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Sin ómnibus

LAS NOVELAS históricas generalmente me aburren; algunas, incluso, me fastidian: leo esperando que, en cualquier momento, por atrás del general romano o el sacerdote egipcio, aparezca un ómnibus de la CUTCSA. Y generalmente aparece, para aburrirme y fastidiarme. Hombre a la orilla del mundo de Milton Schinca es una novela histórica. ¿Entonces? No sé. La leí como a una novela a secas, sin que en ningún momento me asaltara el miedo a los ómnibus.

Un anciano que fue un "guerrero" y un "gobernante", exiliado en un país tropical, le escribe a un amigo lo que le pasa, lo poco que le pasa, casi nada aparentemente, desde su obligatoria soledad de hombre "peligroso". Ese anciano, tal vez Artigas, tal vez "Artigas" en uno de esos mundos paralelos de la ciencia ficción, tal vez en Paraguay, tal vez en un "Paraguay" paralelo, está "a la orilla del mundo", mirando la frontera entre la vida y la muerte. Pero su vejez (ya en el inicio es conmovedor el episodio en que el anciano se descubre incapaz de montar su caballo) no lo hunde en la amargura o la negación. Al contrario: cada día está más vivo, más abierto a las bondades y bellezas, a menudo avaras, de cuanto lo rodea: el trato con los vecinos, los encantos del paisaje, los objetos de uso cotidiano, la simple y feliz posibilidad de cartearse con un amigo lejano y muy poco más.

Lo extraño del caso es que Schinca, valiéndose de una voz que viaja de las claudicaciones de la vejez a un siempre inclaudicable amor a la vida, consigue redondear a un protagonista tan entrañable como verosímil. No importa si el Artigas histórico fue así o distinto; lo esencial es que Schinca nos da un personaje en el que creemos y al que queremos. Y aquí juega la ternura de Schinca, esa ternura viril del viejo león, indesmentible, inconsciente como debe ser, emocionante. Porque si la emoción, la profundidad emocional, es el objetivo de la literatura, esta novela es una clase para todos los escritores.

Dirán ustedes que Schinca es mi amigo; pero su ternura yo no la tengo y si hablo de su única novela es porque, amistad a un lado, cada vez que leo a este Hombre… me conmueve profundamente. Les propongo eso: conmoverse; ya sé que no está de moda, está de moda lo contrario, pero no olvidemos que para recordarnos las antiguas costumbres están los venerables Ancianos de la Tribu.

Felipe Polleri

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