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La producción de Simon Schama
Un problema de formatos

Emma Sanguinetti

Simon Schama (Londres, 1945) ha hecho posible que la historia y el arte sean populares. Libros que se agotan, series televisivas que alcanzan récords de audiencia, conferencias repletas de jóvenes y cadenas de televisión disputándose contratos millonarios, son algunos de los logros de este historiador inglés tan hiperactivo como polémico. El último episodio de esta larga cadena de éxitos se produjo a fines del año pasado cuando -para ira de sus "serios" colegas- un Schama atlético y elegante recibía el premio Emmy por el episodio sobre Bernini de su serie televisiva The Power of Art, bajo la atenta mirada del también premiado Al Gore y del actor Robert De Niro, entre otras tantas estrellas de Hollywood.

La fórmula que ha desarrollado Schama es incompatible con la indiferencia, tanto de académicos como del gran público. Sus libros despliegan conocimiento y una prosa descollante. Su trabajo siempre despierta ansiedad, genera estímulos, y todos -tirios y troyanos- aguardan con expectativa cada nueva entrega del autor.

Un inglés americano. Schama se graduó en Historia en 1966 en el Christ College de Cambridge. En 1977 publicó su primer libro, Patriots and Liberators, un ensayo sobre la Revolución Francesa que ganó el premio Wolfson de Historia.

Pero el ambiente académico de Cambridge y Oxford, resultaba poco estimulante y emprendedor para el joven historiador, por lo que decidió cruzar el Océano Atlántico y aterrizó en Harvard. Fue en Estados Unidos, donde su ensayo Citizens (1989) sobre el origen del terror en la revolución francesa, se vendió como pan caliente y recibió tantos elogios como acusaciones y críticas.

Lentamente, su fuerte personalidad y su carácter retador se fueron asentando, pero con resultados dispares. Certezas absolutas (1991) se vendió poco y su enfoque especulativo-diletante sobre los límites entre la ficción y la realidad cosechó miradas indiferentes, por más que se recuperó enseguida con el éxito comercial de Landscape and Memory (1995), en donde exploró las relaciones entre el paisaje como conciencia colectiva y las leyendas populares.

Sin embargo, fue con el arte y no con la historia que el trabajo de Schama comenzó a alcanzar al gran público, cuando en 1995 se convirtió en el crítico de la prestigiosa revista The New Yorker. Al año siguiente ganó el National Award Magazine a la crítica y el ensayo.

Con la controversial biografía Los ojos de Rembrandt (1999), volvió a alborotar el avispero. Y no era para menos, Los ojos… es un monumental libro de 814 páginas en el que Schama -cual Baco lanzado a los excesos- combina una apabullante erudición con técnicas de ficción poco ortodoxas para el género. Por citar un ejemplo, el biografiado recién aparece en la página 219, porque en los primeros cientos de páginas está la vida del flamenco Peter Paul Rubens, a quien Schama considera algo así como un parangón para Rembrandt. Según algunos, Schama enloqueció; según otros, planteó vínculos hasta ahora no explorados.

Historia, arte y televisión. En el año 2000, el hijo pródigo regresó cargado de éxitos y un suculento contrato con la cadena BBC para guionar y conducir una serie sobre la historia de Inglaterra, como parte de las celebraciones del milenio.

El paso debe ser sopesado en su real dimensión; que el historiador cambie los libros por la pantalla chica no es nada nuevo para los ingleses. En 1966, Sir Kenneth Clark, el historiador del arte inglés más prestigioso del siglo XX, director de la National Gallery y trustee del British Museum, entre otras cosas, escribió y condujo la mítica serie de la BBC Civilization: a personal view, en la que contaba la historia de Occidente a través del arte.

Pero Schama fue más allá, porque el éxito televisivo de A History of Britain terminó convirtiéndose en tres libros. Algo inusual: invirtió el proceso y saltó del formato televisivo al formato libro. No cabría objetar el cambio si cada medio conservara su carácter y su lenguaje, que son bien diferentes. Lamentablemente ello no sucede, al menos en los libros. La serie no ha sido programada en los canales de cable, solo está disponible en DVD en Internet.

Auge y caída del Imperio Británico 1776-2000 es el tercer volumen y no está a la altura de la firma que luce su portada. Sus principales debilidades radican en que el autor se limitó a desarrollar el texto con ciertas florituras literarias, lo que en realidad es un guión de televisión. El enfoque se percibe marcado por el ritmo de la imagen, al grado de que durante la lectura hay momentos en los que la cadencia preanuncia el pie para el corte, dejando a la luz las tiránicas exigencias de espacio y tiempo, tan propias de los medios audiovisuales.

Pero además suceden cosas raras. Los avatares de las guerras napoleónicas que tantas consecuencias produjeron en el campo político, social y económico en Inglaterra, tan solo valen para Schama unas cuantas menciones, mientras que los senderos, acantilados y pueblillos que recorrían los diputados whigs durante la moda del paseo romántico, merecen más de siete páginas. La sensación no es estimulante; un libro es un libro, un lugar donde el lector busca contexto, profundidad, información relevante. Pero cuando hay un texto condicionado por las prioridades de las locaciones o los golpes de efecto sin argumentación propios del formato televisivo, la cosa no funciona.

No sería tan grave si la fórmula hubiera sido un hecho aislado, pero no fue así. En 2003, Schama firmó un nuevo contrato con la BBC, conjunta y concomitantemente con la editorial Harper Collins, para que esta vez serie y libro salieran juntos. Cabe mencionar que se trató del contrato mejor pagado en la historia de Inglaterra a un historiador: 5 millones y medio de dólares. La serie y los libros se llamaron Rough Crossing y trata de los vínculos y relaciones entre los dos mundos sajones, e incluye episodios sobre Pocahontas, la esclavitud y el hambre irlandesa durante la "revolución de la papa", entre otros.

En 2006 nuevamente se impuso el esquema serie/libro/DVD, con The Power of Art, un libro -aun no disponible en Uruguay- y ocho episodios que se podrían llegar a ver en los canales de cable culturales.

No parece compatible esta combinación de formatos, un multimedia de productos que pretende abarcar demasiado. Hasta ahora viene perdiendo el libro a favor de la irreprochable calidad de las series televisivas.

Simon Schama

Churchill

POR SUPUESTO, Churchill se había recreado en la oratoria durante toda su vida desde que en noviembre de 1894 se subiera a la tarima improvisada sobre las cortinas de la señora Ormiston Chant, en el Empire de Leicester Square, y sin lugar a dudas desde que se graduó con honores en la escuela de la manipulación verbal de Lloyd George. Ocasionalmente, o quizá más que ocasionalmente, había sido culpable de desvergonzada fanfarronería; a veces tratando de alcanzar una dicción y cadencia shakespearianas había llegado demasiado lejos, y el efecto obtenido era una hueca rimbombancia. Pero todo eso cambió en mayo de 1940. Churchill sintió que, de una manera especial, estaba poseído por la historia de su nación. Esto le dio la fuerza y la sinceridad necesarias para hacer que millones de británicos sintieran, al escucharlo, que también ellos, sin ni siquiera buscarlo, se habían convertido en la encarnación de la voluntad británica de resistir en libertad. De sangre azul o no, Churchill tenía un oído casi perfecto par lo que el pueblo necesitaba oír. Este no era un logro despreciable en un país en el que las divisiones sociales venían marcadas, sobre todo, por el acento y las modalidades lingüísticas. Pero la dicción de Churchill, por mas romántica y altisonante que resultase, nunca fue de clase alta en el sentido de que tuviera el timbre de la flor y nata de la sociedad, y mucho menos el sutil refinamiento del Oxbridge filosófico. El hecho de que su voz fuera tan peculiar-a veces un gruñido, un rumor, una risa sofocada, un súbito descenso vocal y, otras, un grito estridente- , la alejaba de toda especificación evidente de clase, y la convertía en una voz, sino exactamente del pueblo, al menos para el pueblo; en cierto modo, era grandiosa y familiar, aristocrática y democrática."

(Extraído de Auge y caída del Imperio Británico 1776-2000)

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