¿Quién puede hacer un Canon tipo Harold Bloom?
¿Quién está capacitado para hacer una lista de lo
mejor de la literatura uruguaya, en realidad? Sin el
sesgo etnocéntrico, escandaloso hasta la ostentación,
que le imprimió Bloom. Que trabajó para él, no para
otros: "primero desato la poémica y después me
vendo". La cultura actual es demasiado pop para que
las letras orientales asuman un perfil destacado. ¿Qué
se han hecho los críticos que formularon el Uruguay
actual? Se refugian en las corporaciones, el ambiente
universitario y las revistas y páginas especializadas
pero no acceden a las vidrieras. La televisión sólo
admite, con excepciones, lo banal. El resto se retrae.
Antes por lo menos contaban con las candilejas del
café. Alberto Zum Felde tenía un altar propio. Los
gestores de la Generación del 45 armaron una fogata:
el fuego se divisaba de lejos. ¿Dónde está la nueva
gente? ¿En la trinchera? En pleno lugar del combate
siguen Alsina Thevenet, Jorge Abbondanza e incluso
Pablo Rocca. ¿Y los demás? ¿Quién puede hacer una
selección confiable y creíble del quehacer literario?
Quedan proscritos los adeptos a la informática. Se
informan en dos minutos y se equivocan en uno. Se
desconfía de los modernistas, también. ¿Quién es
capaz de asumir un Canon, entonces? Alguien serio
(pero no aburrido), bien informado, creíble.
¿Independiente? Lo independiente que se pueda,
aunque todo el mundo tiene su capilla con círculos
concéntricos y el corazón expuesto. ¿Jorge Arbeleche
puede hacer el Canon? Es de los pocos que puede.
—Arbeleche, ¿quiénes deben ir y quiénes no en la
lista?
—Hay que hacer algunos reacomodos antes. Hay
figuras que tienen mala prensa o menos prensa de los
que debieran. Podemos empezar por ahí.
—¿Para irritar?
—Para sedimentar.
—De acuerdo. ¿A quiénes perjudicó la prensa,
entonces? Descuento que usa una metáfora.
—La Generación del 45 tiene mucho que ver con eso.
Fue hipercrítica, lo que no está mal, pero de pronto no
fue justa.
—Usó el gamezán como sistema. Y tuvo la virtud de
incinerar la chirca cultivada por la generación anterior.
Aquello de yo te elogio a ti y tú me elogias a mí. Que es
la mejor forma de hacer caja, pero muy dañina desde
el punto de vista cultural.
—Terminó con las chircas, de acuerdo. Y estableció
pautas, enseñó una nueva forma de ver la literatura.
Hubo críticos y docentes excepcionales como
Rodríguez Monegal, Angel Rama y Real de Azúa. Pero
se pasaron de rígidos y dejaron al país huérfanos de
referentes. Y los referentes son mucho más que un
valor literario.
—Quedamos sin referentes, entonces.
—Sin referentes inmediatos, que son los que arman la
cadena. Ellos tomaron como referente único a la
Generación del 900: todo lo que estaba lejos. Lo más
distante posible. Tenían buen paladar y no se
equivocaron en el gusto. Pero fueron arbitrarios.
—¿Qué hicieron bien?
—Varias cosas. Entre ellas no seguir mirándose el
ombligo. Enseñaron a mirar hacia afuera.
EL CATALEJO
—Y lo hicieron con gran éxito. Yo, que pertenezco a la
generación siguiente, sólo valoraba lo de afuera. Me
mostraron las luces de Nueva York y de París y
subvalué el paisaje nacional. Tuvo que morir Juan
José Morosoli para empezar a saldar la deuda.
—En los 50, algunos a finales de los 40, los
intelectuales nacionales descubren el mundo. Emir
Rodríguez Monegal, primero, Angel Rama después
son los pilares de la nueva mirada internacional. Emir
valoriza lo anglosajón y Rama, después, lo
latinoamericano. Pero dijiste algo de Morosoli.
—Que cuando él muere descubro la literatura nacional.
Me hago cargo de mi omisión. La literatura estaba pero
no la sabía ver. Visca le dedica una doble página a
Morosoli en EL PAIS Y allí leo algunos fragmentos de
su narrativa. Insisto en mi culpa. Pierdo los prejuicios
de golpe. Sólo con algunos escritores extranjeros
había sentido una cosa igual.
—No era sólo tu culpa. La gente del 45 no trabajó
debidamente a Morosoli. Yo alguna vez dije que si
hubiera tenido más marketing Morosoli hubiera sido
un Rulfo. Y digo un Rulfo.
—Por algo.
—Por mucho. Comparten la misma estructura de la
parquedad, esa cosa austera. Ambos son grandes
narradores y pintan con concisión y un lenguaje casi
mínimo una realidad, ¿mágica?, que se sostiene sola.
Por eso rumbeé hacia Rulfo cuando hablo de Morosoli.
—De pronto aparece un Arbeleche nativista.
—(Risas). Está bien, porque yo nunca me tuve que
plantear la dicotomía entre lo urbano y lo rural. Por eso
lo decís, por el pintoresquismo de rumbear. (Risas de
vuelta). La Generación del 45 de alguna forma
desaprovechó a Morosoli que pertenece a una
generación anterior.
—Pero es posterior a la del 900. Y hacia ahí
enfocaron...
—No sólo por eso. También en el 900 pasaron por alto
a alguien, que en parte por ese desdén, diría aunque
es un término fuerte, ahora también se lo mira de
soslayo. Hablo de Rodó. En la actualidad lo miran
como si fuera una figura de bronce.
—De granito sería más apropiado.
—(Risas). Desde luego.
—Me incluyo en esa apreciación de costado, como de
desconfianza. Y eso que conozco su dimensión y su
alcance. Por razones periodísticas recorro América
Central y el Caribe cuando entran en erupción las
repúblicas bananeras. A finales de los 60, 70, en esas
latitudes, el único uruguayo que conocen es a Rodó. El
único que respetan cuando en Uruguay nadie se
acuerda de él. Lo tienen, para usar un concepto que
usaste, como un referente.
—Así es.
—Lo respetan afuera. ¿Y aquí qué pasa? ¿Por qué no
existe? ¿Por qué lo confunden con la cultura oficial?
—Pero Rodó no fue tan oficial, desde el momento que
no contó con el apoyo de Batlle y Ordóñez cuando se
marcha a Europa. Incluso fue contestatario, contrario al
Colegiado. Un intelectual del todo comprometido con
su tiempo.
—Y con América Latina.
EJERCICIO
—Por eso el eco continental se mantiene.
—Pero el nacional se difumó del todo. ¿Por qué?
—Porque se le pide algo anacrónico. Se le aplican
pautas que no condicen con sus circunstancias ni con
su contexto.
—Eso es anacronismo, claro. ¿Qué Rodó buscan?
—Hay muchos Rodó. Está el Rodó americanista, que
idealizó demasiado pero apostó a esa carta. El Rodó
de páginas memorables. Hay un enorme brillo en
parte de "El Mirador de Próspero". "Motivos de Proteo"
es un poco más arduo. Se destacan también sus
últimos libros, "El Camino de Paros" tiene páginas
espléndidas.
—¿No es demasiado "heavy"? En el sentido del
exceso. Y de lo monolítico.
—Yo lo sigo defendiendo. No quiero decir con esto que
sea un escritor actual. Hay diferencia entre ser vigente
y ser actual. El discurso de Rodó sigue siendo vigente.
—¿También su lenguaje? ¿No es algo pomposo o
retórico?
—Tiene momentos de una gran precisión. En una de
las parábolas de "Motivos de Proteo" se ocupa de la
"Despedida de Gorgias". Con una economía de
mercado, como dicen ahora, puntualiza lo siguiente:
"Gorgias ha enseñado en la ciudad que fue su cuna,
nueva filosofía. La suspicacia, la delación, han hecho
que ella ofenda y atemorice a poderosos. Borgias va a
morir".
—De memoria y hasta con los puntos y las comas.
Arbeleche, eso es un despliegue. Pero es cierto ahí
aparece un Rodó duro y vigente.
—Siempre me impresionó, desde la primera lectura, la
rotundidad de esa presentación. Rodó es una de esas
figuras que no se pueden echar al cajón y después
cerrarlo. Eso se hizo a nivel nacional. Lo mismo se
hizo a nivel internacional con Darío. Se lo arrinconó. En
el Uruguay, no en el extranjero.
—Le acaban de hacer una especie de homenaje en el
Congreso de Rosario. Se le dio el lugar de una piedra
angular en el idioma. Desde la poesía refunda el
español. Lo airea. Estuviste en Rosario. ¿No fue así?
—Lo fue. Darío actualmente es un autor que se da en
el liceo pero no se lee.
—Se daba en mi época y no sé si se lo leía.
—Pero era una ventana abierta en un habitación
oscura.
—Volvamos a los del 45. ¿No iluminaron más los
fundamentos del país? Con seriedad.
BIEN CERCA
—Sin lugar a dudas. Capaz que demasiado serios.
Pienso en Sara de Ibáñez. El entorno impedía que
despertara estremecimientos. Y era y sigue siendo
una gran poeta.
—Con un marido en la misma competencia, como se
decía entonces con cierta maldad.
—¿Cierta? Yo creo que Roberto Ibáñez fue también un
gran poeta.
—Y una autovaloración excedida. Fui alumno suyo en
Humanidades y algo amarillo como un nimbo
oscurecía su cabeza.
—Pero fue un intelectual muy importante: crítico,
ensayista, docente. En lo personal incidió mucho en
mí, que era un profesor joven y un escritor novato. Me
advirtió sobre aspectos fundamentales.
—Lo personal de tu relación te impedía ver su ego
¿puede decirse?
—No, para nada, era un poco inocente.
—De todo inocente. Por eso no ocultaba su aura
indiscreta. Y me consta que me tiro encima a su
familia y sus alumnos. Pero no le falto el respeto.
—Se habla poco de Sara, ahora. Y también poco de
Clara Silva, que no debe caer en el olvido.
—Y que también tenía problemas de desenfoque y de
inocencia. No era fácil ser la mujer de Zum Felde, pero
resultaba malsano rehuir los reflectores.
—Tenía un aire como de sacerdotisa y era una mujer
hermosa.
—Muy hermosa. Fallaba un poco de piernas.
—(Risas). Eso no es una mirada, es una radiografía.
—A Clara se la leía y se la veía. ¿Y qué pasaba con su
hermanita, solitaria y rodeada de gatos? Y su obsesión
pueril por ganar un Nobel.
—No hacía pie en la realidad. Logra destellos en su
poesía, escribe algunos versos rutilantes, pero no
alcanza la coherencia final que un texto de arte debe
tener.
—Le daba por el jardín como a Marosa (di Giorgio) por
el huerto.
—Pero Marosa es una de las grandes. Construyó un
mundo, organizó conceptualmente su fantasía,
trascendió.
—Es obvio. No quiero minimizar a di Giorgio, sólo
marcar la compartida predilección por la exuberancia
vegetal. Pero continuemos con las omisiones, por
favor.
—Carlos Sabat Ercasty, por ejemplo, que es excesivo,
y a veces, muy excesivo.
—(Risas). Es realmente muy. Pero Neruda lo destaca
como antecedente suyo.
—A eso iba. Le hace justicia. Creo que respecto a
mucho gente existe una mala memoria o un recuerdo
confuso. Sucede hasta con Fernán Silva Valdés, que
se lo escolarizó demasiado. Su famoso poema del
indio pertenece hace años al imaginario popular.
"Venía no se sabe de donde, usaba...".
—Y se atribuye a otros, o a todos. ¿Por qué se lo
asocia con Zorrilla?
—"Zorrilla es otra cosa", dice Arbeleche muy rápido.
¿Hay algo de disgusto en su voz? "Se lo asocia por
‘Tabaré’. Pero nada que ver. Es el caso de las
canciones de cuna de Juana (de Ibarbourou). "La loba,
la loba,", etc. Llegan a sentirse como de autor
anónimo. Y Juana las publicó en el 42 (1942). Allí logra
un puente de comunicación con el lector como pocos
escritores tuvieron. Integran el acervo infantil. Silva
Valdés integra el acervo popular.
—¿Quiénes más marchan por fuera del andarivel?
—Ni siquiera eso. Basso Maglio que es un pintor
interesante. Y Alvaro Figueredo. Y Pedro Piccatto.
—Arbeleche se pasó a la espeleología, me temo. Bajo
el sol, bien expuesto, están Falco y Cunha. La
Generación del 45 se solazó con ambos.
—Son excelentes.
—Sin duda. Pero no fueron los únicos. Casi lo fueron.
¿Qué pasó con Juana? No era la nena mimada de esa
Generación. Era la nena mimada de ella misma.
—Cuando se publica Capítulo Oriental, al final de los
60, como que se acuerdan de Juana y le dedican un
volumen entero. Al cumplirse los 50 años de la
publicación de "Las lenguas de Diamante" sale un
recuadro de Rama, en otra doble página de EL PAIS,
donde se ajustan cuentas.
—Parámetros que planean incluso por encima del
valor intrínseco. Anidan en el imaginario colectivo y no
se pueden desterrar sin daño. Por eso hablaste de un
defecto de la Generación del 45: podar varios
parámetros válidos. Pero construyen otros. Benedetti
es uno de ellos. ¿Qué une a Benedetti con su legión
de lectores? Son muchos para no verlos Y no es sólo
una coincidencia política. Ni siquiera es eso.
—Yo creo que es una cuestión de dimensión, de
escala. Benedetti y Montevideo se corresponden.
Comparten un nivel entre humano y cálido, un sentido
de lo cotidiano, lo inmediato.
—¿Ciertos códigos de ética?
—También.
—¿Pero qué pasa con los parámetros que se
borraron? ¿Por qué siempre son, los críticos antes que
todo, y Falco y Cunha, y Vilariño, y de pronto Mario
Arregui. ¿Y los otros?
—Existe una tendencia a la repetición. Se reiteran los
mismos nombres y quedan incorporados para
siempre. Y se borran los otros. Y no se trata de calidad.
La poesía no puede medirse, incluso. ¿Quién se
acuerda hoy de Yamandú Rodríguez? ¿Qué pasó con
Serafín J. García?
—"Tacuruses" fue el gran best-seller uruguayo. ¿No es
el texto más leído de la literatura nacional?
—Claro que sí. Y se filtró en el folklore con Los
Olimareños. "El Orejano" es de Serafín J. García.
—¿Dónde aterrizaron algunos que fueron grandes
cuando empieza el siglo?
—María Eugenia tiene una obra exigua e irregular, pero
6 o 7 poemas suyos son extraordinarios. Ejerzamos
una mirada más global, de aliento más grande. Carlos
Brandy ha quedado un poco apartado. A Taco Larreta
se lo arrincona en el crítico y en el teatro y es un
narrador de primera. Benedetti fue un crítico
importante, también. Y Real de Azúa fue un lucero.
Ellos y otros formaron las primeras generaciones del
IPA y de Humanidades.
—A Paco (Espínola) lo respetaron todos. ¿A quién
más?
—Felisberto (Hernández) burló el instinto del
Rodríguez Monegal, que lo desestimó. José Pedro
Díaz y Rama lo supieron ver de entrada. Idea Vilariño
es otro autor con puente propio para los lectores.
Sobre todo en sus poesías de amor. Amanda
Berenguer para mí sigue siendo la mejor de su
generación.
—Y no hablamos de Martínez Moreno.
—Que fue otro crítico de relieve. Y dejó una narrativa
que se expande. Y están Circe Maia, y Nancy Bacelo.
—Y el mundo que detectó Visca. ¿O no? Decir que tuvo
mal ojo sería ofensivo.
—Hay que decir que tuvo ojos y lentes. Pero operó
desde fuera de la generación del 45. Otro que fue
importante, desprolijo pero importante, fue Guido
Castillo.
—¿Y qué acaece después?
—Yo diría que la contemporaneidad.
—Si nos quedamos a ese nivel lo que hicimos fue casi
arqueología.
—Formulamos una especie de Canon, con referentes
muy lejanos. ¿No suena bien uruguayo?