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Las batallas de Wellington
Un destino casi arrabalero

LOS INGLESES son gente extraña; y su general un hombre magnífico. Llegaron por la mañana, observaron la muralla, pasaron por encima de ella, mataron a la guardia y regresaron a desayunar. ¿Qué cosa podría detenerlos?". El cronista es un oficial indio derrotado. Los extraños y bien desayunados ingleses se encuentran en campaña en el centro de la India, defendiendo a la Corona y a la Compañía de las Indias Orientales, que no son lo mismo pero sólo en apariencia. El año que corre es 1803. El "hombre magnífico" se llamaba Arthur Wesley pero ha decidido utilizar el apellido Wellesley, más apropiado con sus raíces en la baja nobleza de Irlanda. Es corpulento, conquistador apasionado de damas casadas y territorios, ilustrado, gran jinete, políglota. Ha comprado su cargo de coronel y su destino militar, como todos los oficiales británicos de la época, y ha sido ascendido a general poco tiempo antes de la batalla de Assaye en donde toma una fortaleza y vence al ejército de la Confederación Maratha que duplica o triplica en número al ejército cipayo que comanda. Será llamado en breve "el Duque de Hierro" y su estatua todavía proyecta una sombra ciclópea desde la catedral de Saint Paul en Londres a los turistas que registran con sus celulares un pasado abolido.

Del suburbio. Richard Holmes, el autor de esta biografía sobre Wellington, es inglés y nació en 1946. Fue el editor del magnífico The Oxford Companion to Military History entre otras obras de historia militar y ha colaborado en distintas series documentales de la BBC. Un peso pesado escribiendo sobre otro peso pesado: el vencedor de Napoleón en Waterloo. No obstante, la obra se encuentra lejos del panegírico personal y por momentos ingresa en una especie de teoría sobre el héroe, algo muy interesante. Holmes se confiesa admirador incondicional pero crítico de Wellington y rescata los trabajos padecidos por éste en su ascenso a la gloria. Wesley, luego Wellesley, luego Wellington, comparte con su gran derrotado, Napoleón, un destino casi arrabalero. Ambos nacieron en islas despreciadas, ambos tenían como segunda lengua la francesa, ambos carecían de contactos entre las clases dominantes, ambos se forjaron a sí mismos y ambos terminaron enfrentados en un duelo casi personal. Arthur nació en 1769 y el lugar de nacimiento tiene algo de disputa mítica. Según algunos vio la luz en el castillo de Dagan, según otros en el pueblo de Trim y según otros, los más alucinados, en un carruaje en un recodo del camino a Dublín e incluso en el mar, en un paquebote bamboleante. Todo un mérito. Según Holmes, Dagan ostenta cierta primacía. Un sitio oscuro para un niño vacilante y un adolescente timorato. Hijo de un músico miope, el tercero de seis hermanos, miembro de la minoría protestante en una Irlanda ocupada por los ingleses y abrumadoramente católica, fue un muchacho mediocre sin vislumbres de gloria.

Estudió en Eton y unos de sus primeros biógrafos escribió: "además de no lograr éxitos académicos, tampoco estableció ninguna relación íntima de amistad con ningún estudiante de su edad. Llevaba una auténtica vida solitaria. Una vida de soledad entre la multitud, pues solía pasear solo, bañarse solo, rara vez participaba de los partidos de criquet o en las carreras de traineras que entonces, como ahora, eran los deportes en boga entre la población estudiantil de Eton".

Este muchacho que dejaba perpleja a su madre por carecer de talento se transformará en la garantía de que la Revolución Industrial fuera inglesa.

Portugal, España. Antes de vencer en la India y cuando apenas era un ignoto oficial de caballería, dirige con rigor y método una retirada en Flandes. Allí conoce a los franceses, los admira, pero advierte sus debilidades. En Londres es todavía un desconocido. Acepta el cargo de gobernador de Irlanda pero lo supedita a un mando militar futuro. Se casa en 1806 con Kitty Pakenham. La boda fue un error y Arthur lo confiesa: "Me casé con ella porque me pidió que lo hiciese y yo no me conocía. Pensé que no debería preocuparme de nadie y que tendría que estar con mi ejército y porque, en una palabra, era un estúpido".

La vocación militar sustituye a la política que, en rigor, nunca existió. Salva a su hermano Richard de ciertas denuncias sobre su actuación como gobernador de la India y continúa esperando un mando militar. El primer ministro Pitt lo hace su confidente. Son los tiempos de la tercera coalición contra Napoleón. En esta verdadera primera guerra mundial, Inglaterra domina el mar después de la batalla de Trafalgar en 1805, pero necesita eliminar cualquier flota que le permita a Francia invadirla. Pitt decide desembarcar en Dinamarca para controlar su flota y allá va Wellesley. Toma Copenhague con su maniobra típica: una combinación anfibia que le permite, al mantener el dominio del mar, salvar las líneas de abastecimiento del ejército. Recuerda la horrorosa indisciplina de los ejércitos ingleses librados al saqueo y se transforma en un estudioso de la logística, el arte del abastecimiento eficaz, para evitar que sean los civiles los que sufran los excesos de la soldadesca en busca de comida. Planifica desde el diseño de los barriles de agua hasta la higiene de la tropa: baño diario y limpieza del uniforme al menos una vez cada dos semanas. Manteniendo el orden es inflexible. Mata y flagela a los violadores. La campaña de Dinamarca es un ejemplo de corrección militar. Vuelve a Irlanda. Se halla estacionado en Cork con 9000 hombres con el objeto de apoyar un levantamiento en América del Sur cuando es destinado a Portugal, que solicita la ayuda inglesa porque ha sido invadido, vía España, por las tropas de Napoleón. Su conocimiento del catolicismo y su proverbial tolerancia hacia la población civil, lo hacen el general indicado para pelear en dos países que toman la guerra contra los franceses como una causa religiosa y nacional. Se acerca su hora más gloriosa.

Waterloo. "Aquella desafortunada guerra fue mi ruina". Son palabras de Napoleón al final de su vida, citadas por Holmes y se refieren a España. Las razones parecen de una actualidad abrumadora y dan cuenta de la torpeza cíclica de los imperios. Napoleón especifica: "Dividió mis recursos, me obligó a multiplicar esfuerzos y provocó que sacudiese mis principios. Destruyó mi poder moral sobre Europa, fue la causa de un embarazoso sonrojo y supuso la apertura de una escuela para los soldados ingleses".

En el centro de esa derrota, articulando ortodoxia militar con guerra de guerrillas, está Wellesley. Luego de vencer en cuatro batallas a los franceses en la Península Ibérica, y soportar maniobras políticas de sus enemigos en Londres, Wellesley, ahora Duque de Wellington, desde su victoria de Talavera en 1809, está listo para el asalto final.

Holmes pudo describir la minuciosa preparación de Wellington, su constante comunicación con los prusianos que a la postre lo salvaron, su permanente vitalidad. Holmes sabe hacerlo y lo hace. Pero hace algo más. Desnuda al hombre. Al que duerme dos horas bajo una lluvia torrencial en la madrugada anterior a la batalla mientras sus hombres improvisan refugios con los mosquetes, esenciales en la táctica de fuego de infantería, para un comandante que desconfía de los alardes de la caballería. Holmes advierte sobre la vanidad del general -ascendido luego de esta acción a Mariscal de Campo- que elige el nombre de Waterloo para bautizar su victoria, porque es más sonoro que el nombre del verdadero paraje en donde se desarrolló la acción armada. Y acierta, porque Wellington fue además de un general con sentido humanitario y moral infrecuente, un irlandés funcional al Imperio, un político conservador que aceptó las mieles de la gloria con complacencia.

Parece justo recordarlo por lo que dijo luego de Waterloo. "Nada, excepto una batalla perdida, puede ser la mitad de triste que una batalla ganada".

WELLINGTON, el Duque de Hierro, de Richard Holmes. Edhasa, Barcelona, 2006. Distribuye Océano. 380 págs.

Álvaro Ojeda

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