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Estuario Editora. Montevideo, 2008. Casa editorial HUM. Distribuye Gussi. 150 págs.
Porrovideo, de Jorge Alfonso
Cuentos

Euforia, sueño profundo, lentitud de la acción, deseo sexual modificado, aumento del apetito, aturdimiento y mareos, depresión y tristeza, percepción visual deformada son algunos de los síntomas presentes en Porrovideo. Son los efectos de la marihuana, leitmotiv que por momentos contagia al lector.

El humor comienza en la tapa, que ostenta, sobre un estridente fondo verde flúo, una rata lectora fulminada por una especie de lluvia lanzada por íconos pixelados, personajes de computadora, de principios de la era del videojuego. Se trata de cuentos irreverentes, crudos y ácidos que conforman una mirada joven y diferente sobre la realidad uruguaya.

Lo revolucionario de los textos está en la ahogada desesperación de los jóvenes, cuyo grito final aparece en cada uno de los excelentes remates. También está en una suerte de hibridación entre la aceptación pasiva de la cultura característica de la posmodernidad en la que prevalece lo inmediato, y el estereotipado stand by uruguayo. La resistencia a esa confusión se traduce gracias a una literatura que arrolla al lector con un lenguaje juvenil y transgresor, con un estilo agudo y preciso que señala la represión pero también narra sexo explícito, denunciando una sociedad contradictoria en sus apuntes costumbristas sobre el escenario montevideano.

La marihuana oficia de escape, de diversión, como manera de detener un tiempo que pasa quizás demasiado rápido, o en Uruguay demasiado despacio. El conjunto se asemeja a un videoclip bizarro, con imágenes fragmentadas, detenidas por el cliché de la cultura de la lentitud uruguaya sumado a los efectos del cannabis. En el ritmo literario se traduce esa cámara lenta, porque "el tiempo es como un abanico que nos mueve los pelos de tanto en tanto".

Los personajes parecen no tener nunca nada que hacer, devotos a actividades anodinas, como si fueran víctimas de un ocio que los lleva a drogarse abundantemente ("El humo que salía de ese cuarto bastaba para drogar a las plantas") o a crear, por ejemplo, una ceremonia para enterrar a una rata envenenada.

Pero a pesar del aburrimiento, no queda otro remedio que vivir: "la tarde iba cayendo sin que se me ocurriera alguna forma de levantarla, así que decidí levantarme yo".

Los acontecimientos son tan nimios que traen fuertes reminiscencias de la película 25 Watts (2001). La inercia es más fuerte que todo: "por más que me las ingenie no voy a poder encontrar una buena razón para salir de este limbo de mierda".

El autor se desliza con elegancia entre el humor y la melancolía, la euforia y la depresión profunda, síntomas del conflicto entre la cultura cannabis y la cultura video hipermoderna.

E.W.

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