Nuevos libros viejos
Los hermosos
Hay que tener una especial sensibilidad, o falta de sensibilidad, para disfrutar las novelas de Fitzgerald. Ocurre que Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) escribió sobre los ricos, los hermosos, la flor y nata de la alta sociedad estadounidense; al parecer soy demasiado ordinario como para deslumbrarme con esas exquisiteces. Claro que sobre todo describe el fracaso de sus héroes, pero con un amor tan indisimulado que los pobretones como yo nos sentimos indiferentes, ajenos y/o fastidiados. ¿A qué tanto alboroto?, dijera Hemingway. Tienen guita, y son despiadados con los que no la tienen. Su mejor novela, El gran Gatsby, es una joya y debe ser leída; pero no voy a condenar a quienes prefieran concentrarse en el precio de las papas o en Shakespeare: es que tengo una muy especial sensibilidad para los problemas reales y una especial insensibilidad para los imaginarios. La moda, por ejemplo, a la que están tan atentos los personajes de Fitzgerald, es uno de esos problemas imaginarios a los que soy cruelmente insensible. O el buen gusto. O el glamour. Soy un pésimo lector del novelista Fitzgerald, en pocas palabras. En cambio siempre me simpatizó el hombre, bueno y generoso y muy leal a diferencia de su "amigo" Hemingway que era un traidor nato.
Escribió grandísimos cuentos, como "Babilonia revisitada" o "La última de las diosas", donde un hombre maduro se enfrenta con infinito desconsuelo a su juventud (su fuerza, su amor) dilapidada en frivolidades y crueldades de "niño mimado". Yo prefiero uno solo de sus grandes cuentos a El gran Gatsby, Tierna es la noche (con todos sus méritos, ya que incluye páginas y capítulos de gran belleza y es más madura que todas sus novelas anteriores) o a ese inacabado y otra vez inmaduro novelón titulado El último magnate.
En fin: creo que su obra maestra es El derrumbe, ese helado lamento por su vida destruida: alcoholismo, esposa internada en un manicomio, fama literaria perdida, etc. Aquí, como en sus inmortales cuentos, Fitzgerald se agiganta. No debemos olvidar que El derrumbe es una recopilación hecha por Edmund Wilson de textos diversos, mejores y peores, pero lo mejor es inmejorable: "El crack-up", "Encólese", "Manéjese con cuidado". También se lamenta de su "Éxito prematuro" que lo llevó de ser el ídolo de la era del jazz a convertirse en una piltrafa que se arrastraba por Hollywood en busca de ese guión que le devolviera el glamour de los viejos buenos tiempos. No volvió. Nada volvió. Vino la muerte.
Felipe Polleri
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