Roberto Appratto
LA APARICIÓN de Historia de la Fealdad de Umberto Eco, tres años después de su Historia de la belleza, es un acontecimiento bibliográfico relevante. Ambos libros, y especialmente por llevar la firma de Eco, prometen una totalidad estética bien documentada, completa y sin fisuras. No alcanzaría con hablar de belleza, es necesario agregar la fealdad como su complemento, o como su opuesto, y además plantearlo como una historia. Dos conceptos (belleza y fealdad) que no podrían ser "historiados" en sí mismos, lo son en sus manifestaciones, y desde ahí, en sus variaciones y en las maneras de verlos. Por otra parte, Eco es una garantía de esa totalidad: más de cuatro décadas dedicadas al arte en sus distintas formas, y más exactamente a la invención de un modo de estudiar los signos que traslada lo académico a lo (casi) popular, lo convierten en un referente, ya añoso pero aún respetable.
En primer lugar lo que plantean estos dos libros, puestos uno al lado del otro, es la posibilidad de entender belleza y fealdad como conceptos en sí mismos, y como partes de un supuesto todo de la estética universal. Son dos libros que pueden considerarse objetos de lujo: más de 400 páginas cada uno con muchas láminas de cuadros famosos -y no tanto- y textos de escritores, filósofos y observadores de cada período considerado. Entender belleza tal y como lo propone Eco es pasar de la abstracción de los conceptos a la relatividad concreta de sus manifestaciones: para eso estructura los dos libros de la misma forma, como para sujetar las nociones a las diferentes maneras de verlos y expresarlos a través de la historia. De la historia del arte occidental: lo que aparece allí empieza en la Antigüedad griega pasa por la latina, la Edad Media, el Renacimiento, el Romanticismo, y llega al siglo XXI pero sin abarcar el resto del mundo (lo árabe, lo oriental, por no mencionar lo Hispanoamericano). Es Europa, Estados Unidos y aquello de Latinoamérica que se considera digno de integrar un modelo estético "universal": Frida Kahlo, por ejemplo.
Los libros, salvadas esas ausencias, cumplen con su pretensión enciclopédica sin dejar de lado ninguna etapa histórica, ninguna formulación de los temas "belleza" y "fealdad" tal como pueden, tal vez, ya conocerse. La diferencia respecto de otros libros ensayísticos de Eco está en el espacio del que dispone para desplegar conocimientos y probarlos mediante láminas y comentarios.
ORDENAR Y DIRIGIR. Cada capítulo de ambos libros sigue un criterio diacrónico, pero también temático: justifica, por ejemplo, una modulación del tema de la belleza en los siglos XV y XVI y le dedica un tiempo si lo considera pertinente. Ese "tiempo" consiste en una introducción, casi siempre breve, escrita por él, en la que expone las características del tema o del subtema y sus posibles derivaciones; sigue con láminas y textos de época, que se alternan con lo que falta de la introducción, y termina el capítulo con una idea cabal del asunto en cuestión.
Él mismo llama, en más de una ocasión, "antología" a la recolección de los textos incluidos para ejemplificar y comentar; da la impresión de que se aparta un poco para dejarlos hablar, junto con las láminas de un modo explícito. O sea que la tarea de Eco consiste en ordenar el material, dirigir la mirada sobre el panorama histórico. Rubens, Botticelli, Bosch, Monet, Turner, Dalí, Da Vinci, Durero y otros aparecen muchas veces en los dos tomos para visualizar los conceptos, como ayudas para presentar o completar las ideas formuladas verbalmente. A su vez, los comentarios (Platón, Aristóteles, Schelling, Kant, Hegel, Rousseau, Diderot, Burke, por citar sólo algunos) sirven para atestiguar la visión epocal de cada matiz de un tema, o para presentarlo como algo original desde la época en que fueron emitidos. En ese sentido, la estructura, el ritmo de la relación entre los componentes verbales y visuales es, por momentos, fascinante, y contribuye al atractivo de la empresa.
El lector obtiene mucha información, que puede plantearse a varios niveles. Por un lado, por lo que dice Eco en cada capítulo: marca el tema, que es el resultado de un razonamiento previo, avalado por lo que la cultura general determina y por lo que él mismo ha investigado a lo largo de los años. Son partes de una sistematización que procede puntualmente, por estratificación de conceptos, por la marcación de divisiones y de matices dentro de un todo. Por otro lado, ya sea que el lector conozca el tema a medias o no lo conozca, aporta nuevos datos por medio de los testimonios de escritores y sobre todo de los cuadros que se exponen como evidencias. Nada impide que también valgan por sí mismos, es decir, se luzcan como información adicional. Además, por supuesto, la estructura y las introducciones de Eco sirven para insertar las nociones de belleza y fealdad en un cuadro histórico y social: lo que pasa, lo que va pasando con la apreciación estética y ética de lo bello y lo feo es explicado en relación con los cambios en las estructuras de la sociedad y del mundo que hacen posibles esos juicios o responden a ellos.
Todo esto adquiere un valor pedagógico: estos libros en última instancia sirven para dar clase, para mostrar y hacer agradable la información. Pero eso es posible porque, a su vez, lo que prevalece es una actitud didáctica, tal vez la que más se nota en las últimas publicaciones de Eco. Aquí trata de demostrar y explicar de un modo agradable, comprensible, coherente y sin fisuras. Eco desarrolla sus ideas y cumple con la cultura, incluso en dos registros diferentes: el del juicio de valor y el de la estética.
VELOCIDAD Y FRIVOLIDAD. Tal vez puedan marcarse algunas objeciones a ese cumplimiento. Por ejemplo las explicaciones, y el estilo en que las expone, conducen a veces a conclusiones simples. Valga como ejemplo este fragmento de la Historia de la fealdad: "De ahí la prudencia con que debemos disponernos a seguir esta historia de la fealdad (....) Considerando en cada ocasión si, y hasta qué punto, tenían razón las brujas que en el primer acto de Macbeth gritan: `Lo bello es feo y lo feo es bello`" (pág. 20). O este de Historia de la belleza: "No es casual que para Hegel el romanticismo arranque (...) de Shakespeare, asociándose al prototipo del héroe pálido y triste, Hamlet, simbolizado por el maestro reconocido de los románticos" (pág. 314).
Por otra parte, el modo divulgativo de Eco, y más en un formato amplio como el de estos libros, se presta a la expansión y a la redundancia, a la evolución y a la repetición de conceptos casi en los mismos términos. El hecho de que utilice documentos valiosos como los testimonios de Edmund Burke, de Rosencrantz o de Schiller, no disimula el procedimiento ni la actitud.
Tampoco el esfuerzo docente oculta la velocidad con que trata algunos temas en esas introducciones; en poco espacio, el que se concede para dejarle más a los textos y a las pinturas, enlaza un asunto con otro, saca conclusiones que preparan el terreno para el ítem siguiente, y muchas veces hace pensar si no habría sido necesario profundizar más, o tal vez no apoyarse siempre en los puntos fuertes de una manera académica de razonar. Como ejemplo de velocidad: "No menos horripilantes son otras páginas narrativas, algunas en cambio destinadas a condenar la crueldad del mundo, como en Conrad (que inspiró los horrores de una película como Apocalipsis Now), en Orwell, (...) o en Kafka, que nos habla de una violencia metafísica que está siempre presente" (pág. 227, Historia de la Fealdad). Otro ejemplo: "Los medios proponen de nuevo una iconografía decimonónica, el realismo fabuloso, la exuberancia de Mae West y la gracia anoréxica de las últimas modelos, la belleza negra de Naomi Campbell y la nórdica de Claudia Schiffer, la gracia del claqué tradicional de A Chorus Line y las arquitecturas futuristas y gélidas de Blade Runner..." (pág. 428, Historia de la Belleza). El autor no opta por complicar sino por exponer, sin errores, desde un criterio irreprochable, lo que se sabe de belleza y fealdad: "lo que se sabe" es un capital cultural que él mismo ha ayudado a construir.
Es cierto que el plan de los libros supone, como siempre en Eco, un gesto de ingenio, el que le permite no ser, al menos del todo, académico: ese gesto es el de insinuar, paralelamente al rastreo histórico de las nociones, una aproximación entre criterio estético y gusto. Por ejemplo, preguntarse si lo bello puede equipararse a lo bueno, o a la inversa. Pero, sólo lo insinúa. Cuando a partir del Romanticismo, la incorporación de motivos fuera del canon de las proporciones, incluso fuera del criterio de la gracia, se convierte en una posibilidad mayor del arte (no ya una cuestión de estilo, sino una decisión expresiva) los parámetros de evaluación se confunden e intercambian. Eco pasa, en ambos libros, a registrar los sucesivos estados de ese relativismo, pero sin pronunciarse.
Es que, en definitiva, éstos no son libros de teoría sino "de registro", de lo que la historia del arte ofrece como modos de expresión de cada época, a la luz de planteos provenientes de la literatura o la filosofía. Además, son la belleza y la fealdad tal como las muestran exclusivamente las artes visuales. Como si se considerara que sólo la pintura y, en menor grado la escultura, los únicos exponentes de lo bello y lo feo. Pero no se oye (no hay referencias a la música) ni se lee (tampoco a la literatura).
A su vez, no es una obra teórica porque, entre otros puntos, no se cuestiona la asignación de cualidades a esos documentos presentados; se explica el criterio, incluso se desarrolla pero se los deja en sus lugares históricos sin tocarlos, como en los casos de lo siniestro, lo sublime y lo epifánico, que ocupan más espacio que otras nociones. Por otra parte, si la particularidad del enfoque de Eco consistió en partir de belleza y fealdad como criterios de gusto primitivos, casi infantiles, pre estéticos, para confrontarlos con el arte tal como puede ser apreciado en nuestros días, la misma actitud de registro no lo permite.
Ningún libro de Eco de los últimos tiempos es teórico. Dice "lo que se puede decir" y "lo que se ha dicho". Si bien eso es satisfactorio si se tiene en cuenta la información (general) y el placer (indudable) que proporciona, también es débil, porque no hay pensamiento crítico. Algo necesario frente al universo estético tan amplio que pretende abarcar.
Eco conduce la lectura de ambos libros a la manera de un narrador omnisciente que conociera la historia de antemano y no dejara lugar a la especulación: como si dijera todo el tiempo, que "eso debe verse así". Y el "así" responde a un criterio con el cual no se discute. Frente a la belleza de la presentación, por momentos abrumadora, el lector no puede más que abandonarse, sin cuestionar, a las derivaciones del pensamiento de Eco, y llegar con él a la relatividad ética y estética de fealdad y belleza: eso es algo que, probablemente, ya supiera antes de leer estos libros, pero el viaje, si se espera algo agradable, vale la pena; si se espera otra cosa, no.
Estos libros podrían haber incluido un enfoque teórico que inscribiera belleza y fealdad en el terreno estético, y se preguntara el por qué de los juicios de valor, qué razones hay para cada instancia de ese criterio general del gusto. O que saliera del "registro" para proponer, con otra postura crítica, otra manera de entender el problema, y para ello fuera más allá de la pintura. Pero no se puede exigir a un autor lo que no quiere dar.
HISTORIA DE LA BELLEZA, a cargo de Umberto Eco. Lumen, Barcelona, 2006. Distribuye Sudamericana. 438 págs.
HISTORIA DE LA FEALDAD, a cargo de Umberto Eco. Lumen, Barcelona, 2007. Distribuye Sudamericana. 454 págs.