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Un viaje por Ecuador
El lenguaje del color

Hebe Uhart

EN ECUADOR hay tres regiones bien definidas: la sierra, la costa y la selva. Es un país pequeño, con trece millones de habitantes, situado entre dos grandes, Perú y Colombia. Con Perú soportó dos guerras; en la de 1941 perdió una franja importante de selva, que contiene la ciudad de Iquitos. En la costa está Guayaquil, con más población que Quito y mucho movimiento comercial debido a su puerto.

En su libro Ecuador, identidad o esquizofrenia, Miguel Donoso Pareja señala que las regiones importantes en la historia ecuatoriana han sido tres: la de Quito, la de Guayaquil y la de Cuenca. Una vez conseguida la independencia, se estimularon las diferencias regionales, acentuadas por las características distintas de los pobladores de la costa y de la sierra y por las dificultades del suelo serrano. (Antes de la construcción del ferrocarril se iba de Quito a Guayaquil a lomo de mula.)

Desde 1820 los de Guayaquil han recelado de los quiteños. En esa fecha, y por su propio esfuerzo, se alzaron contra los españoles y fueron el primer estado independiente de lo que ahora es Ecuador. Por su parte, los reaccionarios de Quito se resistieron a la construcción del ferrocarril, porque llevaría a la sierra los gérmenes de la impiedad. Quito y Cuenca eran serranos y católicos, los de Guayaquil, más laicos. Los de Quito suelen ver a Guayaquil como una ciudad peligrosa, donde "te asaltan por la calle". Jorge Enrique Adoum en Ecuador, señas particulares recuerda que los de Guayaquil llaman al quiteño "mono ladrón" y éstos piensan que tomar un colectivo en Guayaquil es un riesgo absurdo.

En su libro Los mestizos ecuatorianos, Manuel Espinosa Apolo indaga sobre el setenta por ciento de la sociedad ecuatoriana: la gran mayoría de los mestizos lo son de indio de origen quechua y de blanco. Habla del fenómeno de la "cholificación", por el cual los indios serranos adquieren los rasgos exteriores de la identidad mestiza. Los indios muchas veces quieren ser cholos, y los cholos, a medida que ascienden en la esfera social, buscan antepasados españoles para validar su origen. Dice Espinosa Melo: "Los mestizos aparentan ser blancos, los mestizos campesinos aparentan ser de la ciudad, los mestizos pobres aparentan ser de la clase media y los mestizos de las clases altas aparentan ser ricos europeos".

Esta rivalidad entre Guayaquil y la sierra y la negación de la propia identidad intraclases tiene su razón de ser. La lucha entre regiones fue fomentada por las élites regionales al servicio de los intereses de turno y la negación de la propia identidad se vuelve funcional a las aspiraciones de ascenso; por ejemplo, actualmente, para llegar a los altos mandos del ejército, se requiere no ser indio ni negro.

Según Espinosa Melo cierta historiografía que destaca las diferencias nacionales, separando tajantemente al Ecuador de Perú y que considera de muy poca duración la influencia inca, no se sostiene. Hay una franja serrana común que va desde Ecuador al norte de la Argentina; el lenguaje lo demuestra: palabras como cucuyo, pachamama, chacra, choclo, tambo, chasqui, huaca, guagua, tatai son de uso común en toda la región. Así como costumbres (el velorio del angelito, por ejemplo), o la vestimenta de las indias y cholas, con variaciones regionales, sombrero, poncho y polleras de colores.

Quito. Quito es centro administrativo, custodio de su gran pasado colonial. Su centro histórico fue declarado patrimonio de la humanidad y está prolijamente conservado: no se ve una sola casa deteriorada o despintada. Sus edificios son de color blanco, amarillo, rosa y en sus iglesias se guardan verdaderas obras de arte (muchas de ellas lo son en sí mismas) y la mayoría tiene cuadros de la escuela colonial quiteña, de los siglos XVII y XVIII. Desde cualquier esquina se ven las montañas cubiertas por casitas de techo rojo. Cuando la gente se pierde en la ciudad, su brújula es el volcán Pichincha, que la flanquea.

Entrar en las iglesias es descubrir cada vez un tesoro distinto. Por ejemplo, la iglesia de la Merced fue fundada sobre el templo primitivo de 1538, bajo la advocación de "Nuestra señora del terremoto". Uno puede seguir, con cuadros temáticos, la historia de las calamidades que azotaron a Quito. Uno datado en 1806, con tema de inundaciones y langostas y la imagen de la virgen planeando arriba, tiene una inscripción que reza: "Lluvias inusitadas y langostas vencidas por esta gran señora". En otro, se lee: "La influenza se retira porque tus ojos con amor nos miran". En la iglesia de Santo Domingo, una imagen lleva el cartel "San Vicentito". La gente reza con fervor y el silencio es total.

En la iglesia de San Agustín se destacan los tapices en blanco y rosa, el consabido oro por todas partes; Cristo lleva una especie de toca plateada y en el extraordinario museo aledaño, que guarda cuadros de los pintores locales de los siglos XVII y XVIII, se ve la imagen del Señor de la Buena Esperanza, con tres rayos dorados que salen de su cabeza: simbolizan la omnipotencia, la omnipresencia y la omnisciencia. Cuentan los guías que en el siglo XVIII se usaban las imágenes para vestir; se llevaba la imagen desnuda a las casas de familia y éstas competían entre sí por el lujo de los trajes con que las cubrían. Pero la iglesia más deslumbrante de Quito es la de la Compañía de Jesús. Salvo el piso, todo es oro y madera dorada; el confesionario, todos los altares laterales, todo el techo.

La plaza de San Francisco. Es domingo de Ramos y la plaza de San Francisco hierve de gente; la iglesia también. El sacerdote que oficia misa, para hacerles repetir a los fieles una canción, les dice: "Otra vecita" y en una pared, un cartel: "Asociación de esclavitos de María". Intrigada por el uso de diminutivos, pregunté qué otros eran usuales. En vez de "Páseme una hoja", "Deme pasando una hojita". El diminutivo suaviza la orden y según los estudiosos, además de corresponder a una tradición colonial de sumisión, encubriría una agresión latente. Por ejemplo, la palabra "cholo" puede ser insulto, "cholito" es cariñoso, se le dice a un amigo. Son frecuentes en Quito las expresiones "A la orden", "Mi señora", "Mande usted". Edwin Madrid, escritor quiteño, dice que esto tiene que ver con la educación recibida, no se podía responder "Qué" a una pregunta de los padres. Se debía contestar "Mande usted".

Volviendo a la plaza, ésta hierve en corrillos, conversaciones, debates. En un rincón soleado debaten un librepensador, un taoísta y un católico, rodeados por un montón de gente humilde. El librepensador dice que la mayoría de nuestras necesidades son falsas y que su hija le pidió una laptop. El taoísta está de acuerdo con el librepensador en lo global, pero siente que su discurso o su lugar fue usurpado y se pone a repartir volantes para hacer algo. Tercia el católico: "Hay que buscar el reino de Dios y su justicia". Enseguida se calla. El librepensador y el del tao coinciden en que estamos sentados en un suelo pleno de riquezas pero que no las vemos; la gente escucha, un poco escéptica.

En el otro extremo de la plaza hay carteles: "No al indulto a los corruptos", "Abajo la corrupción". Un dibujo de Bucaram con traje de mono y un cartel que dice: "Se pasea muy mono por Panamá afilándose las uñas para volver". Otros políticos van vestidos de cerdos, de tigresas, de pingüinos. La gente interviene con mucha timidez y en voz baja, y la protesta se diluye bastante porque la encargada del zoológico de políticos conversa con un payaso que se hace el borracho (son frecuentes los cómicos placeros). En una zona oscura y aislada de la plaza, un grupo canta canciones religiosas con erke y charango. Por la calle lateral, una mujer pasa voceando su mercancía: "¡La pasión de Cristo, a un dólar!". Junto a ella pasa una nena con el pelo levantado en tres haces, como la imagen del Cristo de los tres poderes: la omnipresencia, la omnisapiencia y la omnipotencia.

Camino a Cuenca. Voy en camioneta, única turista, de Quito a Riobamba, por camino de montaña. (Es la ruta panamericana, la misma que nos llevará de Riobamba a Cuenca). Comemos en una estancia, "La Ciénaga". En la parte posterior de la estancia se conserva un instrumento de tortura para castigar a los esclavos desobedientes. La hacienda está situada junto a un parque nacional protegido, lamentablemente privatizado en gran parte; todo o casi todo está talado.

Hay múltiples supersticiones en la sierra: para curar un orzuelo se aconseja guiñarle un ojo a un gallináceo; para espantar al tigre hay que decirle toda clase de lisuras (malas palabras). Si es macho, se retira y si es hembra, aún más, herida en su natural pudor. Según cuenta Manuel Espinosa Melo en Los mestizos ecuatorianos, en tiempos de sequía, las efigies de los santos son puestas a la intemperie para que sientan en carne propia el calor y envíen la lluvia.

Saliendo de Riobamba camino a Cuenca, está el pintoresco pueblo de Alausí, con sus casitas de colores faldeando los montes y con un trencito turístico lleno de alemanes, belgas y franceses. Subimos por la montaña hasta un monte que se llama "La nariz del diablo". Para la construcción de ese ferrocarril se utilizaron negros jamaiquinos; muchos murieron en la obra (camino difícil de montaña, derrumbes, deslizamientos). Los serranos consideraron la muerte de los jamaiquinos como una venganza de potencias superiores, por haber osado modificar la naturaleza. El trencito ahora parece un inocente juguete, para a cada rato para que los turistas tomen fotos. El tren está pintado de todos colores y decorado con motivos de cholitas que van sentadas. No hay banquina, sólo una pequeña vía y al comienzo de la subida donde hay casas, unas gallinitas huyen a su paso.

Junto a la ruta que nos lleva a Cuenca se ven los sembrados en terrazas, el burro, la mula y muchas casitas con techo de paja, pequeñas. Pero me asombro al ver unos chalets con techo de tejas, nuevos y blancos, como recién construidos. El guía me informa que los campesinos de esa zona han adquirido el hábito de emigrar a Estados Unidos. Viaja la familia, viven allá todos en una habitación y con enormes esfuerzos de adaptación (al medio, a la moneda, a las leyes) mandan construir esas hermosas casas con la idea de volver. Pero muchas veces no vuelven y tampoco las alquilan. Muchas veces estas casas se malogran. Son el testimonio de una vacilación, o de una imposibilidad. Pero si en la zona hay luz eléctrica, mandan a los viejos que se han quedado televisores lujosos y todo el confort. Por el camino veo venir a un viejo, agobiado por un fardo de pasto que le cubre los ojos. En su mano tiene un celular, "No como el mío, dice el guía. Ellos tienen de última generación".

virgen colada. A 120 kilómetros de Guayaquil está la ciudad de Cuenca, que tiene unos 400.000 habitantes. Fue fundada en 1557; es una ciudad próspera, muy colorida. Tiene color en los puestos de flores, en las casas y en las polleras de las cholas. Llegamos un domingo de Ramos y multitudes van a las iglesia con ramos de palmas para ser bendecidas. Cuenca ha sido declarada patrimonio cultural de la humanidad y en ese día reluce de limpieza: las calles, las medias blancas de las lugareñas que han bajado de los cerros para vender arreglos con hojas de palma. Como en Quito, desde cada esquina se ven los cerros sembrados de casitas de color blanco, amarillo rosado. Es una ciudad tan creyente que un camión lleva la inscripción: "Se lo debo a Dios", otro: "Monte Sinaí", un tercero, "Nuestro Salvador". Y en una receta de cócteles uno lleva el nombre de "Virgen Colada".

La puerta de la catedral está flanqueada por cucuruchos, jóvenes vestidos de morado y que llevan hojas de palma; representan la pasión de Cristo. Y pese a que el domingo de Ramos no es una fiesta religiosa de plena alegría, la plaza es una fiesta. Cantantes callejeros con su corrillo de público, nenas todas de blanco con su pollera hasta el suelo y la consabida hoja de palma, calesita con caballitos en actividad en el centro de la plaza, un chico vende sombreros y le ha puesto uno a su perro. Pero la mayor oferta de ese día es la venta de hojas de palma en forma de canastitas, estrellas y arreglos con flores de todo tipo (Cuenca tiene un activo mercado de venta de flores). Hay preocupación por la extinción de la palma y se orienta a la gente para que use otros materiales. Hay en general en Cuenca esfuerzos para mejorar la calidad de vida de la gente, por ejemplo centros de nutrición donde enseñan a alimentarse adecuadamente, varios centros de prevención de las adicciones y un gran arreglo y limpieza en los trajes de los vendedores ambulantes, que van con sus trajes típicos. Todo eso habla de un deseo de mejorar la vida. Cuenca tiene un activo mercado agrícola y ganadero y se industrializan plantas textiles.

Un experto popular en lenguaje ecuatoriano me ilustra. Hace frío se dice: "Chachai" o "Pacheco". tímido: "acholado"; borracho: "chispo"; mujer muy gorda: "ballenita"; chismoso: "lengua de yoyó"; padre: "Tatai".

A las campesinas que bajan de los cerros con sus polleras de colores, con sus medias impecables, las llaman "payasos" (porque se dice que no saben combinar los colores).

Artesanías, pintura y escultura. En el museo Guayasamín se conservan piezas de culturas preincaicas, por ejemplo un hombre coqueando, con su boca abultada, una mujer en situación de parto, agujas para sostener el cabello. Queda claro que ya conocían técnicas para trabajar el oro y producir los colores; sacaban el color negro de la miel de abeja. Cuando vinieron los españoles, como estaban abocados a la búsqueda del oro, la escultura y la pintura quedaron en mano de los mestizos e indios. Y aquí se dio la conjunción de la cultura heliocéntrica indígena con la influencia de la cultura española en materia de imaginería. Un gran escultor mestizo fue Miguel de Santiago de la zona de Quito, que pinta el paisaje ecuatoriano; pinta el Pichincha y muchas figuras religiosas aparecen rodeadas, como coronadas por flores y frutos del lugar: pitas, palmeras, hojas de tabaco, papaya, loros, monos, etc. También hay imágenes mestizas y negras, como Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres. En los pesebres, representando a los reyes magos, los vehículos de éstos son una mezcla de llama y camello, con cabeza que parece de caballo. Hay un cuadro "Los negros de Esmeralda" que está en el museo de Madrid, donde se los ve con sus colgantes, aros y narices perforadas.

Hay también influencia mora, por ejemplo los artesonados de la catedral de Quito son de estilo morisco y el estilo predominante en la mayoría de las iglesias es el barroco. Se ve mucho en las iglesias la madera de cedro pintada, y los zócalos y portales son de piedra traída de Pichincha. Como las esculturas a menudo son pintadas, parece ser que una vez que el escultor las terminaba, se las entregaba al pintor, que pacientemente abrillantaba sus pinturas con vejiga de carnero o purificaban el aceite exponiéndolo al sol.

No es extraño, entonces, que los artesanos de Ottavalo (90 kilómetros al norte de Quito) sean los más reconocidos no solo en la región sino en el mundo entero. Si los agricultores no se asocian demasiado para vender, los artesanos de Ottavalo hace ya muchos años que se asocian para exportar. En el enorme mercado venden mantas, hamacas, ponchos, calabazas finamente talladas, cuadros muy hermosos con motivos regionales, etc. La feria, que antaño era con trueque, es previa a la llegada de los españoles. Pero ahora el mercado está lleno de turistas europeos, norteamericanos, canadienses y japoneses. Sostengo el siguiente diálogo con un artesano moreno, bajito y sonriente, que tiene un pequeño puesto de tapices,

-Usted es argentina. Yo he viajado mucho.

(Aquí el prejuicio racial me juega en contra). -¿ Y cómo viajó tanto?

-Viajé por Colombia, Dominicana, Francia, Italia y Alemania. Viajé vendiendo artesanías.

A su lado, otra artesana a la que él llama Rita, está vestida de india típica de la zona (blusa blanca, pollera negra, zapatillas negras con vivos blancos cinturón trabajado, collares); habla en inglés con los turistas. Al ómnibus que nos lleva de vuelta a Quito, sube una jovencita, también vestida de lugareña, muy pintada, de lo más desenvuelta, canta una canción en quechua y luego la traduce al inglés. Lo menos que recibe es dos dólares per cápita.

En el hotel de Riobamba, también me jugaron los prejuicios en contra. Un mestizo flaquito, bajo, les llevaba las valijas a un grupo de alemanes. Hablaba perfectamente el alemán. Le pregunté:

-¿Y usted cómo sabe hablar tan bien el alemán?

Sonriente, me contestó:

-Porque hice un master en economía en Berlín.

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