Álvaro Buela
HAY INSTANCIAS que esperan toda una vida el momento de volverse Imagen. Hasta entonces han sido ensoñaciones, quimeras, monstruos de la imaginación. Han sido alimentadas con rabia y dedicación. Han crecido en las tinieblas de forma desmesurada, inevitable, es decir, humana. Han tratado, en fin, de lidiar con el horror. Para Andrzej Wajda, esa Imagen mítica, ese horror perdurable, consiste en el preciso momento en que el cuerpo exangüe de un hombre polaco está siendo enterrado por un camión bulldozer y, por unos instantes, su mano queda en la superficie sosteniendo un rosario.
Recién a los 80 años -después de haber cimentado durante medio siglo una obra enraizada en la Polonia profunda, por un lado, y en el costado incómodo del "realismo socialista", por otro- Wajda pudo filmar su Imagen y cerrar con ella Katyn, una reconstrucción de los hechos ocurridos en 1940.
Junto a ese rosario, a esa mano y a ese hombre (que bien pudo haber sido el padre de Wajda) hay otros miles de cadáveres siendo sepultados en una tumba colectiva y anónima, ubicada en medio de un bosque inmenso, y también que quienes ejecutan la masacre son soldados soviéticos. Pero la película difiere la secuencia del magnicidio durante las casi dos horas de su metraje. Prefiere, en cambio, construir una épica fragmentada que, básicamente, oscila entre los últimos días de las víctimas y, en especial, la desesperación más o menos resignada de sus familiares, casi todas mujeres: esposas, hermanas, hijas, amantes potenciales.
Poco a poco, por vías tangenciales, estos personajes -y el espectador- van recibiendo noticias del destino trágico de aquellos hombres, exponentes de la intelectualidad y las jerarquías militares polacas, mientras deben aceptar en silencio la grotesca mentira del nuevo gobierno socialista, que adjudica la masacre a los nazis. Aunque Wajda y sus guionistas se basaron en la novela Post Mortem, de Andrzej Mularczyk, y en otras fuentes directas (diarios, testimonios, entrevistas), el director estaba interpelado por su propia biografía, por los recuerdos del adolescente que él era en 1940, por el padre sacrificado, por la madre desolada. Y por la Imagen.
ELABORACIóN DEL TRAUMA. Podría decirse que esa manifestación de martirologio católico que cierra Katyn había sido expresada previamente en distintos momentos de su obra, tanto en recreaciones de la Segunda Guerra (Cenizas y diamantes, La patrulla de la muerte, Paisaje después de la batalla) como en interrogaciones al momento político contemporáneo (Sin anestesia, El hombre de mármol, El hombre de hierro). Tal vez por esa sucesiva elaboración artística del trauma personal; tal vez por la porfiada necesidad de recurrir al rodeo expresivo y a la furiosa metáfora, al momento en que a Wajda le toca, por fin, apresar el instante en todo su horror, mirar y filmar la Imagen, lo hace de un modo curiosamente distanciado, incluso impersonal.
Varias declaraciones lo mostraban impulsado por una misión didáctica, orientada a ilustrar a las nuevas generaciones sobre un genocidio poco conocido y tergiversado. En ese plano, Katyn ha cumplido su propósito, como también lo hubiera hecho un informe del History Channel con mucho menos presupuesto. Es en el nivel dramático donde la película -y Wajda con ella- se traiciona a sí misma al buscar una transacción nunca obtenida entre el didactismo, el espectáculo y la retórica nacionalista.
Una escena paradigmática: en una cárcel que los soviéticos han improvisado en una iglesia, el capitán polaco reúne a los presos y les habla con un talante de prócer consciente de la posteridad. "Sin ustedes Polonia no será libre", dice a la muchedumbre silenciosa, envuelta por la fotografía en una satinada estilización. Montada en una enorme grúa, la cámara registra la escena con un movimiento pausado y solemne, que comienza en el capitán y sube hasta las alturas para captar en plano cenital el momento en que se exterioriza la emoción patriótica y todos entonan el himno polaco.
La escena pretende inocular en el espectador la certeza de asistir a un acontecimiento sublime. Lo que obtiene a cambio es una impostura falsamente heroica, una contradicción flagrante entre el pathos del momento y el rancio estereotipo de su representación. De ese modo, la intención didáctica se envilece y se atrofia en una operación propagandística a la manera de los Via Crucis filmados por Hollywood.
La comparación no es en vano: la mayoría de los recursos a los que Wajda echa mano, desde la construcción melodramática de los personajes femeninos al diseño aparatoso de las escenas de masas, remite al código estético-emocional institucionalizado por la industria del cine, lo cual supone un maridaje por lo menos extraño: la más nacionalista de las películas del más polaco de los cineastas ya fue filmada antes (y mejor) por Cecil B. de Mille, por Raoul Walsh y por Steven Spielberg. No es casual que Katyn haya sido nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera.
ILUSTRADOR OFICIAL DEL PASADO. Paralelamente a su militancia en Solidaridad, desde principios de los años 80 Wajda se dejó tentar por las recreaciones históricas de grandes presupuestos, asumiendo el lugar simbólico de ilustrador oficial del pasado europeo. Como si el cargo político hubiera devorado al artista, su cine se tornó académico y declamatorio, y con frecuencia el material ha quedaba aplastado por su propia elefantiasis (Danton) o vaciado de energía dramática (Un amor en Alemania).
Lo que ocurre con Katyn es de otro orden, aunque adjudicable a la misma tendencia. El film se carga, a priori, de connotaciones y cálculos -para el caso: el sobreviviente que, por una vez y para siempre, dice la Verdad- que, supuestamente, lo validan más allá del resultado e invisten al autor de un aura incontestable: maestro, historiador, intelectual, sacerdote, patriota, político. Wajda asume todos esos roles con la impunidad que sabe que tiene, pero al momento de tomar decisiones como director se refugia en una caligrafía prestada, en un espectáculo inerte y en un nacionalismo que será muy didáctico para las nuevas generaciones, pero que como cine es noticia vieja.