Viernes 20.06.2008, 20:42 hs. | Montevideo, Uruguay
 
INICIOCONTACTOMI PERFILPUBLICIDADEL PAIS MOVILEL PAIS LEIDOFAVORITOSPAG INICIO
BUSCAR
en
en internet
BUSCADOR AVANZADO
Cultural  | enviar nota |  | imprimir nota |  | agrandar texto |  | achicar texto |

Cuentos

Juan Capagorry

A VECES, ALGUNA de esas noches, me he dado vuelta a ver si tras de mí venía aquel perrito que se me dio una vez allá, en el Polonio. Llegué allí para estar tres días y terminé quedándome casi medio año. Pasado el primer, natural recelo con alguien que va quedándose, me hice de una linda relación con los naturales que, permanentes, afincados ahí, serán unos cuarenta.

Por las noches nos caíamos a los almacenes: lo de la Lilí, la Gladis o lo de el Zorro, pícaro como él solo pero que, al requerirle el por qué le decían así, contestaba que "será porque me llamo Juan". (Pero no era por eso). Ahí nos trenzábamos en largas truqueadas y le dábamos a la caña brasilera. Casi siempre los mismos: el Tocino Cabrera, Luis Calimaris (farero), el Mincho, el Tingue... ¡El Tingue! Se mamaba por lo menos dos veces por día pero sostenía "Yo no tomo por vicio, tomo por un costumbre".

Tenía un perro al que le había puesto de nombre "el Taxi" y que, cuando le entraba "el mal de la pata" lo llamaba al perrazo que se iba poniendo de tal modo que le evitaba las caídas. Un día le dió por irse solo y cayó cerquita del boliche nomás. Hubo que llevarlo entre dos a su ranchito.

Gente curiosa por allá, como el Perico que se la pasa haciendo construcciones que después de terminadas las echaba abajo y empezaba con otra. El Rubio que siempre anda corriendo y que tenía unos gallos que cantaban a cualquier hora; el Felpa de Baliza que siempre sueña con grandes negocios y que, por las fiestas de fin de año se emborrachaba y siempre se ligaba tremendas palizas. El Felpa que un día, viéndome nadar, me dijo que como ya casi era uno de ellos, no entendía cómo hacía eso porque, según entendía "la mar es para trabajar, no es para andar de juguete". Ahí se dice vamos a entrar a la mar no a salir como se entiende en otros lados.

Los almacenes tienen todos varias puertas para abrirlas según de qué lado sople el viento, ese viento que los primeros días, hasta no acostumbrarse trae pertinaz, constante, el aullido de los lobos en celo. Para el lado de Punta del Diablo está "el Bonito" cuidando un barco al que ya no le queda nada. Curioso lugar el Polonio, con un mar embravecido que revienta en las rocas con una fuerza que, según gente que conoce muchos mares, sólo ocurre ahí. Lugar de gente corrida de los campos, que aún conserva sus costumbres de ropa, caballo, pero que también realiza las tareas del mar, nostalgiando sus vidas en el campo. Gente "ternejal" como se dice al hombre que sabe hacer muchas cosas.

Y los días iban pasando y yo quedándome, mirando a los médanos inmensos cambiar de formas con los vientos, entrando a esa mar que da el pescado, que se sala y es de lo que vive la mayoría. Playiando en las madrugadas: como el Polonio parece ser una zona de alije, los barcos tiran cosas al mar, mucha madera que quien la ve primero la amontona en la costa y eso se respeta como suyo.

Un día, después de algún tiempo conseguí un asado. Hice el fuego y me dediqué a darme un placer que era bastante difícil ahí que no llegaba el carnicero. Cuando consideré que estaba a punto empecé a comer, y al levantar la vista veo un perrito, como sentado, observándome. Lindo el animal, blanco con manchitas negras. Estaba a una distancia prudente, no cerca de la carne. Le tiré un hueso pero ni lo miró, siguió midiéndome. "¡Mirá!" pienso para mí y le alcanzo un sabroso, jugoso pedazo, pero no parece tener intenciones de comerla. Mientras estoy ni la toca.

En la noche no recorremos los boliches, nos quedamos charlando con Luis Calimaris. Le he contado lo del perro y, ya noche cerrada, salimos. Cerca de la puerta se levanta una manchita blanca, y me dice Luis: -Ese perro se le dio-. Ahora ese perro es suyo.

En la mañana, temprano, siento en la ventana los arañazos del perro. Es él. Cuando salgo embarcado se queda mirando la barca, y yo perdiéndolo junto con la costa. Cuando volvemos veo el puntito blanco esperándome. Ni nombre le puse, lo nombraba "mi perro". Un día, así como decidí quedarme, pienso en volver, dejar el Polonio. Para ello tengo que esperar el Unimog de Palito y de ahí ir a Castillos para tomar el ómnibus que me devolverá a Montevideo. ¿Y el perro? Nos hemos hecho inseparables con él, va conmigo a todos lados. En Montevideo, adonde volveré, no puedo llevarlo. Se lo doy a un vecino para que se vaya acostumbrando, pero él retorna. Me han dicho de quedarme ahí, incluso me ofrecen trabajo. Dudo entre la decisión y lo miro al perrito, que me mira, seguramente sin saber lo que estoy pensando.

He pasado a despedirme de los vecinos, un gran abrazo con el Tingue, con Luis, con el Felpa que me regala un colmillo de lobo que, trabajado y pulido, es ahora una tortuga. En la mañana siento el ruido del Unimog y sé que me iré. Llevo al animal a lo del Rubio. Lo dejo ahí. Estoy triste de veras. Llega a levantarme el Unimog. Subo. Miro ese lugar donde he estado todo este tiempo. De pronto, sería por el ruido, el perro se ha escapado de lo de mi vecino y corre tras el camión. Como cuando entraba a la mar lo veo perderse en su carrera, es sólo un puntito blanco, corriendo tras el que lo abandonó.

A veces, alguna de esas noches me he dado vuelta buscando a aquel perrito que se me dio, una vez allá, en el Polonio. Espero verlo aparecer tras una esquina como si el esconderse fuera solamente un juego pero sé que no lo veré nunca, nunca más a aquella manchita blanca que se levantaba cuando yo salía de los almacenes, aquel animalito siguiéndome cuando yo entraba a la mar, esperándome, haciéndome fiestas cuando volvía a la costa. Y seguiré mirando, buscándolo al perrito amigo que una vez se me dio y que yo abandoné.

Una con un perro

El autor

NACIDO en Montevideo en 1934, pero afincado desde niño en Solís de Mataojo (Lavalleja), Juan Capagorry se radicó en Montevideo en 1963. Hizo periodismo, radio, televisión y teatro. Publicó En Hombres y oficios, Chau Consuelo, Chirolitas, A puro cuento y En el pueblo de Andaverlo. Sobre costumbres populares publicó El juego es cosa seria, y en ensayo Aquí se canta: canto popular 1977-1980 y La murga: antología y notas, en coautoría con N. Domínguez. Murió en Montevideo en 1997.

¿encontraste un error?


Otras Ediciones
TODAS2330613
volver arriba
ASISTENCIA AL USUARIO 903 1986
CLASIFICADOS 400 2141 - 131 | SHOPPING EL PAIS 903 1986
REDACCION IMPRESA 902 0115 | REDACCION DIGITAL 902 0115 int 440 | PUBLICIDAD IMPRESA 902 3061 | PUBLICIDAD DIGITAL 900 2338
Zelmar Michelini 1287, piso 4, CP.11100, Montevideo, Uruguay | Copyright © EL PAIS S.A. 1918-2009
Certifica Metric Medición de Tráfico Certifica.com
Powered by ANTELDATA Powered by ANTELDATA
Grupo de Diarios América Miembro de GDA, Grupo de Diarios de America