber creado una filmografía de las fronteras de la sociabilidad esta película parece ponerlo en el límite de los límites. La pregunta es dónde filmar ahora.
Herzog ha demostrado ser un artista de la locación. Alguien que fue capaz de arrastrar a todo un equipo de trabajo a las profundidades de la selva amazónica (Aguirre, Fitzcarraldo) para trasladar la incomodidad a la misma esencia de las películas. Alguna vez dijo que si se involucraba en estos procedimientos tortuosos era porque su cine requería del "vudú de la locación". Actores, directores, técnicos y hasta la misma película podrían así absorber algo del lugar donde era filmada.
Con los documentales puede suceder a la inversa: es de esperar que los lugares, las locaciones, absorban algo del maltrato ejemplar de Herzog. Con lo cual no sería desatinado que el próximo proyecto de Discovery ponga al director fuera de los límites de la atmósfera.