Soledad Platero
Fornaro es uno de esos narradores que podrían haber nacido en cualquier lado, pero no en cualquier época. Aunque sus relatos se vinculen al Uruguay, las referencias geográficas son siempre contingentes, mientras que la marca generacional es necesaria. Ocurre que hay una franja de la ficción literaria que está formada por los jóvenes de los setenta, esos que hubiesen querido ser personajes de Hemingway o de Miller y que escriben libros en los que un protagonista -que casi siempre coincide con el narrador, o con la perspectiva del narrador- viaja por Europa, toma mucho alcohol, hace observaciones sarcásticas y es cabalgado repetidamente por mujeres desaforadas que se desnudan espontáneamente en cuanto lo ven. Algunas veces el personaje central es una mujer (suele ocurrir cuando el autor es una autora) y las escenas de sexo incluyen episodios lésbicos.
Este imaginario poblado de escritores borrachos y vagamente heroicos (a diferencia de los escritores borrachos del imaginario beatnik, sin pretensiones de heroísmo) fue habitado (y extensamente alimentado) por Cortázar, entre otros, y encontró una riquísima variante en el nuevo policial europeo, protagonizado por detectives cultos y sibaritas con pasado revolucionario.
La primera sorpresa es que Teoría del iceberg entra perfectamente en esa franja de la literatura, pero no produce el insufrible efecto de estar leyendo una historia cuyo objetivo es convencer al lector de que el escritor es un tipo macanudo con una vida interesantísima.
Joaquín Díaz es muy joven (sabemos que tiene unos diez años más que una adolescente que le coquetea en el avión), pero si no supiéramos eso lo ubicaríamos cómodamente en la cuarentena. Lo vamos armando con imágenes previas de Pepe Carvalho, de Salvo Montalbano, y hasta de Lew Archer, que habla otro idioma y no tiene inquietudes literarias. Toma mucho, escribe, trabaja de periodista, y tuvo un romance apasionado con una mujer que se le fue a París, a encontrarse con el marido. Ese abandono fue valientemente reconvertido por Joaquín en literatura, primero epistolar y más adelante cuento erótico a la francesa, con heroína degradada y marido carcomido por la infamia.
Pero ocurre que la maldita amante abandónica no tuvo mejor idea, antes de irse, que regalarle al abandonado un librito de Hemingway. Ese gesto vuelve a poner a Díaz en el lugar de un personaje y a la maldita en situación de autora -porque regalar un libro es un modo de hacer literatura- inaugurándose así un nuevo relato en el que Hemingway se transforma en el mapa del tesoro que los dos deberán seguir para cumplir con sus destinos, que son literarios.
La segunda sorpresa es que Teoría del iceberg no es una novela policial, aunque al leerla el lector tenga la sensación de transitar por una. La primera escena en un cuarto de hotel en el que un hombre desnudo y atormentado por la resaca ruega en silencio que su partenaire ya se haya ido, la reconstrucción en flashback de la historia, la narración que sigue al protagonista por lugares que se vuelven sórdidos a su paso colaboran con ese aire marcadamente noir. Pero acá no hay crimen, ni policías, ni la trama depende de la solución de un misterio.
Posiblemente para dar respuesta a este enigma -el de una novela que parece policial, sin serlo- haya que invertir algunos términos. Posiblemente lo raro no es que la novela de Fornaro no sea policial, sino que los lectores nos hayamos acostumbrado a que cierto tipo de héroe se haya mudado, desde hace algún tiempo (desde Carvalho, seguramente) a la zona roja.
Nos sorprende Teoría del iceberg porque Joaquín Díaz no llega nunca a ser parte de la crónica policial. Tal vez deberíamos sorprendernos de nuestra inclinación a esperar que los revolucionarios afrancesados de ayer estén, hoy, resolviendo el crimen de algún travesti o siguiendo los pasos de una niña rica que se escapó con el auto de papá.
TEORÍA DEL ICEBERG
, de Milton Fornaro, Ediciones de la Banda Oriental, 2008, Montevideo. 110 págs.