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CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
El 2008 será, por diversos motivos, un año para recordar. La polvareda de la crisis más profunda de la posguerra oculta un hecho político trascendental: la democracia moderna más antigua del mundo dio nuevamente a luz una contienda electoral ejemplar. Su ganador, el presidente electo Barack Obama, sintetiza hechos que trascienden los alcances de su plataforma de gobierno. Representa ni más ni menos que la odisea de un ciudadano común, de color, que por mérito propio llega a la presidencia del país más poderoso del mundo. Esa peripecia individual fue posibilitada por un sistema que a la larga permite la movilidad vertical no solo en lo económico, sino también en lo político. Derrumbadas quedaron las tutorías de las máquinas partidarias promoviendo candidatos. También se cerró definitivamente el ciclo donde la raza es un impedimento para alcanzar cualquier magistratura, incluso la más alta. Dentro de poco, habrá en la Casa Blanca una familia de color viviendo como residente y no en el papel de sirvientes. Mirando el camino que la sociedad norteamericana ha recorrido, no queda más que agregar una nota de regocijo, esperanzados por lo que se puede lograr a través del funcionamiento de sociedades abiertas, donde la libertad y el respeto del individuo son sus pilares básicos.
La crisis actual también pondrá a prueba a una administración cargada de compromisos electorales, en su mayoría atendibles pero quizás inalcanzables en el corto plazo. Para Estados Unidos, la instrumentación de su agenda económica interna depende, en gran parte, de la resolución de temas vinculados al ámbito internacional. Quizás siempre haya sido así, pues las autarquías en esta materia son un hecho excepcional y de duración corta. Pero hoy más que nunca, el marco externo se torna doméstico y viceversa, y es en ese campo sin fronteras donde la política económica debe necesariamente instrumentarse.
En ese sentido, las nominaciones de Timothy Geithner y Larry Summers como Secretario del Tesoro y Director del Consejo Nacional de Economía, dotan a la nueva administración de profesionales afines con esa visión. En el año 1994, ambos operaron dentro de la administración Clinton en la resolución de la crisis del Tequila, pasando luego por la del sudeste asiático. Hoy, Geithner continúa en menesteres similares como presidente del la Reserva Federal de New York, en tanto que Summers desde el arranque de la crisis se ha posicionado como un activista en la resolución de estos eventos, señalando que el riesgo mayor es no actuar o ser tacaño en el alcance de las medidas.
CÚALES POLÍTICAS. La política económica de la administración Obama tendrá que resolver varios desafíos.
Primero, los de corto plazo, en particular los conectados con la recuperación de la estabilidad del sistema financiero norteamericano. La salida de la crisis pasa por la recomposición de la oferta de crédito, hecho imposible bajo las circunstancias actuales. Su inestabilidad también se irradia hacia el resto del mundo manteniendo una alta aversión al riesgo y fomentando el comportamiento de rebaño de los agentes económicos. Cualquier mala noticia genera estampidas que agregan volatilidad a las valuaciones de activos y, por ende, retraen la toma de decisiones profundizando la recesión económica.
Sin duda que la resolución de otros aspectos de su agenda interna también integrarán parte de su accionar inmediato. Como ejemplo entre otros, la crisis del sector automovilístico sirve de muestra. Desde hace tiempo tenía su final preanunciado por una mezcla de altos costos de producción, y estrategias equivocadas en el desarrollo de sus modelos cuyo resultado es la fabricación de vehículos de alto consumo de combustible. Los hechos actuales aceleraron la crisis de un sector clave en la generación de empleo. Esto ubica a la nueva administración en la posición difícil de atender reclamos sectoriales -algunos que emanan de promesas electorales- junto a la necesidad de obtener el compromiso de su reestructura previo al otorgamiento de un paquete de ayuda. Esto es una muestra del tipo de problemas que deberá solucionar, junto a la consolidación del sector financiero.
Segundo, y quizás como desafío mayor, se requiere incentivar un cambio estructural profundo en el funcionamiento de la economía global. La crisis actual no puede achacarse exclusivamente a la codicia desbocada de un grupo de banqueros actuando bajo marcos regulatorios insuficientes. Estos constituyeron la yesca que encendió una situación de desequilibrio global insostenible. En tal sentido, nos afiliamos a que el mundo estuvo generando un exceso de ahorro, cuyo receptor mayor ha sido Estados Unidos. Los países superavitarios son aquellos que consumen menos de lo que producen. Contablemente, implica que el saldo de su cuenta corriente con el resto del mundo es positivo. Por definición ese saldo es la suma de sus exportaciones netas de importaciones y acumulación de reservas. Los países deficitarios, el caso más notable es Estados Unidos, también por definición están en una situación inversa. Consumen más de lo que producen, su cuenta corriente es deficitaria y aumentan su endeudamiento.
Ese exceso de ahorro ahogó al mundo desarrollado en liquidez, bajando las tasas de interés reales a niveles nunca vistos, facilitando así todo tipo de inversiones especulativas, incluidas la formación de burbujas en el sector inmobiliario. A escala distinta, pero con la misma lógica los resultados pueden asimilarse a los de la "plata dulce" que aquejaron a algunas economías emergentes en un pasado no tan lejano.
Y como subproducto, la mayoría de los países en desarrollo se engancharon en ese proceso aumentando sus exportaciones de materias primas en valor y volumen, incentivando niveles de crecimiento muy por encima de su tendencia histórica.
En resumen, el desafío es reequilibrar el sistema a escala mundial haciendo que los países con exceso de ahorro consuman más, generando el espacio suficiente para que naciones como Estados Unidos puedan aumentar sus exportaciones netas y, al mismo tiempo, que las economías en desarrollo puedan mantener sus estrategias de crecimiento apoyadas en la dinámica exportadora.
Para ello se deben cumplir varias condiciones básicas. La primera es la expansión fiscal en los países con exceso de ahorro junto con un realineamiento de sus tipos de cambio, permitiendo la revaluación gradual de sus monedas. China ha comenzado ese proceso, pero falta que se agregue Japón. En segundo término, preservar y, en lo posible, profundizar la apertura comercial sin cortapisas. Más que nunca, la ronda multilateral de comercio de Doha debe rescatarse como señal que dicha apertura sigue siendo una asignatura pendiente. En Estados Unidos en el período preelectoral estuvieron sobrevolando tentaciones proteccionistas. La nominación de Geithner así como la de Richardson como Secretario de Comercio estarían diluyendo esa alternativa.
Por último, resta recordar que este recorrido complejo se transita sin traumas y genera resultados cuando impera un ámbito de cooperación internacional. Eso implica generar liderazgo a través de la persuasión, distribuyendo la carga del ajuste con equidad y entregando espacio de maniobra a las otras partes. Eso implica que Estados Unidos debe abandonar su visión unilateral de resolver conflictos y buscar soluciones, abrazando nuevamente los preceptos del multilateralismo.
LOS PAÍSES EMERGENTES. Los países emergentes son el eslabón más débil en esta secuencia de ajustes. Su dependencia endémica del ahorro externo para el financiamiento de inversiones y de capital de giro es una vulnerabilidad aun no resuelta, que penaliza su nivel de actividad. A ello se suma el tamaño pequeño de sus mercados domésticos lo que, por definición, implica que la estrategia exportadora es la mejor salida para crecer sostenidamente.
La alta volatilidad en los valores de su deuda pública y corporativa muestra que los sucesos en los países centrales se amplifican, aumentando el costo del crédito. Al mismo tiempo, aplica presión en sus mercados cambiarios, ante las expectativas adversas que genera la incertidumbre. Eso crea escenarios donde reina la volatilidad en todas sus expresiones.
La disponibilidad de liquidez, aunque solo sea en el anuncio, es la mejor manera de aplacar expectativas. En tal sentido, se han dado pasos en la dirección correcta por parte de la Reserva Federal que aprobó líneas de liquidez para algunos países emergentes importantes, entre ellos Brasil. Pero el sistema debe ser generalizado para evitar asimetrías que solo incentivan una mayor volatilidad latente.
En esto también la administración Obama tendrá que dar una mirada fresca al tema, por lo que implica como señal así como los efectos prácticos sobre los receptores de esta política. Los países emergentes han mostrado que ya están maduros para ser parte de la solución y no del problema, cuando están presentes los incentivos adecuados.
En suma, nos encontramos en uno de esos raros momentos donde una nueva administración arriba haciendo historia, para ser llamada de inmediato a instrumentar acciones en un marco complejo que marcarán la historia mundial próxima.
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