JULIO DEL 62 no es una fecha arbitraria en esta nueva novela de Ian McEwan, dedicada a narrar la noche de bodas de Edward y Florence, una pareja londinense de poco más de veinte años, virgen y lo bastante amedrentada para cometer una trama de errores que hoy resultan anacrónicos, pero entonces alentaban sólidas convenciones.
McEwan ha demostrado ser un excelente novelista, capaz de revelar por el tipo de sus personajes y el desarrollo de sus historias, las claves más expresivas de la época y los conflictos que se propone narrar. Aquí toma varios atajos e intercala resúmenes de la situación histórica, social y política en un tono casi periodístico, para justificar el escenario donde sus personajes deben ser comprendidos y compensar lo que su relato deja afuera. Si no decepciona es porque cuenta con un sólido tono literario los detalles más escabrosos de esa noche sobrecargada de exigencias, y penetra de un modo convincente en la psicología de una mujer frígida, abrumada por el deseo amoroso y el rechazo a la intimidad física. Lejos del sentido vulgar atribuido a la frigidez, McEwan construye un personaje complejo, empeñado en probarse que puede tolerar el miedo, el asco, su incomprensión del deseo sexual, para salvaguardar la ilusión de la pareja. No es que Florence carezca de sentimientos, desconozca la ternura o sea insensible a los estímulos eróticos. Lo que no consigue es organizarlos en un deseo propio y la ansiedad de su flamante esposo no la ayuda. Podría tratarse de una comedia, pero no lo es. Es un retrato de la intimidad forzada, cuando la vergüenza, el miedo y el ansia por alcanzar la libertad de la vida adulta dominaban las relaciones prematrimoniales.
Florence es concertista de violín, hija de una profesora de filosofía y un empresario. En cambio, Edward ha estudiado Historia y proviene de un hogar de clase media baja, desordenado por las secuelas psiquiátricas que un accidente dejó en su madre. Las historias familiares de ambos y su contraste, ocupan capítulos de escaso interés, sin pathos narrativo fuera de unas pocas secuencias. Toda la destreza y la audacia se halla concentrada en el tormento de la noche de bodas y en la verosimilitud de la salida de Florence a su conflicto: la idea de preservar un amor bello y limpio como una partitura, a salvo de los ripios y torpezas que, de modo inevitable, le acarrearía la intimidad.
Si la cultura cortesana inauguró la pasión galante, el romanticismo impregnó la vida amorosa de una intensidad tan minuciosa en sus encuentros y desvaríos, que hoy no cabe concebirla sin el deseo de los cuerpos. McEwan retrata esa posibilidad en la desesperación de su personaje, pero luego suma sugerentes desprecios por la liberación sexual de los años sesenta, con sus permisos a la promiscuidad, la insensatez y la dilapidación de energías mejor orientadas, como para ubicar al narrador en una línea ambigua que habilita la idoneidad de la opción de Florence: conservar el matrimonio y que Edward satisfaga sus necesidades sexuales con otras mujeres. El artificio de la novela funciona a modo de provocación conservadora, aguda, por su eficacia narrativa, inteligente, por su astucia descriptiva, y tramposa, por la presentación de una opción vetusta como "liberada y adelantada a su tiempo".
No es Chesil Beach una novela ambiciosa. No lo es al modo de Sábado o Expiación, que le dieron su mayor y merecida fama fuera de fronteras. Pero aunque su trama resulte acotada, coloca al lector frente a la complejidad, nunca del todo clara ni resuelta, de la vida erótica. En el 62, en el 2008, o en el tiempo bíblico e impreciso en que el erotismo separó al hombre del resto de las criaturas.
CHESIL BEACH, de Ian McEwan, Anagrama, Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 184 págs.