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Memorias de García Vigil
Federico

María de los Ángeles González

LA PORTADILLA de este libro propone un título, Federico. Sin embargo en la portada el mismo va precedido de una explicación: "Federico García Vigil. El hombre, su vida y el arte". En ella, hay una foto que muestra al director de orquesta con su batuta. A pesar de esa redundancia, no se aclara si es una entrevista o un libro de memorias. La confusión se acentúa al empezar a leer. Una breve introducción recrea, en apartado inicial, las circunstancias de una entrevista a García Vigil en su casa de Punta Carretas. Y en un segundo apartado, la vida en el hogar de los García Vigil a fines de la década del cuarenta. Las dos se presentan en tercera persona, como si una voz ajena o impersonal fuera a narrar el resultado fragmentario e impresionista de una entrevista, haciendo un uso libre del material. Sin embargo, el primer capítulo adopta la primera persona y ahora es el mismo director de orquesta quien habla. Esa alternancia, en apariencia aleatoria, se mantiene en todo el trayecto. Cualquier forma de narrar es legítima, aun la propia vida, aun la vida de otro, y muchas veces el cambio de voz es productiva y original. Pero en este caso no sólo no se logran transiciones que tengan sentido, o que resulten elegantes, sino que el resultado es el desconcierto y hasta cierta dificultad para el lector, que a menudo recibe la información por duplicado. Otro escollo se agrega, inexcusable en un libro de esta naturaleza, y es la incorporación de páginas enteras con publicidad a todo color, cuando hubiera alcanzado con que las empresas patrocinantes se contentaran con un sello en la contratapa o en la solapa, como es de uso en estos casos.

Sin embargo, la vida de García Vigil merecía ser contada, aunque más no fuera como ejemplo excepcional de los vaivenes con que la fortuna puede acechar, premiando y castigando a un solo individuo. Nacido en una familia acomodada, creció en un hogar feliz y bien avenido, donde se alimentó su pasión por la música, como se reitera varias veces. Tempranamente perdió a su padre y arreció la primera tempestad. Recompuesto, integrado a un entorno social protector y amable, disfrutó de todas las ventajas del Uruguay de los 50, donde sobraban lugares de reunión, posibilidades de aprender junto a otros y oportunidades de trabajo para los músicos. El contrabajo lo llevó al jazz y el tango, pero intentó conocer todo. La primera barra de amigos integraba a Manolo Guardia, Urbano Moraes, Ruben Rada, los Fattoruso, "Pelín" (luego bajista de Los Shakers), entre otros, a los que a veces se sumaba Eduardo Mateo.

La legislación de la época obligaba a los artistas extranjeros a incorporar músicos locales, lo que dio a García Vigil la oportunidad de acompañar a Nat King Cole, Aníbal Troilo, Joao Gilberto, Dorival Caymmi y muchos más. Desde entonces tuvo una juventud dorada. En 1962 se integra a la Orquesta Sinfónica de La Habana, en plena efervescencia revolucionaria: trató a Yuri Gagarin, al Che Guevara -a quien recuerda como brillante jugador de ajedrez-, a Nicolás Guillén, al propio Fidel Castro. En el 65 vuelve a Montevideo e ingresa a la Orquesta Sinfónica del Sodre. Beca de estudios en París en 1973, junto a su segunda esposa. Desde allí, fértil periplo europeo, con invitaciones a distintos países. Enormes progresos en la dirección orquestal. No sólo París, el mundo era una fiesta para los Vigil. Durante un largo tramo, no deja de sorprender el vértigo de tantas vivencias acumuladas con viento a favor, y mucho talento y trabajo. Será por eso que golpea con más fuerza el relato de la desgracia, tan abrupta. La pérdida de un hijo en plena adolescencia y el posterior infierno del alcohol. El resto es quizá más conocido por el lector, la recuperación y la tenacidad con que superó la adversidad; la cosecha de éxitos nacionales y extranjeros, que no cesa.

FEDERICO, de Luis Fernando Iglesias y Alejandra Volpi. Ediciones Terare, 2007, Montevideo, 160 págs.

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