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Edgar Allan Poe y la ciencia ficción
Anticipaciones

Daniel Veloso

El futuro era tema de preocupación para Edgar Allan Poe, como lo fue para muchos escritores del siglo XIX. Pese a las innovaciones producidas por la Revolución Industrial, el escritor era de la creencia de que fue durante la antigüedad clásica que la Humanidad vivió su esplendor. El presente era para él un punto medio entre un pasado glorioso y un futuro que debería, gracias a la ciencia, ser tan bueno como aquél. Fue así que en algunos cuentos imaginó cómo sería el mundo por venir, como contrapunto del presente que le fue tan adverso.

Poe nació en Boston, Estados Unidos, en 1809, en un hogar humilde de actores. A los tres años quedó huérfano y fue adoptado por un rico comerciante del cual tomaría el apellido Allan. En Inglaterra, donde fue enviado a estudiar de niño, leyó a Lord Byron y a Walter Scott, y se generó en él una admiración por el pasado histórico que imaginaba noble y caballeresco. Pero su vida real fue corta y plagada de dolor. Tras una larga enfermedad, su joven esposa murió en 1847 y él lo hizo dos años después, en parte debido a su alcoholismo. La fragilidad de la vida en esa época incidió en el pesimismo reflejado en sus relatos de misterio y muerte, pero también lo impulsó a imaginar futuros más benignos.

Poe es archiconocido por poemas como "El Cuervo", pero sobre todo por sus relatos de terror como "La máscara de la Muerte Roja", "El corazón delator" o "El pozo y el péndulo", entre otros. También se le conoce como uno de los padres de la novela policial, con textos como Los crímenes de la calle Morgue o El escarabajo de oro. A la vez escribió cuentos que han sido catalogados como fantásticos y otros tantos como humorísticos. Pero también la ciencia ficción lo reclama junto a Julio Verne y H.G. Wells.

De joven Poe había sido un buen estudiante en física y matemáticas, por lo que no le fue difícil más tarde recurrir a explicaciones científicas para hacer verosímiles sus historias. De sus setenta cuentos los críticos han clasificado algunos como precursores de la ciencia ficción, aunque no siempre concuerdan en la elección. Dos libros, publicados con el mismo título La ciencia ficción de Edgar Allan Poe, de las editoriales Caralt (1978) y de Ultramar (1985), incluyen cuentos como "Manuscrito hallado en una botella" y "Un descenso en el Maelström". Sin embargo algunos críticos han argumentado que aunque estas narraciones tienen referencias científicas, la resolución de ambas es de tipo fantástico. La clasificación más precisa se debe al ensayista argentino Santiago A. Ferrari que en su libro Edgar Allan Poe, Genio creador (Editorial Poseidón, Bs. As., 1946) señaló cinco cuentos como "científicos": "La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall", "El camelo del Globo", "El cuento mil dos de Sherezade", "Mellonta Tauta" y "Conversación con una momia".

A la Luna. A principios del siglo XIX los relatos fantásticos comenzaron a reflejar los cambios sociales que estaba produciendo la Revolución Industrial (1760-1830). En este período surgió toda una serie de innovaciones en la industria y en las comunicaciones. De pronto, los cambios impulsados por el desarrollo científico-tecnológico podían ser notados en el transcurso de una vida humana. La gente comenzó a preguntarse qué ocurriría en el futuro si el progreso continuaba a ese ritmo. Los escritores de la época no estuvieron ajenos a esa cuestión.

En la década de 1830, el joven Allan Poe consiguió trabajo como editor y periodista en varias revistas de la costa Este de Estados Unidos. Gracias a su posición como editor podía imprimir sus propios cuentos. En 1835 publicó "La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall", donde relata cómo un artesano holandés arruinado por la industrialización concibe una farsa para desaparecer y escapar de sus deudas. A través de una carta, el personaje explica que construyó un globo y que con él viajó a la Luna. Este recurso de la carta o del diario íntimo del personaje, a través del cual el lector se entera de lo ocurrido, será usado más tarde por el escritor H.P. Lovecraft. En el cuento hace gala de su erudición al describir el globo, reflejando lo bien informado que estaba de los conocimientos que se tenía en la primera mitad del siglo XIX. Aunque a veces se equivocara.

Poe creía que la atmósfera terrestre, muy enrarecida, continuaba hasta la Luna. Con un condensador el personaje captura el aire y lo encierra dentro de la barquilla tapada con una lona. Pese a este artilugio, el aeronauta sufre hemorragias y hasta los ojos amenazan con salírsele de sus órbitas. Parece que al seguir ascendiendo y al bajar la presión del aire el pobre hombre va a morir, pero no. Igual que Julio Verne, Poe se saltea las leyes físicas para que Pfaall llegue a su objetivo. El francés hará bajar hacia al centro de la Tierra a sus personajes, ignorando que la presión y la temperatura ascienden a medida que aumenta la profundidad, lo que hace imposible el descenso. Por su parte Poe desconoce la disminución de la presión atmosférica que se produce con la altura. Sin embargo la descripción que hace de la curvatura de la Tierra, con el sol reflejando en el mar, no deja de sorprender si se piensa que hubo que esperar a la década de 1960 para poder apreciar fotos desde la órbita terrestre. Esto revela una imaginación privilegiada que le hace honor a Charles Baudelaire cuando llamó a Poe "maravilloso prestidigitador".

Simbad y el submarino. Isaac Asimov rezongaba en uno de sus libros contra la mentada capacidad del género para predecir nuevos adelantos. Asimov argumentaba que no es esa la función de la ciencia ficción sino la de prever el cambio. Justo lo que aprendió a detectar Allan Poe. Este no predijo los aviones ni la aviación comercial pero sí imaginó en "Mellonta Tauta" (1849) los viajes aéreos transoceánicos, aunque en lentísimos globos. Tan lentos que en el cuento un personaje se queja: "¿estamos condenados para siempre a los mil inconvenientes del globo? ¿Nadie ideará un modo más rápido de transporte?".

En 1844 Poe publicó el relato "El Camelo del Globo", haciéndolo pasar por una noticia verdadera en la que informaba del primer cruce del Atlántico en globo en sólo tres días. Muchos lectores tragaron el anzuelo debido al detalle con que describe el artefacto volador y el viaje. Aunque insistía en negar las pruebas científicas, como se comprueba en esta anotación de la bitácora: "a una altura a la del Cotopaxi (5.897 metros), no he experimentado ni un frío intenso, ni dolor de cabeza, ni dificultad en la respiración".

"El cuento mil dos de Sherezade" (1845) es una especie de canto al progreso. En él imagina que a Sherezade le ha quedado un cuento más de Las mil y una noches sobre el último viaje de un Simbad anciano. El marino describe un sinnúmero de maravillas que no son otras que las del siglo XIX. Por ejemplo Simbad es capturado en una playa por un monstruo marino cuyo "cuerpo era sólido como una roca y de un negro azabache". Al parecer se movía "por arte de nigromancia, pues no tenía aletas como un pez", describía el anciano, que luego descubrirá que iba tripulado. Este gran vehículo recuerda más a un submarino nuclear actual que al viejo "Nautilus" de Verne.

Monárquico. Poe no era demócrata. Su educación en Inglaterra lo había formado en la creencia de que los pueblos no pueden gobernarse a sí mismos y que para ello precisan del cuidado paternal de un rey. En "Conversación con una momia" (1845) unos caballeros reviven a una momia egipcia, que en realidad es un viajero en el tiempo que ha sido momificado para despertar en el futuro. Los hombres, entonces, le cuentan sobre los nuevos adelantos que ha alcanzado la civilización moderna, ante los cuales el egipcio se mofa. Los antiguos ya habían inventado todo eso y hasta lo habían hecho mejor. Incluso se burla de las instituciones democráticas que tanto enorgullecían a los estadounidenses.

Poe lamentaba que Estados Unidos no tuviera monarquía y según Charles Baudelaire, "declaraba que la gran desgracia de su país era no poseer una aristocracia racial". En el relato, la momia cuenta que Egipto también tuvo una democracia pero que acabó bajo la tiranía del "populacho". Claramente Allan Poe no confiaba en la capacidad de la clase política de su joven país.

Al final, uno de los personajes decide momificarse para así poder despertarse en el futuro y abandonar su siglo en el que "todo marcha de la peor manera", agregando que se siente impaciente "por saber quién será presidente en el año 2045".

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