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"El último libro" de Luis Camnitzer
Hojas perennes

En la última obra suya vista en Montevideo, un tronco conformado por miles de lápices enrababa origen y destino. La raíz del árbol era tan real como inerte; la copa, un dibujo en la pared. Aquella instalación exhibida el año pasado en el Museo Blanes en ocasión del Encuentro Regional de Arte -y antes en la Bienal de Pontevedra- aunaba monumentalidad con cálida belleza. Hablaba, como otras muchas veces en la carrera de Luis Camnitzer, de la comunicación. Este renombrado artista conceptual nacido en Alemania en 1937, criado, formado y premiado en Uruguay, y radicado en Estados Unidos desde la década del `60, está nuevamente tras un proyecto que aborda el discurso y sus soportes.

Esta vez se trata de una convocatoria global de participación libre. Bajo el nombre "El último libro", parte de la premisa de que la cultura basada en libros está llegando a su fin. La exposición quedará inaugurada en Madrid el 18 de noviembre en la entrada al Museo de la Biblioteca Nacional de España, pero recientemente fue publicado un adelanto en la revista holandesa Volume, que en su número 15 dedica 10 páginas al proyecto de Camnitzer. Nueve obras fueron seleccionadas por el consejo editorial de la revista, entre ellas las pertenecientes a Adam Bateman (EE.UU.), Barbara Roux (EE.UU.), Milton Machado (Brasil), Mandee Schroer (EE.UU.), Alejandro Thornton (Argentina), y a los uruguayos Alberto Lastreto, Álvaro Gelabert, Alejandro Turrell y Ana Tiscornia. Quienes deseen sumar una página a esta cápsula del tiempo de la imagen y el texto impresos están a tiempo, ya que el plazo de recepción fue extendido hasta el 15 de octubre.

Desde Italia, donde tiene "una casita desde la época en que no podía volver al Uruguay", Camnitzer pasa el verano boreal, baraja páginas y responde.

Las amenazas al libro.

-¿Qué idea previa se hacía de los envíos y qué lo sorprendió más, a la luz del volumen de participación obtenido?

-En realidad no tenía muchos preconceptos. Las colaboraciones se hicieron dentro de una gama que sin embargo era predecible. Algunos usaron la oportunidad para promoverse, otros se limitaron a mandar obra que normalmente producen, otros trataron de ilustrar el tema literalmente y finalmente, probablemente los más interesantes, usaron la oportunidad para crear algo en serio que se refiere a la propuesta. Lo mismo pasó con los que mandaron textos, a veces una "lección" sobre el tema, otras un poema o un cuento que evoca la desesperación. En total lo que quería lograr era llegar a un promedio cultural entre la gente que se preocupa por estas cosas y ver qué es lo que produce. Es en ese sentido un ejercicio quizás más antropológico que artístico, pero altamente satisfactorio ya que el nivel de calidad de los envíos es sorprendentemente alto.

-Usted está apostando a preservar la memoria de un formato, el libro, a través de una convocatoria que utiliza otra plataforma, la web. ¿Qué lo aferra a uno y otra?

-Bueno, hay que tener cuidado de no confundir el correo con las cartas. Estoy usando Internet como manera eficiente de enviar la información y el libro como lo que contiene la información. Si bien Internet también es un depósito que se puede equiparar a una biblioteca, es algo mucho más frágil. En su fluidez no se sabe cuánto tiempo sobrevivirá como archivo. Las páginas desaparecen y los sistemas de decodificación utilizados por las computadoras se anacronizan. La diferencia es como dejar huellas en el barro para la biblioteca y huellas en el agua para la ciber-cultura.

Pero me preocupa menos la tecnología en esto que el fundamentalismo. Fue el fundamentalismo cristiano el que quemó la biblioteca de Alejandría, el fundamentalismo musulmán el que demolió las estatuas de Buda en Afganistán, ambos fundamentalismos los que bombardearon bibliotecas en lo que fuera Yugoslavia, y las cruzadas del presente las que arrasaron con los archivos de la cultura en Iraq. El anti-intelectualismo y la celebración de la ignorancia, ambos ornados con el fanatismo religioso, determinan la política demagógica populista que parece estar de moda en los gobiernos que rigen la estabilidad del mundo. Es ahí que creo que al amenazar al libro como institución estamos también amenazando a los anticuerpos que nos equipan para sobrevivir esta crisis sin precedentes.

-Esta cápsula del tiempo, como definió al proyecto, ¿cuántas páginas de famosos, artistas o de otra índole, contiene?

-Por el momento hay cerca de 600 colaboraciones. Alguna gente la conozco, otra (la mayoría) no. No sé bien qué quiere decir famoso. No sé cuántos de los participantes ingresarán a la historia de la cultura universal ni creo que eso importe mucho. La cultura es un proceso colectivo y este proyecto es una obra colectiva.

-Obra colectiva de la cual usted es curador, compilador y editor. ¿Cuál será el criterio de ordenamiento de las páginas? ¿Qué portada llevará este último libro?

-En principio no va a haber un orden sino que las páginas van a estar compiladas al azar. En la instalación nadie verá el libro de una vez y cada mirada del libro aparecerá como un libro distinto, o sea que "El último libro" son casi infinitos libros. La edición impresa todavía no está decidida (no tengo arreglo todavía aunque hay discusiones). Allí habrá curaduría estricta y decidiré sobre la portada. Mejor dicho, ya decidí, pero no la cuento.

-La tapa se la reserva, entonces, ¿y el guión curatorial?

-El guión curatorial se basa en la arbitrariedad de lo que el curador cree que es interesante. O sea que al final de cuentas es el curador quien queda como un tarado, no los colaboradores. Y eso está muy bien.

discursos para retardados.

-¿Cómo ha sido el acuerdo con la Biblioteca Nacional de España?

-Rosa Regás, amiga y en su momento directora de la Biblioteca, me pidió un proyecto hace un par de años. Acordamos "El último libro". Ella después renunció, pero el proyecto sigue porque fue un compromiso institucional y la nueva administración también está entusiasmada con la idea. En ese sentido es un trabajo específicamente creado para Madrid y patrocinado por la Biblioteca. Me interesa que después vaya a otras bibliotecas en el mundo, aunque siempre circulando con el entendido que es el proyecto madrileño.

-Siendo éste un proyecto abierto y global, ¿cree que contribuye a confundir arte hegemónico y periférico?

-Pedí a cada colaborador que diera su país de atribución, el cual va indicado en cada página. Además es un proyecto multilingüe, respetando cada idioma en que viene la contribución. Creo que es un proyecto internacionalista y policultural, no hegemónico o confuso en ese sentido. Lo que en cierto modo se está formando es una comunidad intelectual. Fue interesante que cuando la revista Volume de Holanda recientemente eligió a nueve participantes para darles una página a cada uno, recibí como cien cartas de gente que no había sido publicada, todos felices y orgullosos por el éxito del proyecto.

-¿Qué cree que preservará que las generaciones venideras ya no tendrán?

-En realidad me interesa más el presente que el futuro, lo que importa es que tomemos conciencia de las cosas. Creo, sin ser un especialista en la materia, que hay una forma de lectura que proviene de la palabra impresa, y otra forma escaneadora de mirar las cosas. Si el libro realmente llega a desaparecer, perderemos una forma importante de lectura. La manera empleada en libros no es necesariamente superior a la otra, pero es un sistema de decodificación y de ordenamiento que nos permite pensar en una forma rigurosa. La otra, la escaneadora, trata de abarcar el máximo en una mirada y es una forma más consumidora de relacionarse con la realidad. Creo que necesitamos las dos, y la diferencia cuando se pierde la lectura de la palabra impresa ya se nota con solamente observar a los distintos gobernantes en el mundo, cómo se comportan los gobernantes que leen comparados con los que no leen.

-Todo canon es riesgoso. ¿Se anima a citar tres libros insoslayables?

-No, porque lo único que haría es dar a conocer mis limitaciones como soslayador.

-¿Cómo se vive en Nueva York en plena campaña y con recesión?

-Mal. La situación económica va empeorando todos los días sin un final en el horizonte y las campañas y discursos (salvo por ahora los de Obama, que parece que es el único que lee libros) parecen dirigidos a retardados mentales.

-¿Qué otras actividades lo ocupan en este momento?

-Más que nada son proyectos relacionados a exposiciones de mi obra. Es una actividad que parece aumentar con la vejez, cuando la perseverancia empieza a dar frutos.

NOTA: Las obras se pueden enviar a ultimolibro@gmail.com, o por correo postal a: Luis Camnitzer, 124 Susquehanna Ave., Great Neck, NY, 11021, USA.

Macarena Langleib

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