Mercedes Estramil
EN APARIENCIA, dos libros que no comparten nada, salvo el ser escritos por mujeres latinoamericanas de la misma generación y publicados por el mismo sello.
La nouvelle Nadie sabe adónde va la noche de la argentina Beatriz Vignoli (1965) y los nueve relatos de Vísperas de la brasileña Adriana Lunardi (1964) no tienen en común ni el tono ni el ritmo, ni la temática ni la perspectiva. Coinciden sí en una postura metaliteraria que la brasileña explora con emoción y técnica solvente y la argentina encara desde un rincón más descontracturado.
Beatriz Vignoli sitúa en el centro de su novela a un escritor ficticio con nombre de un escritor real, Ricardo Rojas. El verdadero Rojas (1882- 1957) fue el Alberto Zum Felde de las letras argentinas, un historiador literario incansable y totalizador. El narrador protagónico de Vignoli es un profesor universitario de literatura además de mediocre escritor con ínfulas de emular a Joyce.
Lunardi elige hablar de nueve escritoras: la consagrada Virginia Woolf, la sensitiva Colette, la siempre "esposa de" Francis Scott Fitzgerald (Zelda), la fashion y relegada Dorothy Parker, la inabordable Clarice Lispector, la suicida contumaz Sylvia Plath, la transgresora Katherine Mansfield, y dos brasileñas menos conocidas: Ana Cristina Cesar y Julia Da Costa.
DESPEDIDAS. La vida y la muerte de los escritores siempre han sido asuntos interesantes para otros escritores, no sólo a efectos de una simple o compleja biografía. Sus casas y tumbas son objeto de peregrinaje y hasta pueden pretextar un libro tan seductor como el que publicó el holandés Cees Nooteboom luego de recorrer los cementerios del mundo en busca de poetas y pensadores célebres enterrados en ellos (hay una edición carísima en Siruela, 2007). Adriana Lunardi en Vísperas es más modesta, ficcionaliza el último día de vida de algunas escritoras y el impacto que la muerte de otras pudo causar en algunos lectores.
El corpus que elige es trágico, sin vueltas. Hay tres suicidas: la poeta Ana Cristina Cesar (1952- 1983), que se lanzó al vacío desde el piso de sus padres en Rio de Janeiro a los 31 años; Virginia Woolf (1882- 1941) que se metió al río con piedras en el bolsillo; y Sylvia Plath (1932- 1963) que abrió la llave del gas a los 30 años dejando viudo por primera vez a Ted Hughes (la segunda vez lo dejarán viudo de la misma manera) y dejándole también la tarea no siempre cumplida de preservar y divulgar su escritura. Zelda Fitzgerald (1900- 1948) ya era la viuda de Francis Scott desde hacía ocho años, cuando murió atrapada en un incendio en el sanatorio psiquiátrico donde estaba internada. Dorothy Parker (1893- 1967), ganadora de un Premio O. Henry, periodista de The New Yorker e integrante de las famosas "listas negras" por su filiación izquierdista, también intentó suicidarse, pero su muerte ocurrió por un paro cardíaco. La neozelandesa Mansfield (1888- 1923) apenas tenía 34 años cuando murió de tuberculosis, dejando viudo al editor John Middleton Murry. También de enfermedad murió Clarice Lispector (1920- 1977) aunque mal informada, creía tener peritonitis y era cáncer. Sidonie Gabrielle Colette (1873- 1954), que había sobrevivido a un esposo infiel y usurpador de sus primeras novelas, murió en la paz del hogar a los 81 años. Julia Da Costa (1844- 1911) vivió un matrimonio arreglado con un anciano rico y un amor poco correspondido con un poeta joven, y el resultado fue una vida frívola y una vejez solitaria y enclaustrada agravada por la ceguera.
La mayoría de estas mujeres emergieron gracias a su escritura, pero también, enfermas (caso de Woolf y Plath) o no, sufrieron a causa de ella. Adriana Lunardi comunica la angustia que las rodeó y las acompañó hasta la muerte, respetando y releyendo el "estilo" de cada una. El último día de Virginia "Ginny" Woolf, preocupada por hacerlo todo a la perfección, está narrado con la determinación rigurosa y la emoción aséptica que brillaba en la autora de La Señora Dalloway y Orlando; así como el final de "Dottie" conversando con su perro tiene el tono filoso y autoirónico que Dorothy Parker nunca perdió.
Hacia Colette, enterrada con honores de Estado pero recordada en un registro menor, Lunardi guiña un ojo y la hace acompañar en su último día por uno de sus personajes, la Claudine de sus cuatro primeras novelas, señalando con ambigüedad esa extraña sobrevida de las criaturas de ficción. Son detalles como ese los que hacen crecer el libro de Lunardi. Como elegir para algunos relatos perspectivas exógenas capaces de confirmar que las escritoras siguen vivas en el recuerdo de los lectores y que pueden ayudar a vivir o a morir. Así, la tumba judía de Clarice Lispector es visitada por una adolescente en crisis que busca en la autora de Cerca del corazón salvaje un verdadero lazo de familia; un enfermo terminal con sida elige el recuerdo de la poeta Ana Cristina Cesar para morir acompañado; el día de su cumpleaños en 1963 un sexagenario sin hijos ni obras lee en el periódico sobre el suicidio de Plath, madre de dos niños y treinta años más joven que él, y la noticia provoca un vuelco en su vida.
Lunardi, autora del libro de cuentos As meninas da torre Helsinque (1996) y de la novela Corpo estranho (2006), consigue transmitir a través de un día en la vida -que sea el último no deja de ser un detalle- la pulsión de eternidad que algunas vidas supieron imprimir en el papel, aunque en el mundo se sintieran fuera de tiempo y lugar.
ATOPIA. Nadie sabe adónde va la noche transcurre entre la noche del viernes y la madrugada del sábado en la ficticia y "sexualmente muerta" ciudad de Atopia (literalmente: "sin lugar"), un basurero de literaturas reales y apócrifas y de personajes en busca de algún destino, sea real o ficticio. El que menos sabe adónde va es el protagonista y narrador Ricardo Rojas, profesor de 48 años, divorciado y con un hijo, cansado de posmodernidad y que sale a la calle con un "sencillo deseo de sexo", decidido a encontrar a una mujer o a inventarla. Antes de descubrir que lo segundo puede ser más fácil, Ricardo ensaya algunas aproximaciones: descarta a una adolescente dark en un colectivo; a una veinteañera arrogante en un bar; a una ex alumna convertida en florista borracha que recita a Shakespeare y hasta lo parodia; a una profesora de inglés encantadora pero con bisnietos; y a una show-woman erótica e histérica que se parece a su primera novia. Después de esas decepciones compra cocaína, Viagra y condones, en ese orden, y recurre con éxito a una normal prostituta.
Con guiños a Daniel Link y a Rodrigo Fresán, con un léxico distendido y fresco, Vignoli se aplica a mostrar una intelectualidad del desencanto y un desencanto de la intelectualidad en una Rosario/Atopia demasiado global y sin embargo provinciana, con muchos lugares a los que ir pero ninguno para quedarse. No hay que saltearse el prólogo donde explicita su estrategia narrativa. Allí Vignoli presenta y critica el libro de Ricardo Rojas que vamos a leer, burlándose de su masculinidad arrogante y de su regusto misógino con una frase tópica: "aquí la linda es tonta, la inteligente es repulsiva, la buena es vieja y la perfecta, cobra". El enfoque de la autora, metida en la piel de ese narrador masculino, socavando su autoridad y desnudando sus complejos edípicos, tiene menos de guerra de género que de decepción sobre esa lucha sin vencedores. Entre pinceladas de humor y prosa veloz, a Vignoli también le alcanza un día para transmitir una visión poco edulcorada de la vida de los escritores o de cualquiera para quien la literatura sea un asunto a tener en cuenta.
NADIE SABE ADÓNDE VA LA NOCHE, de Beatriz Vignoli. Ed. Bajo La Luna, Buenos Aires, 2007. Distribuye Ediciones del Puente. 96 págs.
VÍSPERAS, de Adriana Lunardi. Ed. Bajo La Luna, Buenos Aires, 2008. Distribuye Ediciones del Puente. 104 págs.