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Declaraciones sobre Billie Holiday
Solo sabía cantar

Enrique Hetzel

La azaroza vida de Billie Holiday (1915-1959) ha sido narrada en varias oportunidades. Son bien conocidas su infancia en medio de la pobreza y el desamor familiar, su temprana iniciación sexual, su irresistible adicción a las drogas, las humillaciones provocadas por el racismo, la explotación económica que tuvo que soportar por parte de empresarios y amantes, las continuas reyertas con los agentes federales encargados del control de estupefacientes y su muerte en un hospital, rodeada y vigilada por inspectores, guardias y mujeres policías.

Todo ello se refleja en este libro de Julia Blackburn, que no es un simple relato lineal de la vida de Billie. La autora obtuvo las más de ciento cincuenta entrevistas realizadas hace tres décadas por Linda Kuehl, una periodista que se contactó con quienes conocieron de cerca a la cantante y estuvieron dispuestos a hablar sobre ella. Kuehl falleció en 1979 y Blackburn escribió en 2005 el libro que aquella no pudo editar. Allí se transcriben hechos, presunciones y revelaciones de varios de los entrevistados, que muestran a una artista polifacética, contradictoria, y cuya vida ha generado opiniones discordantes.

En lo que no hay discusión es sobre la excelsa calidad de su arte vocal. Es casi unánime la aprobación de que ha sido la más grandiosa intérprete del canto jazzístico en el siglo veinte.

QUÉ DICE LA GENTE. Al principio Blackburn manifiesta su admiración por la personalidad de Billie y cuenta cómo consiguió las entrevistas y las ordenó de modo que siguieran la evolución de su vida. En los treinta y cuatro capítulos que se suceden a continuación, la autora intenta armar un retrato de las vicisitudes por las que transitó la carrera de la cantante, pero surgen algunas declaraciones tan opuestas entre sí que a veces el lector termina sin saber a qué atenerse.

En ocasiones se lee que era díscola y desobediente, en otras que era sumisa y apacible. Para algunos su madre se interesaba en ella y le prodigaba cuidados, para otros era una mujer que se iba del hogar detrás de sus amantes. O también: "Decían que estaba enganchada a drogas duras", pero Skinny Davenport "aseguraba no haber visto nunca nada que lo demostrara" (pág. 51).

Cuando Billie se quedó sola en Baltimore, con doce años, tuvo que valerse por sí misma. Wee Wee Hill declara que él le daba dinero, al igual que el abuelo y el padre. Pero John Fagan afirma que ejercía la prostitución: "¡Por supuesto que Billie lo hacía! ¿Qué ibas a hacer si no en aquellos tiempos? Tenías que llegar a fin de mes. Tenías que sobrevivir" (pág. 69).

Casi todos alaban su hermosa cara, su elegancia y su aspecto físico. Pero Fanny Holiday la describe como "una cosa gorda con unas tetas enormes" y Clarence Foster recuerda que "conocí a Billie cuando ella tenía dieciséis años, pero ya era una mujerona, una tía gorda y desastrada" (pág. 103).

El capitulo 29 está dedicado a Carl Drinkard, pianista que trabajó con Billie en los años cincuenta. Según Blackburn, este músico "devana una madeja de fanfarronadas y alucinaciones de drogadicto en las que no es fácil distinguir dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción". La propia autora se ve obligada a aceptar que es "imposible dilucidar una verdad absoluta sobre Billie, sobre cómo fue o cómo vivió, pero podemos escuchar las voces de la gente que la conoció, y ser después nosotros quienes decidamos qué es creíble y qué no" (pág. 24).

ANÉCDOTAS Y DESCRIPCIONES. Los entrevistados no sólo hablan de Billie sino de otras personas, situaciones y hechos, lo que alarga la obra y distrae la atención del tema principal. Sirven quizá para ubicar la época y el entorno social y económico en el que la artista se movía, pero incluyen excesivas descripciones sobre vestimentas de mujeres, peinados, anillos, sombreros, hombres que visitan prostíbulos, las casas que habitan, las camas donde duermen o copulan, mecedoras, lámparas de querosén, enfermedades, niños que alborotan y peleas entre vecinos.

Las exposiciones se tornan muy recargadas de anécdotas secundarias y se hace difícil recordar tantos nombres como se mencionan. Algunos aparecen páginas más adelante, cuando el lector ya los había descartado porque no aportaban nada sustancial.

Uno de los motivos que hacen que la comprensión se vuelva confusa, es la propia naturaleza de las entrevistas. Alguien arranca hablando de la infancia de Billie y termina en su edad madura; en el capítulo siguiente otro entrevistado vuelve atrás en el tiempo y da su versión y así sucesivamente, provocando idas y venidas y superposiciones de relatos que no ayudan a esclarecer el panorama.

EXCESO DE ERUDICIÓN. La propia Blackburn aporta de su peculio un caudal interminable de anécdotas laterales y se solaza ostentando su erudición con numerosas llamadas a pie de página para mostrar lo bien documentada que está.

Las cuatro páginas del capítulo doce, por ejemplo, dejan a Billie como un personaje secundario. Allí se describe a Fanny, la nueva esposa de Clarence Holiday, padre de la cantante. Se cuenta cómo lo conoció, cuándo se casaron y cómo ella sabía de "su relación con una mujerona blanca llamada Atlanta Shepherd, que trabajaba como bailarina de alterne en el Remie`s Dance Hall, en las calles 66 y 67".

En una llamada se agrega que anteriormente "Clarence se había casado el 16 de octubre de 1922, a los veintitrés años, con una mujer de dieciocho, también de Baltimore, llamada Helen Boudin, pero el matrimonio duró unos pocos meses".

Clarence y Atlanta tuvieron una hija llamada Mary. Entonces Blackburn interrumpe con otra llamada para referirse al abogado Mifflin Hayes, que en marzo de 1987 se quejó "a propósito de un premio Grammy que una mujer llamada Nicole Holiday, que afirmaba ser la hermanastra de Billie, reclamaba en nombre de la cantante".

A continuación Blackburn presenta a Clara Winston, que conoció a Sadie, la madre de Billie, y que había sido una de las madamas más importantes de Harlem. Esta mujer "gustaba beber cerveza o una copa de Hennessy", tenía "dos apartamentos en el 135 oeste de la calle 142" y recuerda que "había una tienda en la Octava Avenida con las flores más hermosas que jamás he visto, cielo. Ni el presidente tenía unas flores tan bonitas".

Este capítulo doce finaliza con el funeral de Clarence Holiday, detallando que "ofició la ceremonia el reverendo Monroe, pastor en una iglesia baptista de la calle 115 y la avenida St. Nicholas". Al parecer, este señor tenía una voz religiosa y vibrante, que "con sus gestos sulfúricos y las llamas infernales era capaz de venderle el cielo a cualquiera".

Acotaciones, observaciones y apostillas como éstas molestan en todo el libro y atiborran la lectura. Cualquier lector tiene derecho a preguntar qué tienen que ver ellas con la biografía de Billie Holiday.

SOLO QUERÍA CANTAR. El libro trae fotografías en blanco y negro, bibliografía y un índice onomástico, pero no incluye discografía ni una selección de grabaciones que pudieran recomendarse para tener una idea del arte de la cantante. "La fama dejó de tener importancia para ella en cuanto la alcanzó. Lo único que quería era un buen acompañamiento musical, que la gente guardara silencio y que la escucharan... Sólo sabía cantar. Y eso era lo que realmente la hacía feliz".

CON BILLIE HOLIDAY. UNA BIOGRAFÍA CORAL, de Julia Blackburn. Editorial Global Rhythm Press, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 406 págs.

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