Guerras greco-pérsicas
Sergio Faraco
ESA CLAUDIA de quien hablo, por culpa de los griegos, era repetidora, y la madre de ella se vivía quejando a la mía: "¡Ay, Claudia!". Y no era sólo la madre. Profesores, compañeros, bastaba que alguien la nombrara para que todos suspiraran: "¡Ay, Claudia!". Porque ella era muy desmemoriada, boba, y si no conseguía retener ni los nombres de las ciudades griegas, ¿cómo podría acordarse de algo como "Viajero, ve a decirle a Esparta que morimos por cumplir sus leyes"?
Aproximándose los exámenes de fin de año, aumentaba el desespero de la madre. "Doña Gloria, yo no vivo", gemía ella, asomada a la cerca de tacuaras. Tanto se lamentó que mi madre, solidaria, ofreció al hijo.
-Tal vez él pueda ayudar.
Doña Cotinha abrió los ojos de sorpresa.
-¿Él? ¿Aquél allí?
Dudosa, fruncía la frente y la nariz. Mi madre se rió, ay, vecina, usted es mortal, y fue a buscar mi boletín. Mire nomás, diez en agosto, diez en setiembre, nueve en octubre, Historia, como se dice, la sabe para adelante y para atrás.
Doña Cotinha me miraba, admirada.
-¿Qué está haciendo él allí?
-Disecando un sapo.
-¡Virgen santa!
Al día siguiente comenzamos a luchar con los griegos. En el fondo del patio había un tacuaral, era un lugar umbrío, quieto, nos sentábamos en el suelo con los libros en la falda, a nuestro alrededor los otros materiales de estudio: tiras de papel, goma arábiga e hilo.
Y meta hacer "trencitos".
Un país montañoso, Grecia, precioso su litoral lleno de ensenadas, cabos, islas. Un país romántico. Helena y la guerra de Troya, el Minotauro consumidor de vírgenes, Venus entregándose a Marte y un pequeño sacrificio, un intervalo al fin, para cosas horribles como los ilotas y periecos.
Ya en la primera semana descubrí que Claudia usaba sutién y se afeitaba las axilas. Una sorpresa tras otra, pues descubrí también, con sobresalto, que Claudia era bonita.
En la víspera del examen vinieron las guerras greco-pérsicas. Teníamos dos trencitos prontos y el resto de la materia iba en las piernas de ella.
-No te podés bañar -le avisé.
Con pluma y tinta china, unas escribía ella, otras escribía yo, y yo, Persia enloquecida, yo tomaba la playa de Maratón, sus dudas morenas, sus pastos dorados, pero la tomaba y la perdía en avances y retrocesos de incierta gloria, porque al frente se me oponían diez mil atenienses y los mil voluntarios de Platea, celosos de su pasado invicto. Y si intentaba un camino inverso, pobre Jerjes, allá me enfrentaba con Leónidas y sus trescientos espartanos locos. Una pausa y Claudia me miró, sonrojada.
-Basta, ese tema puede no salir.
-Y si sale...
Comencé a escribir: "Al norte de Grecia, entre los montes...". Ella se encogió, se levantó y se fue.
Claudia salvó el examen, pero no apareció a contar. Lo supe por Doña Cotinha, que hizo un alboroto en el fondo. "Fenómeno", gritaba, y al agradecer, exultante, la colaboración de la vecina, agregó:
-Doña Gloria, usted es una mujer de suerte. Una buena casa, un marido que no es putañero y un muchacho que no se impacienta, chiquitín pero cumplidor.*
Mi madre sonrió, modesta. Preguntó por Claudia, ¿está feliz la pobrecita? Imagine, Doña Gloria, está radiante, pero.... Y confesó que Claudia andaba quieta, retraída, seguramente era debilidad por el esfuerzo realizado.
-Nada de eso -dijo mamá.- ¿Ella ya...?
-Ya.
-Entonces es eso. Da anemia.
Al otro día, finalmente, Claudia vino al patio.
-La tinta no salió -y miraba al suelo.
Le pregunté si había refregado. Había. Entonces tiene que ser con jabón especial, dije, de mecánico.
-Yo al taller no voy.
Me hizo gracia, no es eso, es un jabón rosado que se compra en el almacén. Ella se rió también. Qué bonita era Claudia.
De tardecita, fui a encontrarla en el tacuaral, llevando balde, esponja y el jabón. Ella se sentó, levantó la pollera. Yo mojaba, enjabonaba, refregaba, mojaba de nuevo, ay, Claudia, casi al final, jadeando, ella apretó mis manos con las piernas.
-¿Falta mucho?
-Sólo las Termópilas.
-Entonces limpiá -murmuró, cerrando los ojos.
Al norte de Grecia, entre los montes, había un desfiladero que era preciso atravesar para consumar la invasión. Era un pasaje muy estrecho, casi inaccesible, pero el dedo de un traidor guió al enemigo por un camino secreto de la montaña.
* En español en el original.
El autor
NACIDO en Alegrete (Rio Grande del Sur, Brasil) en 1940, ha publicado, entre varios otros, los libros de ficción A Dama do Bar Nevada, A Lua com sede, A Cidade de Perfil, Dancar tango en Porto Alegre. En 1995 y en 2004 editó sus Cuentos completos. Es autor de seis libros de crónicas y ha recibido varios importantes premios literarios en su país. Ediciones de la Banda Oriental publicó en Uruguay el volumen de cuentos Noche de matar un hombre (1988) y Mario Arregui & Sergio Faraco. Correspondencia (1990). El relato de esta página pertenece a Doce Paraíso (1987) y la traducción es de Julián Murguía.