SUELO CREER -otros creen otra cosa- que la vida es una tragedia. Pero tengo la absoluta seguridad de que también es fascinante. Y en esa fascinación hay alegría. El ser humano, lo que crea, es tan rico y complejo que entro en éxtasis ante sus obras; véanme: agradecido, feliz, extasiado. Como un niño frente al regalo más maravilloso del Universo.
El otro día estaba mirando un fascículo con los frescos del Juicio Final de Miguel Angel en estado de trance. ¡Qué grandes, qué fascinantes, somos los hombres! No hace mucho releí Ricardo III de Shakespeare y sentí la misma fascinación. Pero la filosofía, un decir, de nuestro tiempo es completamente opuesta: un día el Sol va a estallar y va a tragarse la Tierra y, en fin, mire, lo mejor es no pensar en nada y hacer ese negocito, tirando a succión, que nos permita vivir a lo grande: viajes a Europa, un Ferrari o dos, ropa de Armani o Versace, mujeres a granel, etc.
Lo que es a mí, consumistas exquisitos, me importa un rábano que tal vez, y sólo tal vez, la humanidad desaparezca en fecha a determinar -víctima, en primer lugar, del consumismo desenfrenado del consumista exquisito o del consumismo a secas. A pesar de todo, mientras la Tierra siga girando conmigo arriba, yo quiero pensar y saber, y sentir y fascinarme. Leyendo El Imperio de Ryszard Kapuscinski, ese grandísimo periodista, encontré las frases que siguen: "Karl Popper escribió en su tiempo que (cito de memoria) la ignorancia no es una simple y pasiva falta de conocimiento, sino que es una postura activa que consiste en negarse a adquirirlo, negarse a poseerlo, es un rechazo del saber. (En una palabra: el no saber es más bien el antisaber)". ¡Así les va, queridos!
Pero también existimos los que estamos dedicados a la creación, a admirar lo creado. Y les aseguro que se encuentra más alegría, para no hablar del amor verdadero, en un libro destartalado que en el frívolo egoísmo, que en la banal acumulación de objetos descartables, que en el "antisaber" del que se enorgullecen esos patanes, antes de descubrir que vivieron por nada y para nada.
Felipe Polleri