Domingo 2 de enero de 2005 | Año 87 - Nº 29956
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POR MIGUEL CARBAJAL
La movida cultural

Cuando el mundo latía en el Sorocabana y París mantenía una vía directa con Montevideo

En el Sorocabana se discutía más sobre existencialismo que en las terrazas cerradas con cristales hexagonales de los bares de moda en Saint-Germain-des-Prés. Si se miraban distraídamente las mesas de mármol blanco y las butacas de ebanistería y se atisbaba a través de los enormes ventanales el aire francés de la Plaza de Cagancha se podía creer que en cualquier momento entrarían separados pero juntos Jean-Paul-Sartre y Simone de Beauvoir, dispuestos a compartir un momento de charla.

Sartre no inventó el "Existencialismo" pero fue su tesón y sobre todo su prestigio, el que lo instaló dentro del campo literario, al mismo tiempo que lo manejó en el terreno de las ideas. Esa doctrina filosófica de corte pesimista, gélida y atea equiparó lo absoluto con el absurdo. Albert Camus, que terminó convirtiéndose en el enemigo frontal de Sartre y el único capaz de manotearle la corona de laurel que llevaba incrustada en la frente desde sus años mozos, tildaba a la actitud existencial como suicidio filosófico.

La de Sartre y Camus fue una guerrilla con contrincantes preparados para combatir en la jungla urbana. El primero era parisino aunque siempre gustó mostrarse como un bohemio de provincia al que no le interesaban ni la ropa ni el aspecto físico: un miope casi bizco escudado detrás de unos lentes de aumento que acentuaban el costado muerto de su mirada. El segundo era un argelino criado en un hogar obrero que no bien pudo se trasladó a París donde rápidamente incorporó la ropa de medida y los modales de la clase alta. Sartre se despreocupaba de su falta de prestancia, en parte porque la estética no figuraba entre sus valores preferidos, en parte porque muy pronto demostró ser un seductor marginal como Borges pero con un apetito más voraz. Camus por el contrario era consciente de las ventajas de su fotogenia y lo que podía obtener a través de ella.

Sartre disfrutó siempre las mieles del Olimpo. Fue un profesor admirado y aclamado por sus discípulos, el fundador de "Les Temps Modernes", y un pensador de fuste. Sus amores con Simone Beauvoir eran libres, abiertos, provocativos. En cualquier otro lado hubieran resultado escandalosos. En París eran una atracción turística digna de figurar en la Guía Micheline. Vivían en casas separadas, se intercambiaban amantes, mantenían una relación epistolar que se recogía en las revistas literarias, y pasaban por ser los popes de la intelectualidad de izquierda. Las opiniones de Sartre tenían un valor mediático que no poseía ninguna otra figura de su época: estuvo contra la intervención norteamericana en Vietnam, contra la invasión rusa en Checoslovaquia, contra el colonialismo francés, contra las pruebas nucleares, contra ciertas actitudes israelíes. Respaldó y rechazó a Stalin sucesivamente. Era siempre el primero en apoyar las campañas por los derechos humanos. Le escribía cartas de protesta a de Gaulle (cuando Francia instituyó el concepto que la justicia sólo era materia de Estado al negarle un asiento francés al Tribunal Russell) que concitaban respuestas dirigidas a "mi querido Maestro". Se apresuró muchas veces y se equivocó otras tantas pero nunca atentó contra su integridad moral. Fue un gran gesto de desplante, y seguramente nunca persiguió la riqueza, pero hay que tener mucho coraje para rechazar, como lo hizo, los tesoros monetarios del Premio Nobel.

GUERRA FRIA. Su eterno rival, Camus, ya lo había recibido en 1957 y las crónicas mundanas registran que el suyo fue el smoking mejor llevado en toda la historia de la Academia Suecia. El elogio circuló en vida de Camus y le arrancó sonrisas a su cara de galán. Pero nadie se animó a comentárselo a Sartre, entonces en pleno usufructo de su gloria. Dos pensadores, dos escritores de éxito, dos ambiciosos se dividían los favores del público francés en los Cincuenta. "La peste" y "El extranjero" o "El mito de Sísifo" y "Calígula" de Camus competían en "La náusea", los tres temas de "Los caminos de la libertad", el famoso "San Genet" o las piezas teatrales de Sartre, en tren de igualdad. Aunque los lectores nunca podían olvidar que Sartre era el poder en el trono. Y Camus el deseo del poder. El paso del tiempo ha tratado de manera disímil la obra de ambos autores. La de Sartre está como en "by-pass". Fue decisiva y removedora mientras vivió la usina política que la alimentaba. Ahora pesa poco. La desaparición temprana de Camus, su éxito precoz, sus actitudes nihilistas lo alejaron muy pronto de la consideración masiva. Ambos escribían para elites, pero las de Sartre no sólo eran los cenáculos artísticos del Barrio Latino sino también las pobladas filas universitarias. Podía ser árido desde el punto de vista literario pero lo matizaba con el colorido y la promiscuidad de su vida privada. Camus parecía haberse deslizado en el olvido cuando la publicación de "El primer hombre", una obra póstuma cuyo manuscrito fue encontrado entre los hierros retorcidos del auto en el que perdió la vida, demostró a mediados del Noventa la vigencia de su talante creativo. ¿Seguirán compitiendo en el futuro?

Un escritor, Sartre, era la antorcha publicitaria de Francia hace cincuenta años atrás. Resultaba ser un fenómeno extraño contrario a todos los vaticinios. Durante todo el siglo se había dictaminado que la novela había muerto, pese a varias pruebas en contrario. Mantener semejante juicio en momentos en que vivían y producían genios como Proust, Joyce y Kafka sonaba bastante a dislate. En realidad lo que se quería insinuar era otra cosa. El rumor del fallecimiento nació en el XIX con la fuerza y el articulado de un silogismo: si "Madame Bovary" era la otra maestra (lo sigue siendo) y los rusos habían convertido a la novela en un friso sicológico e histórico insuperable lo único que podía venir a continuación era su sustitución por un género nuevo.

No resultó así. ¿Quién podía superar el talento abarcador de Tolstoi y la profundidad sicoanalítica de Dostoyevski? ¿Quién podía alcanzar los niveles estilíticos de Flaubert? ¿Era imaginable una saga tipo "La Comedie Humaine"?, a lo Balzac. Los propios escritores salieron a zanjar esas dudas. Se habían jugado las cartas de la novela de gesta, de la burguesa, de la histórica, de la de tesis, de la autobiográfica y otras tantas variantes más. Aparecieron otras alternativas y se renovó el milagro. Un conteo somero permite apreciar una verdadera cadena biológica. Los norteamericanos, los ingleses que están otra vez en un momento de auge, los alemanes, los italianos, los latinoamericanos, los japoneses enhebraron apogeos alrededor de la novela. En algunos casos y desde otra óptica se erigían referentes apoyados en el talento propio pero también en el marketing. Ernest Hemingway fue uno de ellos. Desestimó el costado político y social de Sartre y se dedicó a cultivar un costado aventurero y mundano. Se codeaba con los toreros, mantenía romances supuestos y de los otros con estrellas de Hollywood como Marlene Dietrich, gustaba de la caza mayor, se perdía en Africa, sufría accidentes que se convertían en portadas de los diarios, se decía un cliente notorio del Ritz y hasta se inventó un lugar entre los primeros reporteros que llegaron para la Liberación de París. Gracias a su instinto de vendedor de literatura ocupaba espacios de atención que de a poco había perdido en manos del cine.



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